13 de mayo de 2021
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Colombia, exótica e inesperada

1 de junio de 2014

Colombia vuelve a proyectar su carácter único e impredecible en el concierto mundial. Ahora, por ejemplo, en nuestro país tropical se hablan simultáneamente algunos dialectos ininteligibles, como resultado de una mezcla variopinta de intereses que surgen como una emboscada de los canales noticiosos. Los medios privados de comunicación quitan y ponen prestigios mediante titulares e informaciones que exudan pasiones desorbitadas y dejan en evidencia una parcialidad que llega hasta extremos frenéticos e irrespetuosos con la opinión pública.

La fórmula de esa dicotomía desconcertante se encuentra, de manera principal, en la sobredosis de palabrería pedante que proviene de los enfrentamientos de los aspirantes presidenciales y, también, de las expectativas que despierta el Mundial de Fútbol, una religión ecuménica que congrega a los fanáticos de todos los rincones del planeta alrededor de un globo terráqueo en pequeño formato, que reúne las idolatrías del nacionalismo.

Entremos en materia. De un lado, aumenta el cansancio a raíz de la segunda vuelta de la competencia presidencial, que continúa caracterizada por las cargas de profundidad en contra de la integridad moral y política del contrincante. La falta de ideas y propuestas concretas viene siendo reemplazada por toda suerte de populismos y caudillismos, de odios, de acusaciones y saboteo electrónico. Parece que los contendores no entendieron las lecciones que dejó la jornada electoral pasada en la que la abstención alcanzó cifras alarmantes que, sumadas a las de los votos en blanco y de los tarjetones nulos, señalaron mayoritariamente un rechazo frontal a la forma inescrupulosa de hacer política, que hasta hace poco era considerada el ejercicio más alto de la inteligencia. Por el contrario, los últimos tiempos nos han enseñado que ésta transformó su espíritu en una sarta de vicios clientelistas e individualismos perniciosos.

En la otra orilla, y en medio de la turbulencia predominante del mencionado clima enrarecido y sectario, resulta profundamente reconfortante el desempeño de los ciclistas colombianos en la suprema prueba italiana. Sin conocer el resultado final, todo parece indicar que las máximas distinciones de esta exigente competencia quedarán en manos de nuestros magníficos deportistas. Estos muchachos humildes vuelven a dar claras muestras de esfuerzo admirable y disciplina rigurosa, que caen como bálsamo sobre la geografía de un país lleno de contradicciones y naufragios. Su brillo profesional resulta bien diferente y ejemplarizante al de otros ídolos que se mueven en escenarios más frívolos, cómodos y glamurosos. Ellos encarnan la otra Colombia sin miedos y sin la tiranía de la imagen.

Ahora bien, otro ingrediente pernicioso que aparece en el vórtice de los incendios mediáticos es el extraordinario poder de desestabilización que tienen las redes sociales, capaces de generar tendencias caóticas, situaciones imaginarias y falsas afirmaciones, que los despalomados y crédulos usuarios asumen –por ligereza e ignorancia– como verdades absolutas. Prueba reciente de esta perversidad cibernética quedó al desnudo con la burla maquinada –al mejor estilo de la peor política– a los seguidores del Atlético Junior. Sólo bastó poner a circular la especie engañosa del despojo del título al Nacional de  Medellín para que los barranquilleros salieran en masa a celebrar este ‘triunfo’ concedido, a última hora, por una inadvertida Dimayor. Recuérdese, además, la desaforada capacidad de convocatoria que se han puesto de manifiesto los múltiples movimientos de indignados en diversos países, que capitalizan el descontento gracias a la instantaneidad de esos recursos tecnológicos tan prodigiosos como temerarios.

Y como siempre habrá alguien que lo diga mejor, conviene traer a cuento tres reflexiones autorizadas que pueden interpretar nuestras contradicciones tropicales. Daniel Pécaut, sociólogo francés experto en Colombia, dijo recientemente que “El conflicto armado ya no le molesta tanto a la gente de las grandes ciudades, porque solo afecta a las periferias de Colombia”. Erasmo de Rotterdam aseveró que “La paz más desventajosa es preferible a la guerra más justa” y finalmente, un antiguo presidente estadounidense, Thomas Woodrow Wilson, fijó en su momento una posición más radical: “Hay que defender la paz a todo trance, incluso con la guerra”.