1 de marzo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

La turbulenta fauna política

17 de noviembre de 2013

Mientras el ciclón Maduro azota sin pausa los débiles flancos económicos y sociales de la descuadernada República Bolivariana de Venezuela, Colombia empieza a ser víctima de vientos huracanados que se cruzan sobre el horizonte sombrío de sus propias contradicciones políticas e históricas, aunque, viéndolo bien, sería más acertado decir: histéricas.

De manera principal, dos densos frentes peligrosamente cargados de arrogancia y de egolatría dominan el panorama actual por obra y gracia de las turbulentas corrientes electoreras que empiezan a vapulear la vida colombiana durante un tortuoso, monotemático y largo período. A eso queda reducida una competencia de facciones exacerbada por la avidez del poder, que en vez de ideas esgrimen agravios, retaliaciones y desvergüenzas.

Y eso que el gran protagonista de esta vocinglería estridente es ni más ni menos que el denominado animal superior de las especies vivientes, el presuntuoso homo sapiens o bípedo implume, tal como lo catalogó hace miles de años Platón, el célebre filósofo griego. Frente a los apetitos que desata la lucha por la supremacía en el dominio de sus semejantes, el hombre apenas cuenta con un remedo de la inteligencia genuina que sí ostentan los animales llamados inferiores. Lo que éstos hacen por instinto de supervivencia y prolongación de la especie, los seres humanos lo hacen como resultado del cálculo frío y premeditado: reptan, serpentean, traicionan, acechan, destrozan, aúllan, mugen, chillan, relinchan, trinan y rugen, entre otras expresiones de un renovado primitivismo que está perpetuado en sus pésimos hábitos, perfeccionados, a su vez, con la filigrana de una corrupción galopante. Entonces, ¡qué pena con el reino animal!, nosotros, con tantas ínfulas, somos la única especie obsesionada con su propia destrucción.
Algo más: Colombia es una nación donde el país nacional sólo cuenta como potencial electoral, es decir, como manipulable carne de urna. La politiquería contamina con su simpatía empalagosa la atmósfera en su desesperado intento por asegurar la caída en la trampa, tanto de los fanáticos delirantes como de los ingenuos de oficio, que venden su voto por legítima hambre.

La deplorable fauna política nacional tiene listo el libreto para el sainete que comienza a desplegarse de cara a las próximas elecciones. Para el efecto, entra en escena la megalomanía de un sinnúmero de histriones y payasos, cuyo rasgo más sobresaliente es la ofensiva elocuencia de su mediocridad, su capacidad de oportunismo, cuando no su habilidad para mimetizarse a la manera de salvadores entre el tumulto de la desesperanza, la ignorancia y la desinformación.

Las fórmulas que se trajinarán hasta el cansancio serán la guerra contra la paz, las talanqueras a los avances sociales y económicos y,  consecuentemente, el rechazo al diálogo constructivo, a la conciliación y la reconciliación nacional, un menú como resultado de una exótica y moderna teocracia plagada de pontífices infalibles e intocables.

Será un pulso de resentimientos con predicadores que impulsan el patriotismo con el método del odio y la intolerancia, la dialéctica de la confrontación, que en nada beneficia a un país seriamente amenazado por la escalada de la corrupción, de la delincuencia común y de las ejecuciones al peor estilo de las mafias mexicanas.

Se quedan en el tintero el huracán insufrible de las encuestas, el torbellino ocioso de las redes sociales, la parcialidad inmoral de los medios de comunicación y el diluvio inmisericorde de la propaganda política. Frente a este cuadro de surrealismo cómico –o trágico– queda únicamente esperar que la ciudadanía interponga tolerancia, sensatez, cordura e independencia mental.  

Como no hay que inventar lo que está inventado, preparémonos para lo que viene, echando mano de la sabiduría popular, que nos ofrece oportunas reflexiones que resultan válidas e ineludibles en materia de elecciones y reelecciones: “Segundas partes nunca fueron buenas”; “Es mejor malo conocido que bueno por conocer” y “No hay nadie más serio que un político cuando dice mentiras”.