29 de septiembre de 2022
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Breve biografía de Jesús para Semana Santa (6)

19 de abril de 2014

Los ataques del maligno

Después de su bautizo, Jesús estuvo cuarenta días en el desierto, según coinciden en señalar los evangelios de Mateo (Mt 4, 1-11) y Lucas (Lc 4, 1-13). Por largo tiempo, en medio de un intenso ayuno, se entregó por completo a meditar, a orar, a hablar con su Padre y prepararse para la misión que Él le había encomendado, por la salvación del mundo. El Mesías, El Salvador ungido por Dios, enfrentaría acaso su mayor prueba, nada menos que ante el poder del maligno, quien encarna el mal desde el principio de los tiempos.

Jesús es el Hijo de Dios, pero también es hombre, hijo igualmente de la Virgen María, y como tal, como cualquier ser humano, enfrentó la tentación, la posibilidad de pecar, de hacer el mal, de rebelarse contra los mandatos de su Padre. Es el Hijo del Hombre, no sólo el Hijo de Dios, como en tantas ocasiones lo dijo.

Y claro, en el desierto, en la soledad absoluta, enfrentó, como un nuevo Adán, la tentación que éste tuvo en el paraíso, cuando la serpiente prometió a Eva que serían dioses al comer del árbol del bien y del mal.

Jesús, como hombre, era libre de escoger entre el bien y el mal, de elegir el mal si quería, de pecar o, por el contrario, de seguir la voluntad de Dios, aquella que precisamente estuvo dispuesto a acatar en su reciente bautizo.

¿Sería tentado el Hijo de Dios? ¿Dudaría él, siquiera por un momento, de su divinidad, quizás como consecuencia de su fragilidad humana y de la seducción del pecado? ¿El hombre mortal, pecador, se impondría finalmente sobre su naturaleza divina que proclamaron los profetas, anunciaron los ángeles y el mismo Dios, como hemos visto? ¿Seguiría la humanidad en tinieblas, lejos de la luz esperada, de su redención definitiva?…

Por fortuna, Jesús salió triunfante de tan dura prueba. No fue fácil, sin embargo. Porque el maligno arremetió, una y otra vez, en busca de su caída, sin poder lograrlo. Veamos.

Las tres tentaciones

En la primera tentación, el diablo le dijo, consciente de que el prolongado ayuno afectaba a Jesús, acosado por el hambre: “Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en pan”.

De hecho, ésta es una proclamación más, aunque en forma tácita, de la divinidad de Jesús, expresada por el maligno, quien lo tentaba para realizar un acto milagroso, fruto de su omnipotencia, si de veras era el Hijo de Dios. Y si no convertía las piedras en pan, ¡no era El Mesías!     

“El hombre no vive solamente de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, respondió Jesús para reiterar que él como hombre, como cualquiera de nosotros, no sólo necesita del pan físico, material, que alimenta al cuerpo, sino del alimento espiritual, la palabra de Dios, dada nuestra dimensión espiritual, que es lo más importante.

Lo espiritual, en síntesis, prevalece sobre lo material (a diferencia de lo que nos enseña el materialismo imperante, peor al que Cristo debió soportar en su época).

Derrotado en su primer intento, el maligno no se dio por vencido. Según las Escrituras, llevó a Jesús hasta lo más alto del Templo de Jerusalén y lo tentó a lanzarse porque si él realmente era el Hijo de Dios -le dijo, de nuevo para hacerlo dudar sobre su divinidad- los ángeles se encargarían de evitar su caída.

“No tentarás al Señor tu Dios”, dijo Jesús, proclamando así su divinidad, sin ponerla en duda.  

Por último, el maligno le mostró todas las riquezas del mundo y ofreció dárselas con la única condición de inclinarse ante él y adorarlo. “Adorarás al Señor tu Dios, a Él sólo servirás”, dijo Jesús, en franco rechazo del culto idólatra a las riquezas, al dinero, que por desgracia continúa siendo la mayor tentación para la humanidad (recordemos que el capitalismo ha convertido a la riqueza económica en valor supremo).

No fueran éstas, sin embargo, las únicas manifestaciones de Jesús sobre su condición divina, como Hijo de Dios, con las características del Mesías, destacadas con insistencia por los biblistas: la de profeta, la de sacerdote y la de rey, rey de los judíos y, en último término, rey de reyes, para toda la humanidad.

Es lo que veremos mañana, al concluir esta breve biografía espiritual de Jesús.

(Mañana: La resurrección)

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