22 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Rozagante, títere, arábico-arábigo, incorporado, lenguaje incluyente

30 de enero de 2014
30 de enero de 2014

El uso equivocado de vocablos con la certeza de que, por la acepción que creemos que tienen, los estamos empleando bien es un fenómeno corriente. Fui su víctima durante mucho tiempo con el adjetivo ‘rozagante’, que, entre paréntesis, lo visualizaba con ‘ese’, por suponer que venía de ‘rosa’, pues siempre oí decir que un niño cachetón y de mejillas rosadas era ‘rozagante’. El mismo concepto equivocado, y quizás en grado superlativo, tiene el redactor de El Pregonero que engendró esta joya: “Los caballos de la hacienda La Esperanza se mantienen rozagantes de comida” (LA PATRIA, 3/1/2014). J. Corominas, que sí sabía de estas sutilezas del lenguaje, dice: “Rozagante ‘vistoso, gallardo’, med. S. XVII, antes sólo ‘lujoso’, aplicado a trajes, S. XVII; primitivamente designaba una ropa que arrastraba por el suelo, 1603. Del catalán rossegant ‘que arrastra’, participio de rossegar ‘arrastrar’ (pronúnciase igual que rossagar), S. XIII, aplicado primero a la pena de muerte por arrastre, también oc, rossegar, hoy roussà. Probablemente derivado del catalán-oc. ròssa,  por practicarse esta operación haciendo arrastrar al reo por caballos malos de carga. El catalanismo rocegar ‘arrastrar’ se empleó también en castellano en el S. XV”. El Diccionario le asigna dos acepciones: “Adj. Dicho de una vestidura: Vistosa y muy larga. // 2. Vistoso, ufano”. Consideradas estas nociones, y aunque algunos caballos puedan ser calificados de ‘vistosos’ y ‘gallardos’, es descabellado decir que “están gallardos de comida”. Que estén bien y de muy buen aspecto ‘por’ la comida y los cuidados apropiados, se entiende, pero ¿“rozagantes de comida”?, no se le ocurre sino a este redactor. ***

En apuntaciones anteriores me referí a los ventrílocuos. El señor Roberto Arango Bernal desea sabe el nombre de los muñecos a través de los cuales hablan. No siempre los ventrílocuos requieren muñecos para ejercer su rara facultad: hubo uno, famoso en los Estados Unidos por sus presentaciones en el espectáculo de Ed Sullivan, el Señor Wences, que ‘conversaba’ con una de sus manos, cerrada, pintada a la manera de una cara, con peluca y labios pintarrajeados. Generalmente, claro está, se valen de un muñeco para hacerlo; algunos, de dos. Estos muñecos (“figuras de hombre hechas de pasta, madera, trapos u otra cosa”) reciben el nombre de ‘títeres’, porque se mueven con cuerdas o metiendo la mano dentro de él, que es lo que a veces hacen los ventrílocuos en sus representaciones. Se les llama también ‘marionetas’, cuando el ventrílocuo emplea un muñeco completo, lo más usual en esa clase de actos. Les dicen también ‘maniquíes’ (o ‘arnequines’), aunque éstos se conocen casi exclusivamente por su oficio de exhibidores de ropa. El mismo señor Arango Bernal se pregunta si son diferentes los adjetivos ‘arábico-a’ y ‘arábigo-a’. No, no son distintos, son el mismo adjetivo (“Arabe (//perteneciente a Arabia). //2.m. idioma árabe”), pero, como sucede con los viejos y las cosas viejas, su forma ‘arábico-a’ entró en desuso; y fue a parar al cajón de los reblujos, para El Diccionario, desde 1992, en el  que aparece por primera vez con el mote de ‘adjetivo desusado’, lo que no quiere decir que todavía no sirva. Como nosotros, los viejos. ***

El verbo ‘incorporar’, don Bernardo, significa “agregar, unir algo a otra cosa para que se haga un todo con ella”, por ejemplo, añadir un ingrediente a una fórmula; también, “sentar o reclinar el cuerpo que estaba echado o tendido”; o admitir a alguien en una corporación. La idea que expresa el verbo ‘incorporar’ es la de hacer un solo cuerpo (pues viene del latín ‘corpus-corporis’ = cuerpo) con lo que se incorpora. Conceptos todos ellos que difícilmente se pueden aplicar en la siguiente frase del doctor Bernardo Mejía Prieto: “…penas que se pueden llegar a pagar en caso de presentarse lesionados, sobre todo si se tienen muertos incorporados” (LA PATRIA, 13/1/2014). Habla el columnista de los castigos que reciben quienes manejen automotores después de haber ingerido licor. Solamente se puede hablar de ‘un muerto incorporado’ cuando éste se ‘levanta’, como el hijo único de la viuda de Naín: “Y, acercándose, tocó el féretro; los que lo llevaban se detuvieron, y Él dijo: Joven, a ti te hablo, levántate. Sentóse el muerto y comenzó a hablar, y Él se lo entregó a su madre” (Luc. VII, 14, 15). Milagro que quisiera para su víctima, y en medio de su espantoso guayabo, el culpable de la tragedia. ***

Como dice Jacinto Cruz de Elejalde, el ‘lenguaje incluyente’ es traicionero. Lo demuestra el siguiente texto de Florence Thomas: “Las mujeres de este país siguen siendo invisibles, transparentes, o presentes cuando acompañan a los niños, las niñas, los locos, los esclavos, los obreros, los pobres, los animales” (El Tiempo, 15/1/2014). Para ser lógica con su disparatada y caprichosa gramática, y no dejarse traicionar por ella, debió escribir así: “…a los niños, las niñas, a los locos, a las locas, a los esclavos, a las esclavas, a los obreros, a las obreras, a los pobres, a las pobres, a los animales, a las animales”. A no ser que piense que sólo los hombres somos locos, esclavos, obreros, pobres y ‘animales’. ¡Es posible! ***