19 de agosto de 2022
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Fallido, que-quien, taza-tasa, soslayar-solazarse

3 de octubre de 2013
3 de octubre de 2013

osorio efraim

Hay adjetivos que en nuestro idioma se pueden sustantivar. Uno de ellos, del que echan mano todos en nuestro descuadernado país, es ‘corrupto’ (“que se deja o ha dejado sobornar, pervertir o viciar”, dice la Academia de la Lengua). Yo prefiero ‘corrompido’, porque éste abarca a todos los de esa despreciable calaña, sin excepción; no necesita definición y es más sonoro. Pero no es mi intención hablar de esa vergonzosa plaga. Quiero referirme a un adjetivo que no se puede sustantivar, ‘fallido’, pues necesita siempre estar acompañado del nombre al que califica. Sin embargo, el columnista de El Tiempo, Manuel Guzmán Hennesy lo sustantivó en su artículo titulado, ¡sí, señor!, “El fallido”. Esto dijo, no el armadillo, sino el escritor: “Entonces improvisa y el fallido se agazapa entre los oropeles del rey hasta que otro día, ¡líbrenos Zeus!, explota” (6/9/2013). Empieza su escrito con las siguientes palabras: “Sucede que una sociedad descubre un día que algo había hecho mal desde el comienzo. Y que no le resulta fácil corregir el error”. Menciona de este modo a las sociedades que consideran que el ‘desarrollo’ consiste en producir y producir y producir cosas para que el pueblo consuma y consuma y consuma cosas, hasta que llegue el día “en que caigamos todos sepultados bajo la basura”. Apreciación correcta, sin duda. Lo que no es correcto es llamar ‘el fallido’ al fracaso de lo que se conoce con el nombre de ‘desarrollo’, puesto que, como lo dije antes, dicho adjetivo necesita un nombre al cual acompañar, en este caso, ‘sistema’: “Un sistema fallido”. Su definición sustenta mi criterio: “Fallido-a. Adjetivo. Se aplica a las cosas que no dan el resultado perseguido con ellas, que no resultan como se esperaba o que no contienen o producen lo debido: esfuerzos fallidos. Un tiro fallido. Esperanzas fallidas” (María Moliner). “Conversaciones fallidas”, añado. Conclusión: Son tantas las cosas que pueden ‘fallar’, que es imposible saber con el solo adjetivo ‘fallido’ qué es lo que fracasa. ***

Es el siguiente un consejo del padre Gonzalo Gallo: “Imita al enamorado quien magnifica lo bueno y es condescendiente con los errores” (LA PATRIA, Oasis, 19/9/2013). El pronombre relativo ‘quien’ está ahí desubicado, pues en esa construcción no puede reemplazar al relativo ‘que’, que, a la vez, sirve de enlace a las tres oraciones de que consta el consejo. “Imita al enamorado que magnifica lo bueno…”, es la forma castiza. Trate, señor, de sustituir ese ‘quien’ por ‘el que’ o ‘aquel que’, y se dará cuenta de la incongruencia gramatical. ***

A los peones de las fincas cafeteras de Caldas les servían el chocolate del desayuno en ‘tazas de pucha’; los economistas hablan de la ‘tasa de inflación’; las señoras decían que “había que tasar la carne” para que durara hasta el viernes de la semana siguiente; y siempre se ha dicho que “al que no quiere caldo se le dan dos tazas”. El castellano tiene estas cuatro palabras, los sustantivos ‘tasa’ (arancel, canon, costo, medida) y ‘taza’ (tazón, tacita, pocillo); y los verbos ‘tasar’ (valorar, justipreciar, apreciar, estimar, restringir) y ‘tazar’ (“estropear la ropa con el uso, principalmente a causa del roce, por los dobleces y bajos”. Cortar, partir). Y, me parece, a GGM le gusta mucho el adjetivo ‘destazado’, con el sentido de ‘despedazado’. El señor José Wilmar Jaramillo Morales confundió los dos sustantivos en la siguiente información: “Desde el Jardín Botánico hemos planteado que Manizales requiere mejorar en la taza de área verde por habitante” (LA PATRIA, 14/9/2013). Si no estoy también confundido, debe ser “la tasa de área verde”, con el significado de “estimación del área verde por habitante”. Y así, todos entendemos. ***

En confusión parecida cayó el columnista Jorge Alberto Gutiérrez Jaramillo, pues empleó, de una manera incomprensible para mí, el verbo ‘soslayarse’ por ‘solazarse’ en esta frase: “…nos permitirá atraer a los viajeros del mundo para satisfacer su necesidad de buscar un lugar genuino para soslayarse” (LA PATRIA, 15/9/2013). ‘Solazarse’, el verbo apropiado en esa oración, significa “proporcionarse solaz (descanso del cuerpo o del espíritu) o encontrarlo en algo”. ‘Soslayar’, verbo transitivo, que, además, no se usa como pronominal, tiene dos acepciones: “Poner una cosa ladeada, de través u oblicua para pasar una estructura. / 2. Pasar por alto o de largo, dejando de lado alguna dificultad” (El Diccionario), como decimos coloquialmente, “salirse por la tangente”. Y tenemos la locución ‘al soslayo’ o ‘de soslayo’ (oblicuamente). En el penúltimo capítulo de la novela Persiles y Sigismunda, Cervantes la emplea en el siguiente pasaje: “Y llegó a tanto extremo el dolor que sintió de ver engrandecido y honrado a Periandro que, sin mirar lo que hacía, o quizá mirándolo muy bien, (Pirro) metió mano a su espada y por entre los brazos de Serafido se la metió a Periandro por el hombro derecho, con tal furia y fuerza, que le salió la punta por el izquierdo, atravesándole, poco menos que al soslayo, de parte a parte”. Como dije, no entiendo cómo puede uno confundir dos verbos tan distintos. ***

La VEINTITRÉS: El que espera desespera, y los que estamos esperando los anuncios de las medidas para su recuperación ya estamos desesperados.