1 de marzo de 2021
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Volver al campo

14 de junio de 2013
14 de junio de 2013

gustavo paezEsta deshonrosa situación fue revelada en un informe que acaba de conocerse en Ginebra. Según el Centro de Monitoreo del Desplazamiento Interno (IDMC), el año pasado huyeron de sus hogares 230 mil personas. Otro tipo de desplazamiento es el de los colombianos que se refugian en otros países, cuyo número se calcula en 400 mil. Desde hace muchos años, lejos de aplacarse esta calamidad, ha crecido hasta las cifras alarmantes que nos sitúan como una nación manejada por la brutalidad.

Otro aspecto dramático es el de la población infantil. Hoy, de cada 5 víctimas de la guerra, una es menor de 12 años, es decir, 1,2 millones de niños afectados por el conflicto armado. La violencia colombiana viene desde mediados del siglo XX, y durante este trayecto se han perpetrado toda clase de sevicias, de asesinatos, de despojos de la tierra, de vejámenes y atrocidades como pocos pueblos han tenido que padecerlos.

La abolición de la esclavitud –en 1851– es letra muerta para muchos colombianos.  ¡Qué mayor esclavitud que la del hambre, la desnutrición, la carencia de techo, de educación y trabajo, la desprotección de la salud, el éxodo apabullante hacia los centros urbanos! Mientras tanto, detrás de las caravanas que huyen de sus parcelas y rompen a la fuerza sus raíces ancestrales, queda un reguero de muertos y un panorama de pavor.

Ahora que se habla del final de la guerra y se sabe de los avances que surgen en La Habana para alcanzar la paz, los desheredados de los territorios más sacrificados por el terrorismo en los campos –Nariño, Cauca, Valle y Chocó– perciben una lánguida luz que les hace abrigar la esperanza de volver a la vida familiar que les arrebató la crueldad humana.

Los diálogos que se adelantan entre el Gobierno y las Farc han de mirar, ante todo, hacia la Colombia destrozada por el odio, la maldad, la locura y el apetito de riquezas. Ha llegado el momento de reconocer las culpas y resarcir a las víctimas. El ambiente se presta para que así ocurra. El mundo tiene puestos los ojos en estos diálogos productivos, mientras grandes líderes expresan su voz de respaldo al presidente Santos, que en un acto de valor y de audacia nunca antes visto ha logrado emprender semejante empresa redentora. Entre tanto, algunos ánimos exacerbados –con el expresidente Uribe a la cabeza– tratan de entorpecer lo que es más conveniente para Colombia.   

Son grandes los escollos que hay que superar, titánica la tarea de ponerse las partes de acuerdo, abrupto el camino para que los depredadores devuelvan las tierras mal habidas, pero no es imposible el acuerdo para que al fin se haga justicia y se propicie la paz de los campos. En los campos está la paz de Colombia.

Los desplazados deben volver cuanto antes a sus tierras. Al hacerlas producir con los planes de desarrollo que es necesario implementar, y con la reconquista del bienestar familiar que debe prodigarse a estos habitantes marginados de la sociedad, resurgirá una Colombia nueva: la Colombia agrícola que dejamos perder. Falta una mano mágica para despejar la negra noche en que ha vivido el país durante medio siglo. Quizás ha aparecido esa mano. Sin embargo, muchos no quieren verla. ¡Y que florezcan las cosechas!

Bogotá, 07-VI-2013.

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