28 de octubre de 2021
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Gabo, bachiller a 1.000 kilómetros de Macondo

5 de mayo de 2013
5 de mayo de 2013

En su libro de largo aliento –que constituye todo un arsenal de información escrita y gráfica de anécdotas, travesuras, amoríos, duelos, festejos, versos, tertulias literarias, discursos, zarzuelas, retretas, bailes, paseos, música selecta, vallenato  y picardías infaltables en la adolescencia estudiantil— el autor recoge en 445 páginas mucha historia de la “Ciudad de la sal”, a donde llegó becado, en 1943, por el gobierno del presidente Alfonso López Pumarejo.

En “Gabo: cuatro años de soledad”, Castro –que con este completa 34 libros publicados– saca a la luz pública muchas facetas desconocidas que descubrió al investigar  de manera exhaustiva,  paciente y minuciosa los cuatro años que vivió en  Zipaquirá el gran fabulador macondiano que jamás se familiarizó con el frío y no olvidó por un solo día su condición de nativo de la Costa Caribe.

A lo largo del libro tanto el autor como los invitados al rescate de esta parte juvenil de la historia garciamarquiana coinciden en sostener que de no haber recalado Gabo en el prestigioso Liceo, habría continuado aferrado a la poesía ‘piedracielista’, al dibujo y a la caricatura (que eran sus tres pasiones de entonces), oficios con los que nunca obtendría el Nobel.  El GGM  suele reconocer que todo lo que aprendió  se lo debe al bachillerato.

Su viraje del verso a la prosa se lo impuso de manera premonitoria, con la mejor intención, su primer mentor  y gran descubridor, el profesor de literatura Carlos Julio Calderón Hermida, de quien afirma el famoso cataqueño que “fue el primero al que se le metió en la cabeza esa vaina de que yo  me dedicara a escribir”.

Con la venia de Castro Caycedo, hacemos a vuelo de pájaro este compendio de aspectos curiosos consignados en la obra sobre el joven García Márquez, que ya va merecidamente para la tercera edición:

Al ingresar al internado, sus compañeros lo apodaron “Peluca” por su frondosa melena… Maldijo siempre el despiadado baño con agua fría a las 6 de la mañana… Tuvo dos novias zipaquireñas: Lolita Porras, quien murió de tifo a los 14 años, y Berenice Martínez, quien lo lloró en la partida, al terminar el bachillerato, en 1946,  y sólo volvió a hablar con su amado por teléfono 60 años después, cuando ella vivía en Pasadena, California y estaba próxima al alzheimer… Le atribuían romance secreto con la intelectual  Cecilia González, “La Manquita”, su tutora, protectora, promotora y mecenas que lo conectó con la flor y nata de la cultura bogotana…  varios profesores influyeron en su abierta simpatía  por el marxismo… Detestaba las matemáticas y la educación  física, pero los profesores le regalaban  esas materias porque entendían que lo que él quería era ser un gran escritor… Se convirtió en fumador crónico en el Liceo… Como el frío le causaba mucha hambre, se colaba a la despensa del internado y regresaba al dormitorio con sus compinches cargado de ‘galguerías’ tomadas a hurtadillas…  Se fue convirtiendo con el paso de los meses en toda una celebridad en el ámbito local y demostró excelentes dotes de orador en discursos que le confiaban los rectores del colegio… El más vibrante lo improvisó el día que culminó la Segunda Guerra Mundial ante una abigarrada multitud que llenó la Plaza Mayor de Zipaquirá… Se leyó completas las bibliotecas del Liceo, las de los rectores y profesores y poco a poco fue mejorando la ortografía, con la ayuda de dos buenos amigos de curso… A su amor por el vallenato, el porro y la cumbia  sumó la música selecta y el repertorio de aires del interior, gracias a la apreciación musical que le enseñó el maestro Guillermo Quevedo… Gabo nació físicamente en Aracataca, pero literariamente en Zipaquirá.       

La apostilla: Pasado el catastrófico 9 de abril de 1948, el día que mataron a Jorge Eliécer Gaitán, García Márquez desertó en el primer año de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional, en Bogotá, porque no le gustaba esa carrera y lo que él quería era dedicarse a escribir y nada  más.