20 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

A propósito de la cita democrática

12 de junio de 2014

De otro lado, todos los factores de poder, prensa, radio, televisión, contratos,  burocracia y auxilios del Estado, denominados eufemísticamente  como cupos indicativos,  una  poderosa fuerza parlamentaria renovada  con mandato fresco y una larga etcétera de eficaces medios logísticos, alineados en  su favor, dificultan en grado sumo el ascenso al poder de un candidato distinto al presidente, por el desequilibrio irremediable que provoca su sola presencia invasiva en la justa, al punto de estrangular hasta la asfixia el principio de la igualdad de oportunidades, que  es más ni menos que el valor supremo de la equidad aplicado  a  la competencia  electoral.  Como se diría en forma coloquial, el presidente candidato estaría desde el principio  condenado a repetir periodo presidencial. Por eso un amplio sector de la opinión pública ha venido postulando la tesis según la cual es preferible acoger un periodo presidencial de cinco o seis años para sustituir la reelección presidencial  y suprimir así sus perversos  efectos colaterales.

De suceder lo contrario, implicaría de suyo que el presidente candidato no habría  logrado comunicar a los ciudadanos el éxito de  su gestión de gobierno o su programa prometido no ha tenido cabal cumplimiento, o definitivamente el presidente candidato en sus cuatro años de gobierno habría sido incapaz de persuadir a los colombianos de la bondad de sus realizaciones por carencia de liderazgo,  en cuyo caso el pueblo habría percibido  de la gestión  presidencial aquello que en sesión parlamentaria el Senador Augusto Ramírez Moreno le endilgaba al Ministro de Hacienda de la época,  el famoso Profesor Esteban Jaramillo: “El señor Ministro de Hacienda es como ese fetichista sexual  que acaricia las ropas de la mujer amada sin llegar  nunca al yunque aterciopelado donde se genera la vida.”

Igualmente se podría interpretar la alternación en el primer empleo de la Nación en el sentido de que el pueblo colombiano prefirió  a un hijo admirable de la profunda y lejana provincia sobre  las más conspicuas  élites del  poder, que con desdeño miran  por encima del hombro al ciudadano de las regiones de la patria; mensaje que comprobaría además  la ausencia de sintonía de la  excluyente clase gobernante con el clamor ciudadano, extraña situación  que el mismo presidente reconoció paladinamente cuando atribuyó el precario resultado de las encuestas a la falta de comunicación  de su obra de gobierno.

También desnudaría  la inocuidad del dilema en que pretendieron encerrar a los colombianos poniéndolos a escoger entre la guerra y la paz, cuando en verdad todos a una – como en Fuenteovejuna -, quieren  la paz, solo  que a una mayoría les preocupa las negociaciones clandestinas en medio de una  guerra injusta.

De todas maneras, en esta materia, el nuevo presidente  deberá compartir con todos los colombianos el contenido de los acuerdos logrados en la mesa de la Habana para que la  discusión pública pueda evaluar sus alcances y logros  e  introducir los ajustes que requiera la conveniencia nacional,  y  con el fin de mantener la continuidad del proceso, deberá confirmar como plenipotenciarios las figuras inmaculadas de Humberto de la Calle y   del general Mora Rangel quienes,  con insobornable patriotismo  han venido prestando invaluables servicios  a los altos designios de la paz.

Por último no sería justo dejar de reconocer el carácter neutral del órgano electoral, bajo la dirección  de Carlos Ariel Sánchez, por la  eficaz organización del certamen y la  celeridad en  dar a conocer del país,  en forma pronta y cumplida,  los resultados electorales, lo cual constituye la mejor garantía a  la libre y genuina expresión de voto ciudadano  que,   de repetirse como se espera, desvirtuaría de una vez por todas las perversas insinuaciones en contrario.