8 de mayo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Marihuana ‘ventiada’ en Cementerio Central de Bogotá

27 de febrero de 2014
27 de febrero de 2014

El cálculo de los organizadores estimaba en 100 los asistentes a la función de 7 de la noche, datos errado pues llegaron más de 1.000 personas, hecho que generó el caos. Quienes vieron la película «American Haunting» fueron más bien pocos, la mayoría se dedicó a otros menesteres más ilegales.

Las personas se fueron dispersando por el camposanto  y utilizaron las tumbas o como dormidero o fumadero o lugar para dar rienda suelta a su malas conductas, una de las conductas más criticadas fue que orinaban la tumba.

La Uaesp, con el objeto de posicionar en el Cementerio Central de Bogotá como Museo Histórico Nacional, organizó un evento que no tenía precedentes en la ciudad. Y que reveló de inmediato su improvisación: el espacio no era suficiente para esa cantidad de asistentes, ningún control policial en la entrada.

Las cifras históricas de asistencia a los eventos de la Uaesp en el cementerio (exposiciones de artes, visitas guiadas) no superaban las 150 personas.

De cuando en cuando, por entre el fragor de los alaridos de pánico que salían de los parlantes, llegaban de los alrededores los compases de guitarras y tambores, jirones de una realidad fuera de tono: el cementerio se había convertido en una feria.

Los que fueron en busca de una noche divertida, de una experiencia novedosa, se encontraron con un espectáculo casi profano. No faltaron las invocaciones al diablo ni el perjuicio físico a varias de las bóvedas del lugar.

Con el pasar de los minutos, a tientas en la oscuridad, algunos de los asistentes empezaron a profanar las tumbas, abriendo los cerrojos de los mausoleos para fotografiarse al lado de unas lápidas para ellos desconocidas. Retumbaban las risas malévolas, fingidas. En sucesión ininterrumpida, seguían llegando personas.

En un lugar para la reflexión, para el silencio, incluso para el dolor, solo se presenciaron carcajadas y gritos, representaciones absurdas del terror. Otros se recostaban sobre la bóveda de un prócer de la Independencia o de algún poeta.

El humo de las pipas se elevaba sobre las tumbas y era revelado por algún flash de celular. Como gatos, los asistentes saltaban entre los techos de los mausoleos, se agarraban de las cruces, como si fueran anclas, para no caer al suelo. Las parejas se acostaban sobre las flores que dejaban los familiares, a besarse; a mirar, abrazados, el cielo.

Así terminó un evento que tuvo que invocar la llegada de la Policía para sacar a los participantes que querían pernoctar. Una buena idea con final de pesadilla.