3 de marzo de 2021
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De un pasatiempo a un apostolado para fomentar el español

29 de mayo de 2013

jairo calaCon unas notas que había apuntado en una libreta, ya amarillenta por el paso del tiempo, redacté un primer boletín. Se llamó «Hablemos bien y escribamos mejor». Contenía observaciones sobre varios errores sacados de periódicos, y escuchados en radio y televisión; naturalmente, incluía las correcciones respectivas.

Quien me prestó su computadora también me facilitó 20 direcciones electrónicas de su base de datos; yo no tenía ni una sola, por entonces no era usuario de Internet. Y entre esas direcciones había varias de periodistas colombianos. Recuerdo las de Roberto Posada García-Peña, «D’Artagnan», (q.e.p.d.), Alfredo Molano y Darío Arismendi Posada. ¡Tres duros!, como dicen los muchachos de hoy. No sin el comprensible temor de principiante, envié aquel primer boletín. ¡Era mi autoprueba de fuego!

Mi sorpresa fue mayúscula ─pero grata─ cuando, varios después, al regresar al apartamento del prestador de la computadora, leí en mi cuenta: «Gracias, interesante e ilustrativo. ¿O será que si es ilustrativo también resulta interesante? D’Artagñan». Roberto Posada se refería a mi primer boletín de ensayo. Entonces me dije: si le gustó a él, erudito y columnista muy leído en el país, esto se pone bueno; debo continuar. Con el ánimo que me dio ese estímulo en letras, redacté otro boletín; y luego, otro, y otros, y otros más, muchos, muchos, hasta hoy. Escribía dos a la semana.

Dos meses después, aquel periodista foráneo dejaría salir de su alma algo así como un sentimiento de envidia: «Mérmele a la frecuencia de envíos. Con un boletín cada 15 o 30 días es suficiente. ¿Qué gana usted con esforzarse, si no le pagan ni un peso». Comprendí, no soy bruto. Ya estaba yo incomodando por el uso de su computador. Entonces «trasteé» mi «centro de operaciones» a un café-internet. Allá duraba el tiempo que fuese necesario: redactaba mis boletines y los transmitía a mi propia base de datos; porque ya había conseguido varias decenas de mis propios contactos. Y estos, a su vez, empezaban a escribirme pidiéndome que añadiera las direcciones de conocidos suyos o parientes. La lista crecía de modo insospechado.

Pero un factor exógeno quería interponerse entre mi sana intención y quienes ya eran habituales lectores de mis boletines idiomáticos: escaseaba el dinero para pagar el alquiler de un computador en espacios públicos. Por aquella época yo era un principiante de trabajador independiente, no tenía destrezas para ser autosuficiente en la generación de ingresos. Pero no quería ─como no quise nunca─ renunciar a eso que ya se había convertido en un compromiso autoimpuesto, que ya se me había metido en el cerebro, en el alma y en el corazón; yo no quería que de allí se saliera. ¡Costara lo que costara!

Le conté mi «crisis» a mi amiga Alma ─después entendería por qué la bautizaron con tan espiritual nombre─ y ella, primero, me subvencionó el pago del tiempo en el café-internet por algunas semanas; y después, me facilitó su computador personal, en su apartamento, mientras ella trabajaba en la empresa a la que prestaba sus servicios como economista. ¡Qué delicia, cómo evolucionaban positivamente las cosas!

A la par con esa «goma intelectual» empecé a estudiar motu proprio en libros de gramática y en páginas especializadas de Internet acerca la normativa del español. Porque hasta entonces, pese a haber trabajado en muchos medios periodísticos, yo escribía «mecánicamente». Es decir, sin saber cómo se forman buenas oraciones gramaticales, cómo se llaman las palabras que se usan, qué función sintáctica y lingüística tienen…Cada día hacía un nuevo descubrimiento, y daba un paso hacia adelante. Y a la vez, escribía y escribía (método infaltable para practicar y aferrar en la mente lo estudiado). El compromiso era más serio cada día; no podía ser inferior al rigor de la gramática, ni fallarles a los lectores, que eran cada vez más. (Hoy pasan de 20.000).

Después de dos años (2006) ya me sentía un poco más seguro, pero no dejaba de estudiar. (Hoy todavía sigo escarbando en los libros de gramática, porque los idiomas se renuevan constantemente). Y la gente que me leía empezaba a hacer preguntas, a consultar un asunto y otro; eso fortalecía mi disposición para aceptar el reto de responder lo correcto, de guiar en concordancia con la normativa del idioma, no con mi criterio ni mis antojos; hacerlo así es pedantería, y es actuar como un satélite perdido de su órbita.

Algunos colegas periodistas de Bucaramanga, mi ciudad natal y cuna de buena parte de mi historial periodístico, empezaron, ingenuamente, a sorprenderse. Muchos se preguntaban que de dónde acá y con qué conocimiento yo ahora enseñaba el buen uso del español. Nadie calma su sed si no busca una fuente para beber. Eso no lo contemplaban ellos, ni siquiera como una posibilidad. No lo hacen todavía.

Aparecieron las conferencias
Un día de tantos, desde otras ciudades empezaron a contactarme por correo electrónico para que dictara conferencias sobre esa inquietud. Era otro reto. Acepté esa otra faceta, tampoco programada en mi mente, pero agregada al proceso que había comenzado como un pasatiempo: apuntar en una libreta de notas los errores que atrapaba.

Aprendía más en cada taller de capacitación que dirigía. Ese es un fenómeno interesante que uno capta cuando se deja absorber por una causa que se justifica ejecutar. Varias veces, en esos contactos presenciales con la gente interesada en escribir y hablar bien, me han preguntado: ¿No siente miedo o inseguridad al abordar un tema tan complejo como el del idioma?  Yo respondo que si hubiese permitido que la pereza y el desinterés me avasallaran desde el principio, yo jamás hubiera comenzado este plan, que ya ha llegado a nueve años ininterrumpidos de vigencia. Nadie puede emprender alguna causa positiva si se acompaña de la pereza, y si no tiene un norte guiado por una vocación. Lo que hoy llevo acumulado es un plan pedagógico que contiene una enorme dosis de dedicación en tiempo, disciplina, investigación, amor por las letras y por el prójimo y ganas de compartir con otros lo que hasta ahora sé.

Y cuando me preguntan que si lo que hago me da para sostener mi vida y la de mis seres queridos, me sonrío interiormente; y me acuerdo de aquel periodista que me decía que para qué redactaba boletines idiomáticos que no me producirían dinero. Se equivocaba, porque mi campaña educativa es benéfica para esas 20.000 personas que reciben mis boletines actualmente; que quieren aprender y superar dificultades de comunicación. Y lo es también para mí, porque he aprendido lo inimaginable a partir de los errores que corrijo. Obviamente, las capacitaciones que imparto no son gratuitas. Alguna vez dije que es estupendo ¡poder ganar el pan de cada día con el fulgor de las letras! Sé que otros lo ganan más fácilmente, pero sin menos decoro; y unos más, caminando sobre el lomo del Código Penal.

Como mis boletines sobre el español se basan en errores que encuentro en los medios periodísticos, también se me pregunta no sin mucha frecuencia que si yo adelanto una campaña contra mis colegas. ¡Sonrío, otra vez, en mis adentros! Porque no hay un ápice de realidad en esa sospecha. Mis correcciones incluyen a funcionarios, periodistas, locutores, presentadores, políticos, amas de casa, secretarias, publicistas, conductores, vendedores de cualquier cosa, estudiantes… ¡Hasta al presidente de Colombia y sus ministros! Es decir, a todo aquel que pudiendo conocer, escribir y hablar bien el español no lo hace. Entonces, no es una campaña contra nadie, es una campaña por el buen uso del idioma oficial de Colombia; eso es bien distinto. Lo que pasa es que la mayoría de mis notas se refieren a los errores que encuentro en los medios periodísticos ─donde no debería haber errores─ porque el idioma es la piedra angular del comunicador. Y si él no conoce su herramienta de trabajo, pues no podrá ponderárselo como solvente en la comunicación. Elemental. Es como si un médico no conoce los principios de su ciencia, por ejemplo.

Como todos los días hay quienes hablan y escriben mal, en mis boletines abogo por que se conozca la normativa del idioma, para usarlo bien. No ataco a nadie, no tengo razones para hacerlo. Solo me centro en cómo escribir y hablar bien; lo personal es tan lejano a mi campaña que no está en mi plan de fomento del español. Me parece ruin y propio de gente mísera atacar a las demás personas porque se equivoquen. Un asunto es corregir con diplomacia, otro es volver «cadáver» a un ser que pudiese equivocarse, como cualquier humano está expuesto a hacerlo, yo incluido.
Me tengo que saltar varias etapas para no fatigar. Debo sí anotar que otro peldaño es el «Club de Amigos del Español». Una idea que nació el 08 de enero del 2013, y va en ascenso. No son muchos los que han aceptado la invitación para vincularse, pero ya quisiera yo que quienes la aceptaron pudieran contarles a los demás ¡de lo que se están perdiendo!
Bueno, pero hasta aquí, usted, caro lector, se estará preguntando internamente: ¿A dónde quiere llegar este señor con esa tarea que hace? ¿Cuánto tiempo más durará en ella? Así como nunca sospeché que esta campaña crecería hasta lo que es hoy, tampoco tengo idea de hasta dónde llegará. Lo que sí sé es que durará hasta cuando Dios me dé permiso para que me palpite el corazón. Con que él funcione, lo demás es aledaño.
Tengo proyectos y sueños. Por ejemplo: que aparezca alguna editorial que quiera imprimir mi material idiomático de producción personal, que es abundante.  
No quiero dejar por fuera de estos apuntes a los jóvenes contemporáneos. Alguna vez en Yopal, y otra en Arauca, encontré chicos de bachillerato a quienes no les habían hablado del idioma sin que ellos se sintieran «obligados» a sacar una nota como buenos estudiantes. Hoy algunos de ellos me escriben porque, según dicen, se sintieron «tocados» por la importancia que tiene el español en sus vidas.

Fungir de consejero es bueno cuando hay receptores atentos. Entonces para quienes quieran leer, que lean; conozcan más este bello idioma, con seguridad terminarán amándolo porque facilita la apertura de muchas puertas, detrás de las cuales está el éxito que añoran. Todos los seres humanos nos comunicamos todos los días, así no tengamos como fin único hacerlo, pero hablamos; y aunque muchos no lo hagan con frecuencia, en alguna ocasión necesitarán escribir algo. ¿Cómo lo harán si no conocen bien su propio idioma? Su autoestima se reflejará ahí, en las letras; porque ellas los «desnudarán» ante los demás.

No solamente deberían aprender a escribir bien los periodistas, locutores, presentadores y similares. Todo ciudadano que haya nacido en un país de habla hispana debería hacerlo; si quiere, porque nadie está obligado. Cargarán con las críticas implacables de los demás aquellos que no quieran mejorar en ese campo. No les pasará nada más, para que estén tranquilos.

A los estudiantes de periodismo: que estudien gramática elemental. Sin ella, será imposible que puedan redactar bien una noticia. Las palabras son la herramienta primaria de los periodistas, por eso hay que conocerlas a fondo. Quedarse solo con lo que está en la superficie es escoger el camino de la mediocridad. De eso ya estamos saciados en Colombia.

Me resta agradecer a Dios, mi tutor infalible; a mis lectores fieles y a quienes se convirtieron en benefactores de mi causa. Nueve años lidiando plácidamente con mis «amantes» públicas, las letras, son apenas un mordisco a un pedacito de «torta emocional».