26 de julio de 2021
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Las muñecas de la mafia

28 de junio de 2013
28 de junio de 2013

gustavo paezLos reinados de belleza constituyeron uno de los motivos más genuinos de regocijo y emoción del país, como que en ellos se rendía homenaje a la mujer colombiana dotada de virtudes y radiante de encantos y se ponía a competir a las regiones en busca del trofeo nacional. A lo largo de los años, estos eventos fueron cambiando su esencia y se desviaron hacia la belleza artificial y los atributos ficticios. De pronto, el dinero corrupto hizo su aparición en estas fiestas del donaire y la gracia femenina y trocó la autenticidad por la artimaña.  

Más adelante se sabría que narcos poderosos entraban a comprar reinas. El arma más efectiva para lograrlo era la seducción del dinero. El primer caso conocido fue el de Martha Lucía Echeverri, señorita Colombia 1974, que cayó en las redes de Miguel Rodríguez Orejuela, capo del cartel de Cali.    

María Teresa Gómez Fajardo, señorita Colombia 1981, se casó con el rejoneador Dayro Chica, antiguo peón de la familia Ochoa, la que obsequió a la pareja un ajedrez de oro con la siguiente leyenda: “Para que usted vea cómo un peón se puede comer a una reina”. Más clara no puede ser la entrega de la mujer frágil, de la mujer fatua, a quien el mafioso seduce con el aroma de su fortuna. Ya lo dijo Jardiel Poncela: “Es más fácil detener un tren que detener una mujer, cuando ambos están decididos a descarrilar”.

Uno de los hechos más sonados en la crónica nacional es el de Maribel Gutiérrez Tinoco, señorita Colombia 1990, que renunció al título para casarse con Jairo Durán –alias el “Mico”–, su fuerte financiador en el mundo de la belleza. Ella se dejó deslumbrar por el derroche que surgía a su alrededor. La danza de los millones se hacía sentir también en las pasarelas. A pesar de que el nombre de la candidata tenía bajo perfil, resultó la ganadora. Y el concurso quedó desprestigiado. Dos años después, el “Mico” caía abatido en una vendetta entre mafias.

Otro hecho que impresiona es el de la atractiva presentadora de televisión Virginia Vallejo, famosa en los años 70 y 80, que un día cambia su mundo de éxitos para unirse a Pablo Escobar. Muerto el capo, y cuando ella pasaba por serias dificultades económicas, publicó en el año 2007 el libro Amando a Pablo, odiando a Escobar, que se convirtió en Estados Unidos en el best seller número uno en español. La sombra de Pablo la ayudó a enderezar las cifras, pero no la honra.

Natalia París se casó a los 22 años con el narco Andrés David Mejía –alias “Julio Ferro”– y a los pocos años se produjo el asesinato de su esposo. Hoy dice en la revista Bocas que no se arrepiente de ese episodio, pues de dicha relación nació su hija Mariana. Y agrega: “Fue un capítulo en mi vida de niña rebelde y necia (…) Solo me importaba estar con el chico de moda, el guapito”. Desde entonces la persigue el fantasma de aquel suceso sombrío, por más que ella pretenda ignorarlo.

La lista es interminable y no se detiene. ¿Qué queda de todo esto? Un horizonte de ruinas morales y materiales y una Colombia desvertebrada. Falta preguntar en qué sociedad vivimos, cuando resulta tan fácil cambiar las normas de la compostura, del recto proceder y del camino correcto por el dinero fácil y la vida arrebatada, que solo dejan pesares y desgracias.

Bogotá, 23-VI-2013.

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