28 de julio de 2021
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La caída de Bogotá

20 de diciembre de 2013
20 de diciembre de 2013

gustavo paez

La opinión pública contemplaba la probabilidad bastante marcada de que el procurador general, Alejandro Ordóñez, que no toma decisiones a medias, lo separaría del cargo a raíz del pésimo manejo de las basuras en diciembre del año pasado.

Ese desacierto mayúsculo puso en riesgo el medio ambiente y la salud de los bogotanos. Y en la parte económica, causó una lesión enorme a las finanzas del Distrito. En su providencia, el Procurador le señala tres faltas “gravísimas”, cometidas  “de manera libre, consciente y voluntaria”. Por esta conducta, lo destituyó de su posición y lo inhabilitó durante quince años para ejercer cargos públicos.

Bogotá ha venido en constante retroceso y hoy está a la cabeza de las ciudades peor manejadas del país. El avance conseguido en manos de otros alcaldes quedó devastado en las dos últimas administraciones. El ejercicio de Samuel Moreno, con su nefasta camarilla de defraudadores del erario, pasará a la historia quizás como el más corrupto y el más vergonzoso que haya tenido la capital colombiana.

Y vino el gobierno de Petro. A pesar de sus conocidos antecedentes guerrilleros y de sus causas extremistas, que no podían estigmatizarlo para el servicio público, la ciudadanía que no compartía sus ideas le abrió, sin embargo, un compás de espera. Había un hecho positivo en su carrera pública que no podía ignorarse: se trataba de un excelente parlamentario, buen orador, crítico en sus planteamientos y severo en sus ataques contra la corrupción. Fue el primero en denunciar las maniobras que se urdían en el mandato de Samuel Moreno, conocidas como el “carrusel de la contratación”.

Esa vigorosa y nítida actuación le hizo conquistar buena parte de los votos que lo llevaron a la Alcaldía. Su honestidad en el manejo de los bienes públicos no está en duda. Lo que está a la vista es su precaria capacidad gerencial para resolver los ingentes problemas que ofrece una urbe con cerca de ocho millones de habitantes, una de las capitales de mayor importancia y evolución del continente.

Varias circunstancias de peso incidieron para este resultado frustrante, que obedece en gran parte a su carácter pugnaz e intransigente. Petro demostró que no es fácil para escuchar consejos y adelantar sistemas de trabajo distintos a los suyos. Desconoce el sentido de trabajar en equipo. Prueba de ello es que han salido de sus cargos alrededor de veinte de sus funcionarios más calificados. Antonio Navarro, su secretario de Gobierno, entró en serias discrepancias con él y por eso renunció.

Su extrema terquedad lo condujo a tomar decisiones equivocadas. Es un provocador incisivo, un polemista obcecado que vive en permanente plan de discusión y choque. Los dos años de su gobierno los gastó en discutir con la gente, mientras la ciudad se destrozaba por todas partes. Y continúa polemizando. La actitud camorrista no es buena consejera.

El tiempo no se devuelve, y pasa dolorosas cuentas de cobro. Entre tanto, Petro perdió su oportunidad histórica. De ahí la pronunciada distancia que lo mantuvo alejado de los mandos del país y de una alta cifra de ciudadanos. Ha tenido logros, pero estos se ven minimizados por la magnitud de las responsabilidades que dejó de cumplir.

La caída de Bogotá, con la caída estrepitosa de Petro, resulta traumática para el Distrito. La ciudad, que ha venido a la deriva desde años atrás, ahora se despeña hacia el abismo. El período de interinidad en que entra la administración capitalina atrofia el desarrollo inmediato.

Sin embargo, hay que confiar en que Bogotá tome otro rumbo. Un rumbo seguro,  bien planificado y futurista. Superado el trance actual, ojalá aparezca la fórmula maestra para la correcta inversión del cupo de endeudamiento de 3,03 billones de pesos que autorizó el Concejo, en septiembre pasado, para atender obras vitales de infraestructura (entre ellas la movilidad, convertida en uno de los mayores desastres de la vida capitalina).

Bogotá,06-XII-2013.

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