4 de marzo de 2024

Emiliano Zapata, la traición

29 de abril de 2014
29 de abril de 2014

 

Jesús Guajardo, un hombre de alma turbia convertido en traidor a sueldo, le hizo creer a Zapata que estaba descontento con Carranza y que se le uniría con armas y hombres. Citó a Zapata en la hacienda Chinameca de su Morelos natal.

EL PLAN DE AYALA

Pancho Villa en el norte y Emiliano Zapata en el sur, eran el rayo de una misma tormenta: la Revolución mexicana, la primera gran explosión social de la que el siglo XX iba a tener noticias.

Un Emiliano Zapata adolescente, casi un niño, entró un día al rancho y encontró a su padre llorando.

-Por qué lloras? Le preguntó.

 

El viejo respondió: » unos hacendados nos quitaron cosechas, tierras y algunos aperos.»

«Cuando crezca, haré que todo eso regrese a manos de los campesinos», dijo el joven Emiliano. Nacía en ese instante el luchador que el mundo conoceria.

Zapata concibe y promulga el Plan de Ayala, una denuncia contra el despojo, una declaración de guerra al latifundio y sus detentadores, una condena a la pobreza como resultado del asesinato y la concentración de la riqueza del país, invoca la figura cimera de Benito Juárez y abre el camino contra la tiranía y sus compinches, culpables del abismo social que se abre bajo los piés de México. Faltaba lo peor de la contienda.

Caerían asesinados en un lapso de diez años Emiliano Zapata, Venustiano Carranza, Francisco Villa y Álvaro Obregón, figuras prominentes de un período de la historia de México que iba a hacer que la atención mundial contuviera la respiración.

La conciencia nacional no tendría sosiego, pues el país entero, no bien se reponia de la noticia de una muerte en un atentado, cuando se abría otra enorme y quizás más profunda herida que la anterior.

Mientras eso ocurría en los centros urbanos, aún diferentes de la capital Federal, en campos y montañas Villa y Zapata encabezaban tropas de campesinos y sus mujeres, hambreados, con las ropas hechas jirones, eran los encuerados con las cananas de balas cruzadas al pecho, los más, descalzos, algunos con huaraches y los pantalones remangados una cuadra encima del tobillo, cabalgaban en medio de intensas olas de un polvo seco que subía de la tierra seca y áspera, iban detrás de los federales.

Detrás, como un gran telón, estaba la maldición de una injusta distribución de la riqueza mexicana. Se afirma que entre las causas del alzamiento revolucionario que comenzó el 20 de noviembre de 1910, están entretejidas una larga decadencia de la clase política con la corrupción y la fatiga de una opinión pública que ya había presenciado la pérdida de más de la mitad del territorio por la invasión de los Estados Unidos.

La brutalidad y el encono del conflicto mexicano bien se puede medir por el millón y medio de muertos que se da como saldo final. Una suma de cadáveres que pesa mucho en la vida de cualquier país.

Un año antes de la emboscada en la que moriría, Zapata hace un llamado tan desesperado como inútil a la unidad de campesinos y obreros. Pero ya todo estaba perdido.

«NO SEÑOR MADERO».

Emiliano Zapata no entregó sus fusiles sin que le dieran a los campesinos tierras para trabajar sin condiciones, pues sabía que los millonarios ligados al poder se las robaron.

Zapata acuó a Madero de traición a la revolución.

Madero trató de comprar a Zapata, y en su oficina apenas iluminada con una luz tenue, frente a frente, le ofreció una suma de dinero y una Hacienda en Morelos.

Zapata se levantó de su asiento y le dijo: «no señor Madero. Yo no me levanté en armas para conquistar tierras y haciendas. Me levanté para que al pueblo le sea devuelto lo que le robaron».

Dichas estas palabras Emiliano Zapata dió un fuerte golpe con la culata de su famoso rifle 30-30 sobre el escritorio. Madero palidecio en silencio.

Pero, sin saberlo, Zapata firmaba así su propia sentencia de mue

LA EMBOSCADA

El traidor Guajardo hizo creer a Zapata que estaba descontento con Carranza. «Estoy dispuesto a unirme a usted con hombres y armas», le dijo.

Zapata aceptó y fue citado para el 10 de abril de 1919 en la Hacienda Chinameca, Morelos con la condición de que llegara sin su Ejército.

Zapata dejó sus soldados a gran distancia y le permitieron llegar a la Hacienda con 100 hombres de su escolta, que se quedaron no tan lejos.

Uno de los asesinos, con una corneta, a la entrada de la Hacienda tocó unos honores que en realidad era la señal de fuego.

Desde el tejado, una verdadera lluvia de balas cayó sobre Zapata quien alcanzó a sacar su arma, pero un proyectil le dió en la mano.

El fuego contra Emiliano Zapata era cruzado, ninguno de los tiradores podía fallar.

La aplastante cantidad de francotiradores, parapetados en el cuadrante del patio, en una posición ventajosa, acabó con la vida de Zapata en pocos minutos.

Las ropas, con la sangre fresca de Zapata fueron enviadas a la capital y exhibidas con un letrero: «Fin de un bandolero».
Esa última vileza de los verdugos de Zapata causó un efecto contrario al esperado. Personalidades del país y del exterior rechazaron la brutalidad del escarnio. El pueblo raso no creía que su defensor hubiera muerto en esa forma.

La leyenda apareció pronto. Ancianos del lugar contaron durante algún tiempo que en las noches de luna clara, veían a Emiliano Zapata cabalgando por las laderas y las montañas del horizonte.