27 de febrero de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

El sueño de recorrer a Singapur

27 de octubre de 2013
27 de octubre de 2013

 

singapur

Todo tiene un aire de fábula. A esta altura, con las nubes momentáneamente grises, a poca distancia, y los transatlánticos moviéndose allá abajo como fichitas descoloridas del TEG, la posición de Peggy Lim se parece a la del Zeus que mira, desde el monte Ida, a los aqueos que rodean las puertas de Troya. Así estamos nosotros, recién llegados, como los guerreros vengativos de la Hélade, ávidos por ingresar a esta ciudad, considerada lo más exquisito del sudeste asiático.

Singapur es, como las antiguas griegas, una “ciudad estado”: un país muy pequeño que en cuarenta y ocho años que lleva de república independiente logró convertirse en uno de los cuatro Tigres Asiáticos. Está formado por la gran ciudad de Singapur, pujante y cosmopolita; una magnífica geografía tropical que la circunda (y siempre está en riesgo de desaparecer); más unas 63 islas esparcidas por el mar.

El país entero es como una esquinita escindida de la península de Malasia, prácticamente cayéndose sobre las aguas de un estrecho, al que continuamente se le extrae un metro más de tierra edificable. Es fácil recorrerlo todo: cómodos y modernos los transportes; la ciudad, una mezcla apacible y pintoresca de culturas y relieves; las reservas naturales, de acotada exuberancia, lagos, selva ecuatoriana, playas, todo está a un paso.

Sofisticada modernidad
A unque la vida del país está en gran medida ligada a su puerto, que es el segundo más importante del mundo, después del de Shanghai, la zona portuaria no forma parte de los atractivos turísticos urbanos. La febril actividad naviera y pesquera aparece disimulada por un profuso despliegue de monumentales piezas arquitectónicas que deslumbran por imponentes y por ser, muchas de ellas, francamente curiosas. Como el jardín futurista de Gardens by the Bay, en el que brillan el Domo de las Flores y los Supertrees. El Domo está hecho como una serie de invernaderos gigantes, de vidrio sostenido por estructuras de hierro y concreto: acaso una versión ultra aggiornada de los jardines de invierno que adornaban las mansiones de los antiguos colonos británicos.

Los Supertrees, como indica el nombre, son tremendos árboles de cemento y metal, de entre 25 y 50 metros de altura, todos cubiertos de especies vegetales. Mezcla rara de museo botánico, escultura viva y estrafalaria sombrilla urbana, los Supertrees no sólo desarrollan y conservan especies exóticas en su interior; también replican a los árboles verdaderos, ya que tienen funciones robóticas que reproducen, a escala, los procesos fisiológicos de las plantas.

En la ciudad se respira un aire de sofisticada modernidad. Todo es pulcro. Todo es nuevo (o parece nuevo). Todo funciona bien. La cantidad de centros comerciales lujosos es algo desproporcionada, como el precio de los objetos que venden los locales de las grandes firmas.

Singapur es famoso por su férrea disciplina urbana: al que pescan tirando un chicle en la calle –dice la leyenda– lo obligan a pagar cientos de dólares de multa. ¿Y por tirar un pucho? Muchísimo más. Todos llegamos con esa idea al célebre aeropuerto de Changi (ha ganado muchísimos premios internacionales). En las veredas de la ciudad el acoso no es tal. Pero también es cierto que, en todos lados, a los fumadores se los conduce con firmeza hacia el área delimitada por el cenicero.

Algunos singapurenses creen que fue esa “mano de hierro” la que logró la armonía en la que convive el conjunto multiétnico de la población (más del 70 por ciento son chinos, un 14 por ciento son malasios, un 8 por ciento viene de la India; el resto, inmigrantes de diversas nacionalidades). ¿Cómo confirmar que sea así? Difícil saberlo. Quizás haya razones profundas en el pasado: cuando Singapur formaba parte del imperio de Sumatra; o en su vida como colonia británica; o durante la invasión de los japoneses, en la Segunda Guerra, quienes masacraron a gran parte de la población china. Para nuestra guía, una razón decisiva para la armonía general es el tenaz laicismo, impuesto por ley. Como sea, los puestos de souvenires se burlan de esa fama que se ganó el país estampando tazas, remeras y banderines con docenas de señales de prohibición: no tirar papeles, no fumar, no consumir drogas, no escupir, no pasear perros, no, no, no.

Cuando le pedimos a Peggy Lim que nos lleve a ver “el centro histórico” se sonríe. ¿Cuál es el “centro”, en la historia de Singapur? ¿La época en que era un paraje de pescadores nómadas? ¿Los cinco siglos en que fueron súbditos del imperio de Java-Sumatra? ¿La cultura de la India y el sánscrito, que todavía modela su imaginación literaria? ¿El desembarco árabe? ¿La llegada de los portugueses, en el siglo XV? ¿La de los holandeses, en el XVII? ¿La dominación británica, desde el siglo XIX?
petronas

Singapur tiene algo de cada una de estas etapas. Todavía están los barquitos de madera que llevan turistas por el río (30 dólares de Singapur –o “singapuras”, como le dicen todos–, que prácticamente equivalen a 30 dólares) hasta el Merlion, el símbolo de la ciudad: bestia de ceño fruncido, con cabeza de león y cola de pez, que echa agua por la boca.

Mientras nos sacamos fotos delante del Merlion observamos, a lo lejos, la antigua alcaldía edificada por los británicos, junto a la catedral anglicana de San Andrés, construida por convictos traídos especialmente de la India para esta labor. Sus rasgos típicamente ingleses sólo pueden verse a cierta distancia ahora, ya que delante se instaló parte del circuito para el Gran Premio de Fórmula Uno, que se corrió el mes pasado aquí.

Uno de los edificios más emblemáticos del período es el antiguo y coqueto Raffles Hotel –lleva el nombre de Thomas Stamford Raffles, primer gobernador colonial británico–, que conserva la antigua construcción baja y sus paredes blancas.

A pocos metros de Orchard Road, la avenida de los centros comerciales y los edificios altísimos, se preserva un escondido vecindario de antiguas casas –hoy suntuosas– que destacan con renovado colorido el despojado estilo decimonónico, de puertas y ventanas con largas persianas, y maceteros floridos.

Música, tiendas y templos
La cultura de la India está muy presente en toda la ciudad, no sólo en Little India; de hecho, el templo hindú de Sri Mariamman, el más antiguo de Singapur, está ubicado sobre South Bridge Road, a las puertas de Chinatown. El edificio, que abarca casi una manzana entera, sobresale por sus vistosos colores y su atmósfera de jubileo. La típica música carnática del sur de la India suena habitualmente hasta entrada la noche, cuando se iluminan las figuras animales, humanas y divinas que se apretujan en la decoración de las gopura, esas torres piramidales que están al ingreso del templo.

Aunque no se cobra entrada a los visitantes, en Sri Mariamman –declarado también Museo Nacional– hay que pagar 3 dólares de Singapur en la caja para poder tomar fotos. Nosotros llegamos de noche, muy tarde. Los encargados de la caja están atareados, contando las monedas recogidas en todo el día; con un gesto de “No nos distraiga”, me dejan pasar con mi modestísima cámara digital.

En Little India, la actividad comercial es intensa: cientos de tiendas textiles ofrecen sus estampados con piedritas brillantes, sus sedas tornasoladas, los paños ya decorados para confeccionar los tradicionales vestidos (punjabi) o las chalinas (dubatta) que lucen las damas de la India. Los precios son muy accesibles: veinte metros de seda estampada por 25 singapuras. Los locales ocupan parte de las estrechas aceras, entre Jalan Besar, Sebangoon Road y Sungei Road. Muchos comerciantes tienen instalada su máquina de coser en la vereda, y trabajan en medio del bullicio de clientes, proveedores y transeúntes.

En el extremo norte del barrio se yergue Mustafa: un centro comercial que parece salido de una escenografía posapocalíptica. Siete pisos abarrotados de mercadería casi siempre económica (desde chocolates hasta bijouterie, típicos atuendos árabes, juguetes, artículos de electrónica o bazar), que están abiertos al público todos los días, las 24 horas. Tenemos poco tiempo en Singapur: vamos hasta allá en taxi, después de cenar. Son las 23 y el lugar está lleno.

Mes de la cosecha
Tenemos la suerte de llegar a Singapur antes de que terminen los festejos por el mes de la cosecha, en septiembre. La ciudad muestra sus antiguos ritos allí donde el peso de la tradición es mayor.

Las avenidas que rodean Chinatown, Neil Road y Cross Street, están todas atravesadas por guirnaldas de luces de colores. A los occidentales nos recuerda el aire navideño: calor, humedad, gente paseando por la calle, comiendo en puestos callejeros, estampando su nombre en un sello chino, comprando tintas indelebles o batas de colores pastel. Pero acá no hay villancicos sino pregones, en unas voces para nosotros indescifrables. Singapur tiene cuatro idiomas oficiales: inglés, chino mandarín, malasio y tamil, una lengua drávida que llegó de la India.

Imperdible, en Chinatown, Thian Hock Keng, el más antiguo templo o fukien de la ciudad: aquí se venera a la vez a la diosa taoísta del mar, Mazu, y a la diosa budista de la misericordia, Kuan Yin. Lleno de colores –predominan el rojo y el dorado–, inciensos y urnas para ofrendas, el templo es un canto al sincretismo, a la mezcla productiva de rituales y creencias. Divinidades, sabios, demonios, antiguos sacerdotes: todos tienen aquí un lugar. En una de las pagodas laterales, un niño, descendiente de inmigrantes chinos, hace una serie de reverencias ante la imagen de Confucio, pidiéndole éxito en los estudios. “Estamos en plena época de vuelta al cole”, comenta Peggy Lim.

Los singapurenses celebran su prosperidad a diario. En la zona de Marina Bay, en la escalinata junto a la bahía, un centenar de personas se reúne todas las noches, a las 21, para disfrutar de un espectáculo gratuito de luces y sonidos, con proyecciones holográficas de calidad tecnológica sorprendente y fuegos artificiales como remate. Todos miramos el show en respetuoso silencio: en el país del laicismo radical, se le canta al milagro de la vida y a la idea de progreso.

Emprendemos la marcha a pie, por la ciudad llena de luces de colores. Si hace calor, nos detenemos junto a árboles metálicos de fantasía: apenas uno se para debajo de su copa metálica se pone en marcha, automáticamente, un suave ventilador. ¡Los urbanistas de Singapur pensaron en todo!

A lo lejos miramos el complejo Marina Bay Sands Towers, inaugurado en 2011. Está formado por tres torres dobles, que se erigen reuniéndose de a dos, formando ángulos externos convexos, las tres coronadas por una inmensa terraza, que se expande en el vacío, como una tabla surfeando el cielo. De noche, las luces lo vuelven todo más extravagante. Según nos cuenta Peggy Lim, hasta hace unos meses, subir a la terraza del piso 56 era gratis. Ahora cobran una entrada de veinte singapuras. Arriba hay una discoteca, confiterías y restaurantes, y una sorprendente piscina de “aguas infinitas”, que se proyectan, como disparadas en el vacío.

Dos mil personas viven en los hoteles de las Sands Towers. Se calcula que ingresan mil personas por día. Dicen que es el hotel preferido de los turistas brasileños de altos ingresos.

El lobby de la torre Tres parece el hall de un aeropuerto: ir y venir ajetreado, gente arrastrando valijas, colas ante el pintoresco mostrador, algunos choferes de taxi mostrando los típicos cartelitos con el nombre de un pasajero desconocido. En el medio, como una isla circundada por un bosque de enredaderas blancas y grises, el restaurante donde nos detenemos a comer. Tenedor libre delicioso, muy variado y con rarezas locales, como esas frutas exóticas, el rambután (una ciruela pequeña cubierta por unos cabellos rojos y crespos) y el ojo de dragón. Agua y café expreso incluido: 60 singapuras por persona.

Mezquitas y callejones
En nuestro último día, recorremos de día el barrio árabe, Arab Street, ubicado entre Ophir Road y North Bridge Road. Aquí se destacan la lujosa Mezquita del Sultán y dos o tres callejones perdidos: son los únicos que recuerdan algún oscuro rincón del conurbano bonaerense.

Arab Street tiene también dos cuadras de furor “palermitano”. A pocos pasos de la mezquita, en Haji Lane se concentran las boutiques de diseño, donde se vende ropa u objetos de decoración: atmósfera vintage, zapatos estrafalarios y estampados originales.

Antes de llamarse Singapur, o “ciudad de los leones” en lengua malaya, este lugar se llamaba Tumasek, “ciudad del mar”. ¿Por qué no rendirle un último homenaje al antiguo enclave marítimo, pasando nuestra última tarde en la playa?

La más cercana es Sentosa, a la que se puede llegar, desde cualquier rincón, en el metro. El viaje, de 20 minutos desde el centro, es sencillo, amigable y económico: 1,4 singapuras el boleto (ida) de subte; 4 singapuras (ida y vuelta) el monorriel que nos deposita en el complejo playero.

La estación previa a la costa es la de Universal Studios Singapore que ofrece paquetes que incluyen tres pases por 222 dólares.

Pero preferimos las playas. En nada se parecen a las del Atlántico sur: aquí hay arena blanquecina, aguas de gran salinidad, transparentes y cálidas. El espacio es, no obstante, mucho más acotado y la tentación del consumo es mucho más manifiesta. El sol, eso sí, brilla con la misma intensidad y uno puede nadar sin olas salvajes hasta alejarse dulcemente de la costa. Por lo menos hasta que la bocina de los grandes transatlánticos nos despierte del plácido sueño. ¡Los barcos están a un paso! ¿Irán hacia Timor? ¿Hacia el remoto mar de la China?

 

LA BUENA MESA

La diversidad cultural repercute favorablemente en la oferta gastronómica singapurense: se puede saborear comida india, tailandesa, malasia y japonesa en sofisticadísimos restaurantes o en pulcras sillas plásticas, en pleno centro, en Lau Pa Sat. La cadena Khansama se especializa en exquisiteces del norte de la India, como el pollo o el pamfret –pescado– tandurí (horneados con carbón vegetal, condimentados con ajo y jengibre). Entre los platos vegetarianos, sobresale el navratan korma: 9 tipos de vegetales y tiras de queso paneer, condimentados con korma (salsa hecha de curry y crema o leche de coco). Little India es ideal para conseguir a buen precio toda clase de especias: coriandro, comino, cardamomo, clavo, jengibre. El local Bahulu Warisan está dedicado a la gastronomía malasia. Allí, además del pescado asam (con salsa de tamarindo), pruebe los yee meen (fideos fritos) o el keropok lekor, con tiras de pescado y fideos fritos.

 

MINIGUIA

COMO LLEGAR
Pasaje aéreo de Qatar Airways, vía Doha (con una parada en San Pablo, Brasil): 3.236 dólares ida y vuelta en Economy. El viaje dura 29 horas y media. Informes: tel. 5237-3900; www.qatarairways.com/ar

DONDE ALOJARSE
En Chinatown, Hotel 81 tiene una tarifa de 577 pesos por día la habitación doble, con baño privado, sin desayuno. Hasta 100 pesos menos por una habitación en un hotel de la misma cadena, en Bencoleen (en Bencoleen Street, entre Orchard Road y el distrito financiero de Raffles Place). Inf.: www.hotel81.com.sg
Para un viaje de lujo, Four Seasons Singapore ofrece alojamiento en habitación doble con desayuno americano en el restaurante One-Ninety, por 465 singapuras (US$ 469). Inf.: www.fourseasons.com/singapore

QUE COMER
Singapur se enorgullece de haber inventado el concepto “patio de comidas”. Literalmente, en los 70, en el sitio del antiguo mercado Telok Ayer, concentraron puestos callejeros de venta de comidas tradicionales y fundaron un enorme patio de comidas en pleno centro, llamado Lau Pa Sat. Se puede almorzar por 7 dólares.
El restaurante del Four Seasons, One- Ninety, ofrece un almuerzo de cinco platos de delicadísima cocina asiática por 48 dólares.

COMO MOVERSE
El metro es económico (1,4 dólar de Singapur = 1,5 dólares), recorre toda la ciudad. Se conecta fácilmente con los trenes de media distancia y con el monorriel que va a la playa.
Taxis: 3 dólares de Singapur la bajada de bandera; un viaje desde el centro hasta Little India puede costar entre 10 y 15 dólares de Singapur.

MONEDA
Un dólar equivale a 1,24 dólar de Singapur (o singapura).

ATENCION
El clima en Singapur es tropical: cálido, húmedo, siempre veraniego.
Los turistas argentinos deben presentar certificado de vacuna contra la fiebre amarilla para ingresar.