12 de mayo de 2021
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Control al tabaco

31 de mayo de 2014

No es de esta casa editorial defender posiciones que recorten la libertad de los ciudadanos: cada persona, dentro de su rango de autonomía y buen entender, puede fumarse un cigarrillo cuando le plazca. Sin embargo, la realidad no puede taparse tampoco con un dedo: es imperativo que, dentro de lo posible, y por la salud de los ciudadanos (y por los costos que esto implica para el Estado entero), existan campañas preventivas que reduzcan el impacto y el eventual consumo (sobre todo en menores de edad), que se informe de las posibles y eventuales consecuencias, que se restrinja a un nivel mínimo la publicidad y que se respeten las normas de espacios libres de humo.

La labor preventiva está hecha ley a través de la 1335 de 2009, desde donde se establecieron ciertas prohibiciones que, si bien fueron cumplidas en un principio, el tiempo diluyó su eficacia en la práctica. ¿Qué hacer ante estas nuevas realidades? Ya va siendo hora de que las entidades que deben hacer cumplir esta ley le pongan dientes a su autoridad.

La venta a los niños es lo primero y más riesgoso a nuestro entender: la mayoría de los fumadores, de acuerdo con la OMS, empiezan con el vicio de fumar antes de los 18 años y casi la cuarta parte lo hace antes de cumplir los 10. Andrés de La Cuadra, miembro de la ONG Corporate Accountability International, le dijo a este diario que eran muchos los estudios que aseguraban que entre menor fuera la persona al iniciarse en este hábito, mucho más difícil era salirse de él. Medidas como la prohibición de venta al menudeo, por ejemplo, que fue cumplida en un principio en grandes ciudades como Bogotá, impiden que los menores tengan acceso a los cigarrillos. La informalidad alimenta la informalidad.

El otro asunto es la publicidad, prohibida en su totalidad. No puede existir en Colombia ningún lugar en donde se promueva el consumo de cigarrillo. Esto debe ser acatado: se hace por el gran impacto que el tabaco ha tenido a lo largo de la historia y con la prohibición de su promoción se puede desestimular el consumo, que no prohibirlo. Tanto en los negocios informales, como en los legalmente constituidos, la prohibición se ha acatado cada vez con menor rigor y cruzando finas líneas de incumplimiento: conducta que, por supuesto, los ciudadanos están en el deber de denunciar. Estas medidas existen por una razón y es la prevención: por supuesto que la publicidad (cualquier forma de ella) recuerda al consumidor el hábito al que puede tener acceso.

Finalmente, y a juicio de los que más presión hacen para que se ejerzan medidas fuertes, los impuestos son un factor bastante relevante para reducir el consumo y pagar equitativamente los costos que el cigarrillo impone a la sociedad: César Rodríguez Garavito, en las páginas de este diario, mencionó el desbalance que existe entre los precios del cigarrillo en Colombia y los de otros países de la región y del mundo. Plantea subir el gravamen, como se ha hecho (de forma muy eficaz para reducir el consumo) en países de Europa o los Estados Unidos. Puede ser.

Sin embargo, con ocasión de este día, lo que resulta urgente es que las autoridades afilen sus dientes para hacer cumplir la ley que en Colombia existe desde 2009 y que podría redundar en una sociedad que consuma menos, con la plena libertad de hacerlo.

EL ESPECTADOR/EDITORIAL