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Breve biografía de Jesús para Semana Santa (2)

13 de abril de 2014

La llegada de El Mesías, anunciada por los profetas

Por Jorge Emilio Sierra Montoya

El espíritu de Dios, que es su propia existencia (es un ser espiritual, mejor dicho), se comunica con los hombres, sus hijos, y así nos manifiesta quién es realmente, qué quiere de nosotros y cuál misión nos asigna a cada uno, dándonos lo que necesitamos para alcanzar nuestra plena realización personal y, por último, volvamos a estar con Él, en el Reino de los Cielos.

Dios, en definitiva, nos habla a través de su palabra, la misma que aparece en los textos bíblicos, al término de cuya lectura siempre decimos, según lo hacemos en las celebraciones eucarísticas, que son precisamente la palabra de Dios.

Pero, ¿cómo fue posible esto, que las palabras de Dios quedaran escritas y podamos leerlas en La Biblia, el libro sagrado? Muy simple: para ello, Dios se sirvió de determinados personajes, los llamados patriarcas (Noé, Abraham, Moisés…) y profetas, cuando no de los ángeles, seres espirituales sin materia, que son sus mensajeros.

Según vemos allí, en aquellas páginas de origen milenario, Dios se revela de diferentes maneras, desde una zarza ardiente que no se apaga hasta una tenue brisa o en los sueños, cuando estamos a solas con nuestro espíritu.

Dios habla, entonces, por medio de sus profetas, seres privilegiados escogidos por Él.

Profecías sobre Jesús

Los profetas desempeñan un papel de primer orden en la religión judía y, de modo particular, en la historia de la salvación que narran los textos bíblicos desde la creación del mundo. Así, aparecen nombres como Elías, Isaías, Ezequiel y Daniel, entre otros que dan testimonio de Dios, de su voluntad y de su intervención directa en la vida de Israel, el pueblo elegido, para recompensarlo o castigarlo por sus actos, fueran buenos o malos.

¿Y es verdad que ellos anticipaban, en sus profecías, cuanto iba a suceder en el futuro, según se confirmaba con el paso del tiempo? Sí. Su visión era la de Dios, para quien sólo existe un presente continuo, la eternidad, por lo cual los hechos futuros ya existen, son pasado, tal como se muestra en las profecías que tarde o temprano se cumplen (pensemos, por ejemplo, en las célebres profecías de Nostradamus, un astrólogo del siglo XVI, quien sin embargo nada tiene que ver con lo que venimos comentando).
jesus de nazaret
Sigamos. Tales profetas, hombres de fe y conducta intachable, coincidían especialmente en anunciar que vendría El Mesías (palabra hebrea, traducida al griego como Cristo), salvador del pueblo judío y de la humanidad entera, quien extendería su reino por toda la Tierra, hasta el fin de los tiempos.

“Su imperio es eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás” (Dn 7, 14), escribía el profeta Daniel en referencia a ese Mesías que los cristianos identificamos con Jesús: Jesucristo, Hijo de Dios.

Fue Isaías, sin embargo, quien más profetizó al respecto y describió, con pelos y señales, tanto las características como la propia vida, pasión y muerte de Jesús, en pasajes que sorprenden a los más incrédulos por su visión anticipada de lo que siglos después ocurrió en Israel.

Leamos, verbigracia, cómo anunció la milagrosa concepción de María: “La Virgen está embarazada y da a luz un varón a quien le pone el nombre de Emanuel” (Is 7, 13), el nacimiento de Jesús: “Un niño nos ha nacido…; le ponen en el hombro el distintivo de rey… Éste es el Consejero admirable, el Héroe divino, Padre que no muere, príncipe de la Paz” (Is 9, 5), y hasta su camino doloroso hacia el Calvario, pasaje sorprendente que debemos repasar en detalle. Dice así:

“He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a quienes me tiraban la barba, y no oculté mi rostro ante las injurias y los escupos… Su cara estaba tan desfigurada que ya no parecía un ser humano… Fue llevado cual cordero al matadero, fue detenido y enjuiciado injustamente, fue sepultado junto a los malhechores… Él ofreció su vida como sacrificio por el pecado” (Is 53, 7-10).

Ya vienen más “pruebas”

Los profetas, en síntesis, anticiparon la llegada del Mesías, quien no puede ser sino Jesús según la interpretación cristiana que nunca aceptaron los judíos (al menos aquellos que no se convirtieron), por lo cual precisamente lo condenaron a muerte bajo el grave cargo de blasfemia.

No obstante, a las citadas “pruebas” sobre la divinidad de Jesús basadas en textos del Antiguo Testamento, se suman los del Nuevo Testamento, a través del mismo Maestro y sus discípulos, especialmente en los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles.      

Es lo que veremos a continuación, avanzando en nuestro recorrido que nos sitúa ahora  en una perdida aldea judía: Nazaret, en Galilea, hace dos mil años, bajo el dominio del poderoso Imperio Romano.

(Mañana: La anunciación)

 

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