16 de mayo de 2021
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Breve biografía de Jesús para Semana Santa (3)

16 de abril de 2014
16 de abril de 2014

La Anunciación

Jesús no escribió nada. No dejó una sola palabra escrita, igual que Sócrates, el sabio griego cuyas enseñanzas nos fueron transmitidas por su discípulo Platón, e igual incluso que Dios, cuyas palabras –como decíamos ayer- transmitieron los patriarcas, profetas y salmistas, quienes en diversos textos anticiparon la llegada del Mesías, el hijo de Dios.

¿Cómo, entonces, sabemos lo que dijo Jesús, aún sobre su naturaleza divina? De nuevo como pasó con Sócrates, por los testimonios de sus seguidores, en especial los apóstoles que lo acompañaron durante sus tres años de vida pública, como fueron Juan, su preferido, y Mateo, el cobrador de impuestos que también se convirtió junto a un grupo de pescadores, al lado de Marcos y Lucas, quienes recibieron en Roma ese legado de Pedro, el fundador de la Iglesia, y Pablo, el antiguo perseguidor de cristianos que asimismo dejó para la posteridad algunas de las páginas más bellas del Nuevo Testamento.

Pedro, Pablo y los cuatro evangelistas fueron, pues, biógrafos de Jesús, y con él vivieron o lo conocieron de manera personal o cercana, siendo por ello testigos excepcionales de su condición divina desde el nacimiento y a lo largo de sus predicaciones y milagros, de su muerte y resurrección, en cumplimiento de lo anunciado siglos atrás por los profetas.

María, madre de Dios

El profeta Isaías –recordemos- escribió: “La Virgen está embarazada y da a luz un varón a quien le pone el nombre de Emanuel” (Is 7, 14). Según las interpretaciones bíblicas, ese niño sería Dios, “Dios con nosotros”, que es el significado de Emanuel (Mt 1, 23). El Mesías, por tanto, nacería de una virgen, una mujer pura, sin mancha, porque el hijo de Dios está por naturaleza libre de pecado.

La virgen descrita por Isaías era María, quien recibió del ángel Gabriel, mensajero de Dios, la revelación de su embarazo celestial, “por obra del Espíritu Santo” (Mt 1, 18), tal como lo había anunciado el profeta.

“Vas a quedar embarazada y darás a luz a un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús” (Lc 1, 31), le dijo el ángel, precisando a continuación: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”, para concluir que la nueva criatura es realmente el Mesías: “Por eso tu hijo será santo y con razón lo llamarán hijo de Dios”, según nos cuenta Lucas en los inicios de su evangelio (Lc 1, 35), basado con seguridad en las confesiones de María, madre de Dios.

“¿Cómo podré ser madre –preguntó ella, con razón- si no tengo relación con ningún hombre?”, a lo cual respondió el ángel, recordando la omnipotencia del Creador: “Para Dios, nada es imposible” (Lc 1, 34-37). Lo imposible, en fin, se hace posible y real por voluntad divina, como sucede en los milagros.

“Yo soy la servidora del Señor; hágase en mí lo que has dicho” (Lc 1, 38), fue la maravillosa declaración de María para aceptar la voluntad de Dios, ejerciendo su libertad individual en forma apropiada, actitud que desde entonces es modelo de obediencia para toda la humanidad.

La revelación a José

Pero, ¿qué dijo José, el prometido, quien debía repudiar a su futura esposa, aún condenándola a su lapidación por estar en embarazo, según ordenaba la tradición judía de acuerdo con la ley mosaica? José, a propósito, era “descendiente de David” (Mt 1, 20), origen genealógico que también los profetas habían anticipado del Mesías.

Esta vez fue Dios quien se reveló a José en un sueño para decirle, borrando cualquier duda sobre la posible infidelidad o adulterio: “La criatura que espera (María) es obra del Espíritu Santo” (Mt 1, 20), con lo cual se despejó el camino al matrimonio y la conformación de la Sagrada Familia, en la que el hijo, Jesús, era Dios encarnado, hecho carne, como nos dice Juan al comenzar su evangelio: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”  (Jn 1, 14).

Sólo que ahí no terminan los hechos que confirman las visiones mesiánicas de los profetas sobre Jesús, quien desde el nacimiento –insistimos- reveló su naturaleza divina, según acontecimientos milagrosos que conviene seguir repasando en detalle.

(Mañana: La Visitación)

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