7 de mayo de 2021
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23 de marzo de 2014

esteban jaramilloSe sumerge en la ramplonería verbal, inadaptado a su condición de hombre público, que le obliga a vivir con la misma intensidad y el mismo recato dentro y fuera de las canchas.

Nadie discute sus capacidades, como improvisado terapeuta, cuando la vida se pone cuesta arriba, en los partidos de su equipo, lo que lo hace ídolo intocable. Sus pases son milimétricos, medidos,  con precisión de  cirujano y sus goles todos de maravilla, como arquitecto insignia de  Santa Fe. No ha soportado el cortocircuito con los medios y ha soltado la lengua sin medida, agrediendo y alimentando la turbulencia que su equipo vive. Los puntos de fricción llegan de la cancha donde su intermitencia y la de sus compañeros, con claroscuros en el rendimiento, llena de dudas la capacidad de la nómina de lujo, armada por sus directivos.

Con la pelota en los pies, su reputación no tiene  críticas, porque es la fuerza vital del expreso rojo: Es un artista. Pero como  líder, su vida arroja grietas. Baste preguntar a sus compañeros para conocer la insatisfacción que reina en la repartición de premios y sus choques con los dirigentes, por asuntos extradeportivos de conocimiento público, ampliamente comentados.

A la catarata de elogios por el siempre recibida,  responde con silencios o con aullidos porque asocia su intolerancia a su belicosidad y  prevención.

Aprovecha los vacíos de mando en el cuerpo  técnico para hacerse el dueño de la última palabra. Todos lo saben y resulta imposible ocultarlo.

Como con los rockeros viejos, su fama no morirá. Su nombre, instalado en el corazón de los santafereños, perdurara por siempre. Pero deberá abstraerse de paladear broncas, de buscar una realidad paralela y oscura, que justifique la sequía técnica de su club… Al fin y al cabo es el referente principal.