18 de agosto de 2022
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El tema de las tierras, más allá del populismo

18 de junio de 2013

El viejo cuento de León Tolstoi, escrito entre las postrimerías del siglo XIX y los albores del XX, y titulado en español ‘Cuánta tierra necesita un hombre’, sigue siendo el punto de reflexión de muchos de los políticos que hoy están agitando el necesario debate sobre la tenencia de las tierras productivas en Colombia. La bella historia bucólica narrada por el literato ruso nos deja la moraleja de que “dos metros de tierra, de la cabeza a los pies, era todo lo que necesitaba Pajóm”. La moraleja del cuento es que la avaricia rompe el saco y que abarcar fincas a diestra y siniestra es un error, eso en una época en la que la dignidad y el éxito de los hombres se medían por hectáreas, acres, fanegadas o plazas.

Hoy las cosas han cambiado y la mayoría de la población mundial vive en grandes ciudades, con mayor bienestar y con más condiciones de desarrollo humano. Pero alguien debe producir los alimentos que los pobladores urbanos deben consumir. Cada vez en mayor cantidad la gente come carne, toma leche, bebe café y disfruta de variedades frutales que antes no se conseguían. Detrás de ese gran placer que es departir alrededor de un desayuno, almuerzo o comida hay una gran cantidad de productores que hacen posible que el plato esté lleno.

¿Quién cultiva o cría nuestros alimentos? Aún tenemos en Colombia una aceptable producción nacional que compite con lo importado, una situación que nos permite decir que el país cuenta con una seguridad alimentaria a media tasa. Pero los tratados de libre comercio le han abierto las puertas a muchos alimentos de buena calidad de otros países, al tiempo que hoy es posible que nuestros productores agropecuarios puedan llevar sus cosechas o sus ganados a países que dedican toda su fuerza productiva a la industria, al comercio o a los servicios. Cada vez más los países se especializan y se enfocan a las actividades que mejor saben hacer.

Hacer producir hoy la tierra es una actividad costosa, sofisticada, competitiva y con estándares globales muy exigentes. No vivimos en un mundo de ‘pan coger’, sino en una aldea global tecnificada que puede ser catastrófica para los pequeños productores que nunca se reinventaron. Al consumidor colombiano, como a los de muchos otros países, poco le interesa dónde se produce lo que consumen, lo que más les importa es que sea de calidad y que sean producciones sanas.

Los temas de la producción de alimentos y la tenencia de las tierras fértiles van de la mano, y no deben ser discusiones populistas. Tampoco se puede dictar jurisprudencia sobre cuánta tierra necesita un hombre del siglo XXI. Lo que verdaderamente necesita Colombia es un agro desarrollado y competitivo, y para eso hay que despolitizar el debate.

La República/Editorial