5 de marzo de 2021
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El libro que hacía falta

14 de noviembre de 2013
14 de noviembre de 2013

“Quien no haya leído ‘Su majestad el guayabo’, no sabe científicamente por qué agoniza al otro día de una tranca descomunal”. Con estas palabras, años atrás, terminé un artículo sobre su autor, don Rafael Arango Villegas, que escribí motivado por el compromiso matrimonial del príncipe Felipe de España con Letizia, la plebeya, hecho que me hizo releer “Consejos al príncipe de Asturias”, en vísperas también de contraer nupcias. En él, don Rafael le aconseja: “No se case, príncipe, compre más bien un carriel. Los carrieles son…”. Y sigue una explicación extensa, ingeniosa y de un buen humor extraordinario. Ahora, ¿ha sentido usted curiosidad de saber por qué la indumentaria masculina tiene tantos botones y tantos bolsillos? Lea, entonces, “Aquí agarrado con misiá Irene”, y la satisfará. Y si desea sentir lo mismo que los colombianos cuando el Perú quiso apoderarse de un pedazo de  nuestra geografía, échele una mirada a “Qué tal si madruga más”, que ahí se lo expresa don Rafael. Para conocer bien a los antioqueños, es indispensable leer “Estudio taquimétrico sobre el Paisa”. Quien no sepa o no recuerde lo aterradora que era la ida al dentista hace más de medio siglo, tiene que darle una ojeada a “¡Qué sentimientos de hombres!”. Y el que quiera saber lo que los muchachos de hace sesenta o más años manifestaban con “montar en pelo”, no tiene más remedio que leer “Los primeros calzoncillos”. Y si usted es médico, lea “La central de la chonta”: allí encontrará las causas de la locura y el abecé del procedimiento quirúrgico para su curación. Y si usted… En fin, son tantas las inquietudes que usted puede despachar leyendo las Obras Completas de don Rafael, que lo mejor es que se haga a ellas, y empiece a leer. Le aseguro que de lo único que se arrepentirá será de no haberlo hecho antes.

Hace alrededor de sesenta años, día más día menos, dos compañeros míos de claustro –Mario García Isaza, sacerdote; y Luis Lentijo Jaramillo, sacerdote también, trágicamente fallecido, y mi personaje inolvidable– leían regocijadamente un libro, y, con risas, comentaban su contenido. Supe que se trataba de “Bobadas mías”, de ‘un tal’ Rafael Arango Villegas, manizaleño como ellos. Años después, y sólo por satisfacer la curiosidad, compré en la Librería Voluntad de Bogotá las Obras Completas del ‘tal’ Arango Villegas. Una hermosa publicación de Ediciones Guadarrama, Madrid. 1955. Y comencé a leer. Me cautivaron inmediatamente su prosa castiza, natural y espontánea, su humor pulcro e inigualable y su manera de ver todo lo que lo rodeaba y de exponer los acontecimientos políticos y económicos de la época. Los recuerdos que tengo de ese libro son todos gratísimos: Su lectura en familia convertía el tiempo en hora sabrosa. Y estoy seguro de que mis alumnas bogotanas de latín, a quienes les leía durante cinco o diez minutos al final de la clase como recompensa por su buen comportamiento, recuerdan más las “Peregrinaciones ultraterrenas del maestro Feliciano Ríos” que el modelo de la quinta declinación. Pero la satisfacción más grande que su lectura me produjo fue ver el rostro alborozado de mi papá, Juan Bautista Osorio Gómez, cuando la escuchaba y, sobre todo, su risa incontenible después de oír el intercambio coloquial entre el patriarca Simeón y Feliciano Ríos, luego de la lectura de los pecados del zapatero manizaleño, en la antesala de la eternidad: “¡Caramba! –exclamó el patriarca–. Son muchos pecados para una sola criatura… ¿Y usted qué dice, el amigo? –Pues que a mí también me parecen muchos. Yo creo (me atreví a decir) que es que allí han echao mucho tenedor…”. Las palabras de don Rafael estremecían el alma de ‘mi viejo’, un campesino íntegro, dedicado toda su vida al cultivo de la tierra. De donde deduje la autenticidad folclórica del lenguaje montañero de este genial escritor manizaleño.

Son, pues, muy arriba de cincuenta los años durante los cuales leí y releí y leí de nuevo y releí una y otra vez las obras de don Rafael. Sin embargo, fuera de dos o tres anécdotas chispeantes y un  par de recuerdos de quienes lo conocieron, nada sabía de su vida, hasta hace poco cuando recibí de manos de su autor, don José Jaramillo Mejía, el libro “Este soy yo, tal cual”, hermosamente diseñado y diagramado por Álvaro Marín Ocampo, y editado en los talleres de artes gráficas de AD IMPRESOS, de Manizales. La idea de la obra -en feliz hora concebida, porque ‘hacía falta’- fue de don Eduardo Arango Restrepo, el único hijo sobreviviente del escritor. En ella encontrará el lector, además de algunos datos biográficos sobresalientes, “crónicas desconocidas, cartas personales, documentos familiares y análisis críticos de la obra de Arango Villegas”. Y testimonios, todos muy sentidos, como este que escribió Yagarí, Gonzalo Uribe Mejía, cuando don Rafael se fue para Bogotá:

“Yo sé que nadie convendrá con la ida de Rafael. Y es que él, francamente, no se manda. ¡No faltaba más! Arango Villegas es de nosotros, de todos. Yo no me explico cómo más de medio millón de montañeros caldenses permiten que se lleven a su hombre, a su cantor. (…) O Rafael se vuelve para la casa o hacemos una huelga estrafalaria: no volvemos a comer arepa. Y entonces sí se cae esto”.

En este libro, ¡sí, señor!, está don Rafael, tal cual…