16 de mayo de 2021
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Propuestas para perpetuar el nombre de Calderón

30 de marzo de 2014
30 de marzo de 2014

orlando cadavid

Nos parece justo su nombre para el proyectado Aeropuerto de Palestina porque creyó y jalonó la polémica obra.

Encontramos apropiado el nombre del gran humanista neirano para los principales auditorios de la Cámara de Comercio y de la Sociedad de Mejoras de Públicas de Manizales, a las que tanto amó el prohombre recientemente desaparecido.

Vamos un poco más allá: ¿Será que se deja venir con un homenaje parecido el académico Carlos Enrique Ruiz, en los predios de la Universidad Nacional, sede Manizales?

Calderón, quien comenzó en las altas esferas como secretario privado del entonces presidente Alberto Lleras, en 1958, nunca quiso ser ministro, cargo que declinó en dos oportunidades.

Prefirió ser presidente ejecutivo del Banco Central Hipotecario, posición desde la que desarrolló una política de vivienda que favoreció a todas las capas de la sociedad. También acometió programas habitacionales para resolver calamidades públicas como la catástrofe de Armero y el terremoto de Armenia.

El doctor Calderón Rivera era algo así como el tambor mayor del civismo de Caldas. De reconocida militancia en el viejo conservatismo laureanista, al iniciarse el Frente Nacional prefirió que su curul, en Caldas, se le asignara a Rodrigo Marín Bernal, durante toda su vida, sin pretensiones políticas.

Un bueno para todo, Calderón se dedicó a moverse en todos los ámbitos del campanario manizaleño: si era de civismo y de la salida, con el padre Adolfo Hoyos. Si era de los Azucenos y de sus proyectos industriales, con Eduardo Arango. Si era de nuestras universidades, con Ernesto Gutiérrez y Carlos Enrique Ruiz. Si era de la marcha del comercio, con Emilio Echeverri. Si era del café, con don Pedro Uribe o la tripleta de los hermanos Londoño: Leonidas, León y Fernando. Si era de la próxima Feria de Manizales y si era de la publicidad de moda, con Arturo Arango, en Sancho. Estaban bien cargadas las correrías informativas del gran Calderón.

También vivió sus dolencias caldenses: Sintió en el fondo de su alma la estúpida demolición del Teatro Olimpia y la construcción del Teatro Fundadores, en Manizales, que contribuyó a crear los departamentos de Quindío y Risaralda con sus respectivas gobernaciones y loterías. La cataclísmica erupción del Volcán Nevado del Ruiz, en la que su BCH puso permanentemente al servicio de «Resurgir». Y como buen contertulio, lamentó las desapariciones de los tradicionales cafés Adamson y El Polo, epicentros de la murmuración de la parroquia, distanciados a cien metros el uno del otro, en el perímetro bancario.

La apostilla: ¿Sentirá algún remordimiento el exgobernador Mario Aristizábal, a la hora de la muerte de Mario Calderón, al ordenar, el mismo día de su posesión, que se retirara, el distintivo que le daba al recinto el nombre del ilustre académico caldense, y que mandaba a arrojar su retrato al óleo en el cuarto de San Alejo, por el simple hecho de ser de un partido diferente al suyo?

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