2 de marzo de 2021
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El Liderazgo renovador de Horacio Ramírez Castrillón

17 de noviembre de 2013

alpher rojasEl comportamiento de personajes influyentes en la vida pública de la región, generaba ventajas económicas para el estrecho círculo que copaba la retícula del poder político y ejercía un férreo control social, para encausar la ciudadanía hacia objetivos contrarios a la ética pública, mediante la renuncia discrecional al ejercicio de sus principios y valores.  

En ese aciago tránsito, la voz plena de vigor y dignidad del jurista y demócrata Horacio Ramírez Castrillón, se levantó por encima de la barahúnda, primero con el tono de experimentado catedrático, con enunciados didácticos que invitaban a superar el azaroso contexto y, luego, con el firme convencimiento de su responsabilidad de conductor, con una construcción discursiva al tiempo vibrante y profunda.   

Fue, sin duda, el más enérgico contradictor y el mayor crítico de ese “nuevorriquismo” enseñoreado de las palancas del poder. Como integrante de la escuela de pensamiento político de la izquierda democrática, confrontó el fenómeno con la fuerza de sus ideas, con las cuales sorprendió y desafió a la grotesca fauna política local. Señaló los alcances y visibilizó los límites de esa ilícita racionalidad y postuló alternativas para superarla. Extraordinario polemista, poseía una intuición histórica y un repertorio de principios eficaces que le conferían relieve y credibilidad a sus intervenciones públicas. Con esos mismos criterios, llevados a las audiencias judiciales -en donde era aclamado por su sabiduría jurídica y sus conocimientos en teoría constitucional-, propició una visión renovada y renovadora de las instituciones jurídicas, bases posteriores de proyectos de reforma constitucional que formalizó con fortuna en el hemiciclo parlamentario.

Desde su condición de ciudadano del común, asumió la representación de “las causas perdidas” –las de los pobres y de los perseguidos- y estuvo atento a impugnar ante los tribunales de Justicia los proyectos de Acuerdo y de Ordenanza del “godoturbayismo” –como solía denominar a la alianza entre el cacique liberal Ancízar López y el cafetero pastranista Juan Zuluaga Herrera-. Sus alegatos tenían la profundidad doctrinal de una sentencia y por ello sus demandas de justicia salían airosas frente a los intereses creados.

Era de gran estatura y aspecto distinguido. Sus ojos de un azul líquido, un tanto salientes detrás de unas lentes de carey, realzaban su carismática personalidad y le disimulaban las leves huellas de una viruela temprana. Conspicuas damas de “la sociedad” no disimulaban su interés por aquel soltero elegante y popular, cuyo garbo recordaba la apostura de un Almirante de L’Armatta italiana. Ellas le hacían guiños de complicidad y él les correspondía con seductora prudencia e inocultable galantería. Uno de sus romances alcanzó a armar algún revuelo social cuando, dentro de una revista de entretenimiento abandonada en el aeropuerto, apareció una fotografía con la íntima dedicatoria del Jefe Liberal, perífrasis de unos versos de Jorge Luís Borges:

“Estar contigo o no estar contigo

Es la medida de mi tiempo (…)

El nombre de una mujer me delata,

Me dueles tú mujer en todo el cuerpo. Horacio”

Tenía una energía  y un valor personal a toda prueba, era perfectamente indiferente al peligro, porque su concepto del deber ciudadano estaba a la altura de su respetabilidad. Su mirada ardía y su voz se tornaba cósmica frente a las injusticias sociales.

Había echado sobre sus hombros la responsabilidad política de ser guardián de  los bienes públicos y en ese empeño removió archivos, creó medios de comunicación, indagó en la bibliografía histórica e inquirió en los vetustos anaqueles de la administración pública, hasta reunir, con increíble esfuerzo y paciencia, las pruebas necesarias que avalaban su denuncia sobre la forma como las elites regionales habían establecido una cadena de dolo para apropiarse de los recursos públicos. Así, denunció el peculado con la “estampilla propalacio” en la construcción del edificio de la gobernación; las “urbanizaciones de arena”; la torcida contratación de la ampliación de servicios públicos y muchos otros quebrantamientos de la legalidad en que se vieron comprometidas –pero impunemente exoneradas- personalidades de la región.

Como concejal, ya reconocido líder intelectual y moral, enfrentó la degradación imperante en debates a los que concurrían multitudes que disfrutaban su tono oratorio y aplaudían las “muendas conceptuales” que les propinaba a sus adversarios, hasta ese momento “indestronables”. Tenía un excelente sentido del humor y una sagacidad irónica que paralizaba a sus contradictores. Cuando Ramírez Castrillón solicitaba el uso de la palabra con su vozarrón arrollador, en el recinto se alcanzaba a percibir el ruido de los “pies en polvorosa” de sus acobardados objetivos. Entonces aparecía en su rostro una mirada de cruel regocijo,

Fueron muy sonados sus conceptos sobre los dómines de la región, de los cuales hacía –con su habitual agudeza filológica-, caracterizaciones cáusticas, imágenes devastadoras que convertían sus envanecidas figuras en el hazmerreir de los ciudadanos. De cierto arquitecto millonario llegó a decir “usted es tan pobre que no tiene neuronas sino monedas”. En una sesión del Concejo municipal de Armenia, al referirse al personaje más reconocido de la política local, señaló: “con los libros que usted ha dejado de leer, H. Concejal Ancizar López,  podría reconstruirse la biblioteca de Alejandría”.  

Tenía la virtud de escribir en una prosa de perfecta sintaxis, con un estilo proustiano de frases largas hasta de media pagina, con una lógica argumental que le permitía articular armoniosamente su pensamiento desde la primera hasta la última palabra. Su mente despierta no cedía a los halagos postmodernistas ni a las convenciones literarias, pero era sensible a las transformaciones culturales de la historia.

Como alto Legislador, Ramírez Castrillón dio muestras de una lucidez ejemplar en el abordaje de los grandes problemas nacionales desde una visión moderna de la economía, la política social y el derecho del trabajo, dominios en los que no admitía divagaciones estériles. Su prestigio de parlamentario lo llevó a diversos escenarios académicos, en los que hizo gala de sólida cultura política. Allí cultivó amistades como las del Maestro Gerardo Molina y los juristas Luís Carlos Pérez, Eduardo Umaña Luna y Diego Montaña Cuellar. A raíz de las reuniones  que sostenía con estos prohombres de la Izquierda Democrática, alguna vez le preguntaron perversamente si en el curso de esas tertulias no había adquirido el ´sarampión del comunismo´, él contestó: “sin duda, alguna forma benéfica del virus se inoculó en mi pensamiento. Uno no puede pasar bajo la ducha abierta sin mojarse, por más rápido que pase”.

Merced a la luz de su experiencia, edificada en más de treinta años de estudio e investigación rigurosa, como organizador y luchador dentro del liberalismo, las ideas de Ramírez Castrillón cobraron notoriedad nacional. En su primera senaturía en representación del Gran Caldas,  impulsó el proyecto de creación del departamento del Quindío, pero finalmente fue desplazado por el principal de la lista Otto Morales Benítez, opositor de la iniciativa. Fue autor de la primera Ley de la Tercera edad y, al presidir la comisión séptima del Senado, rescató y sacó adelante antiguas reivindicaciones de los trabajadores colombianos.

Fundó la última etapa de Radio Gaceta y el semanario Batalla Liberal, para “contrarrestar la conjura de la burguesía cleptómana”. Al fomentar el incremento de la participación activa de la sociedad en la construcción de su propio destino, a través del Movimiento Revolucionario Cultural, la ciudad se convirtió en auténtico espacio público para el debate de las ideas y las artes. Los periódicos registraban el intercambio de criterios acerca del destino cívico, cultural y político y, por esta vía, los asuntos públicos dejaron de ser decididos en excluyentes cenáculos.

Con los exrectores de la universidad del Quindío Fabio Arias y Ramón Buitrago creó la Izquierda Liberal del Quindío, a la que después se unirían  los médicos Rogelio González, Samuel Grisales y  el líder popular Alberto “El Grillo” Marín, que defendió al liberalismo montenegrino de la embestida criminal del laureanismo en los años cincuenta.

El electorado de la Izquierda liberal estaba integrado por estudiantes y sectores populares urbanos y rurales, así como por gente de las clases medias provenientes de los grupos cívicos que habían perdido la confianza en el oficialismo. Sus colegas del Colegio de abogados y líderes del magisterio, la intelectualidad y la cultura, eran los principales portaestandartes del programa de la Izquierda Liberal.

El remezón que en el departamento causó la política de la Izquierda Liberal, generó cambios administrativos, pues a la gobernación llegaría el escritor e historiador Jaime Lopera Gutiérrez con novedoso programa, y un equipo de destacados profesionales, demasiado ambicioso para una sociedad políticamente endogámica, acostumbrada a oírse sólo así misma, anclada en tradiciones poco éticas.

En 1975 se conformó la “Democratización Liberal” o Progresismo Liberal, que intentaba detener el proceso de corrupción política que carcomía al país. Era como una extensión de la Izquierda Liberal en el plano nacional y, en el Quindío, estaba  integrado, además de Ramírez Castrillón, por personalidades de significativo rango intelectual y cultural –unas- y cívico y político –otras-, entre ellos el eminente jurista y exgobernador Jorge Arango Mejía y  los exalcaldes Hernán Palacio, Raúl Mejía y César Hoyos, quienes se habían trazado el objetivo de construir una agenda pública incluyente pero, finalmente, eran “como cisnes navegando en un pantano”, frente al férreo clientelismo gubernamental.  

El fallecimiento de Horacio Ramírez ocurrió el sábado 26 de agosto de 1978 –cuando frisaba los 59 años de edad- afectado por un sorpresivo cáncer que le consumió sus energías vitales en menos de dos meses. En Armenia hubo un duelo colectivo prolongado y, hasta ahora, 35 años después, su vacío no ha sido llenado con un liderazgo de las calidades morales, el conocimiento y la reciedumbre conque Ramírez Castrillón sirvió a la sociedad de su tiempo.

En comprobación de su vida recta, no hay quien pueda levantar la mano para señalar una sola debilidad en el curso de su vida pública. Nada de lo que logró ser le fue conferido sin esfuerzo, su ascenso en el afecto de sus conciudadanos fue el producto de su brillante inteligencia, de sus luchas por la democratización de las costumbres políticas y, de manera especial, por su indeclinable defensa de los marginados. Sin embargo, en Armenia no hay una sola referencia a su ilustre nombre: ni una placa ni un auditorio registran su recuerdo, como debiera ser frente al tamaño de su legado progresista.