7 de mayo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Jóvenes, estudiantes y payasos: ellos son los ‘doctores clown’ del Distrito

4 de marzo de 2014
4 de marzo de 2014

 

Con su nariz roja, bata blanca y gigantescas zapatillas aparece frente a 18 abuelitas en el hogar geriátrico Juan Pablo Segundo, un joven de 17 años, tímido, poco hablador e introvertido. Su nombre es Andrés Gómez y, como por arte de magia, se convierte en un niño inquieto que habla sin tapujos, canta, baila y se tropieza con todo lo que ve a su paso.

Es uno de los 40 ‘doctores clown’ del colegio Delia Zapata Olivella de la localidad de Suba, estudiantes de los grados 9º a 11º de esta institución del Distrito, que encontraron en el teatro y en la terapia de la risa la cura para todos los males y la solución a los problemas.

“Buenos días queridas señoras. Vamos a mover la cadera y hacer el ocho con la cola. ¿Están preparadas?” le dice Andrés al grupo de abuelitas, quienes al verlos sonríen y se emocionan pues no esperaban su visita.

Andrés o ‘Doctor Clown Savirnajasapemapetilong’, como es llamado en el mundo artístico, con su caminado de pingüino, una voz que asimila a la del Pato Donald y varios soplos a una flauta dulce, entra en acción con sus otros amigos payasos.

Todos tienen entre 15 y 20 años y encontraron en este proyecto, que mezcla la responsabilidad social y el teatro, un espacio para invertir su tiempo libre mientras sacan miles de sonrisas.

¡Los clowns están aquí!
Al sonar el primer acorde de la guitarra, los de nariz roja empiezan a entonar ‘El camino de la vida’ del Trío América y ‘El viejo farol’ del Caballero Guacho. Algunas de las abuelitas aplauden, otras bailan, pero en general todas murmuran entre ellas y se ríen: los recuerdos de su juventud están a flor de piel.

“Esta es la forma de hacernos reír y vivir. Es tocar el corazón y el alma” dice Gloria Beltrán, que recuerda cómo conoció a su esposo, en la época del colegio cuando era conocida por llevar un capul, gafas grandes y una falda que le tapaba hasta los pies.

Los jóvenes payasos conocen historias como la de Gloria cada semana. Desde hace 2 años, hacen sus funciones de música, canto y magia en hospitales, fundaciones y hogares geriátricos de la mano de Camilo Solano, docente de teatro del colegio y actor profesional en la Fundación Doctora Clown.

“Demostramos que el arte es una herramienta de sanación y restauración de procesos. Además la risa, como está científicamente comprobado, es una medicina. Sabemos que con solo sonreír se genera en el cuerpo endorfinas, que ayudan al cuerpo a sanar más rápido” asegura el profe Solano quien resume el proyecto ‘Responsabilidad social y teatro’ como un espacio de formación para curar heridas físicas y emocionales.

La función avanza y el equipo de la risa saca todo su arsenal. De un sombrero sale un conejo, de una flor brota fuego y de la boca de uno de los payasos una interminable tirilla de tela. Andrés quiere un gran cierre e invita a las señoras más activas a hacer el famoso ‘8 con la cola’. Ninguna logra el cometido: tienen un terrible ataque de risa.

“Quién iba a pensar que nos tocaría hacer ese número con la cola al ritmo de una guitarra. Ya a nuestra edad la gente cree que sólo estamos durmiendo la mayoría del tiempo, pero créanme que somos muy activas” afirma riéndose Sara Gutiérrez, mientras ve a sus compañeras intentar una y otra vez realizar este acto final.   
Paula Salgado, estudiante y también doctora clown, afirma “tenemos en nuestras manos un ‘arma’ para despertar en las personas su espíritu de niños, es como si unos volvieran a nacer y en otros sus heridas sanaran más rápido”.

Reír para desnudar el alma
Andrés y sus compañeros se involucraron voluntariamente al proceso de ser payasos y han encontrado la forma de darle la ‘talla’ a esta profesión. Al principio era difícil dejar la pena y hablar en público. “No hay que transformarse, hay que desnudar el alma y volver a nuestra infancia para ser esos niños que nos divertíamos y reíamos” dice el joven, mientras va quitándose el vestuario de payaso.

“Ser payaso es hermoso, porque ver la gente reír es saber que están llenos de vida. Nada en el escenario está planeado, todo va saliendo a medida que conocemos el contexto y a quien va dirigida la función. Sabemos que hay que traspasar barreras y llegar al corazón” expresa Gómez, quien ha cultivado en sus últimos años de estudio, al igual que sus otros 40 compañeros de clase, la afición de actuar como payaso y también el deseo de querer ganarse la vida con ello.

Al despojarse del vestuario y eliminar con un pedazo de algodón la pintura de su rostro, Andrés no deja de echar chistes a sus otros compañeros, pues asegura que lleva ‘el payaso’ a donde vaya en su corazón y su esencia.

“Voy por la vida en la búsqueda de miles de sonrisas. Soy un niño a donde voy con la única condición de hacer feliz a quienes más lo necesitan. Haré reír a toda Bogotá si es necesario” asegura el joven, mientras guarda en su mochila la nariz roja.