17 de mayo de 2022
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Afición a la dentellada

27 de junio de 2014

 

El último mordisco, marcado en el hombro del defensa italiano en el partido Italia-Uruguay del Mundial, le ha costado una sanción de nueve partidos internacionales y una suspensión deportiva de cuatro meses. Los espasmos de antropofagia provocan reacciones de horror incluso en los espectadores más curtidos —recuérdese la sangrienta imagen de Mike Tyson arrancando de un bocado la mitad de la oreja de Evander Holyfield en un combate por el título de los pesados— y evocan una agresividad primordial, alejada del agon codificado del deporte moderno. El análisis psiquiátrico es variopinto; revela una ausencia básica de control que los adultos suelen integrar desde la infancia. Pero también es una demostración de que el mordedor llegará hasta el final de su tarea y no dará cuartel. Los berserkers (guerreros vikingos), intoxicados de beleño negro, multiplicaban su ciega belicosidad mordiendo los escudos de metal y allí dejaban grabadas sus dentaduras como prueba de la fuerza de la locura.

Chistes a un lado —Suárez Lecter, Luis El Caníbal o Gol al Primer Mordisco—, poco graciosos para un aterrorizado Chiellini, lo relevante del caso Suárez es cómo la repetición de una conducta psicológicamente desordenada ha pasado sin tratamiento en un deporte con alto grado de profesionalización, donde abundan los psicólogos, los gabinetes médicos y la atención a los sentimientos más nimios del futbolista. Parece imposible que la Federación uruguaya, y antes el Liverpool, no conociesen que el jugador está dominado por un impulso irresistible a la dentellada; y llamativo que no hayan sido capaces de ofrecer un diagnóstico y un tratamiento adecuado.

Más que un castigo puro y simple, justo pero ciego, un caso como el de las mandíbulas de Suárez debería corregirse con una sanción condicionada: el jugador volverá a los campos de juego cuando un terapeuta certifique que su afición a hincar el diente ha desaparecido. Mientras tanto, que muerda algo en casa.

EL PAÍS, MADRID