26 de octubre de 2021
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Coletazos del atentado en Boston

6 de mayo de 2013
6 de mayo de 2013

albeiro valencia llano En esta ocasión  los autores escogieron un importante evento para producir mayor terror: la emblemática Maratón de Boston, con presencia de la prensa, internacional lo que garantizó  el cubrimiento de la televisión mundial, de todos los medios y de las redes sociales. Aunque solo murieron tres personas y hubo un poco más de 180 heridos, el miedo se apoderó de todo el país. Inmediatamente el presidente Obama se puso al frente de la gravísima situación y envió un mensaje a su pueblo y a los autores: “Los encontraremos y los llevaremos ante la justicia”.

Lo de Boston produjo una gigantesca nube de paranoia y no era para menos. Hubo dos explosiones con un intervalo de 10 segundos e inmediatamente se desencadenó el pánico: las decenas de heridos y la posibilidad de nuevos bombazos desataron el miedo; las autoridades quedaron consternadas y la policía confirmó otra explosión en la Biblioteca John F. Kennedy. En este punto se pensaba en un atentado terrorista, pues desde el 11 de septiembre de 2001 no se había presentado un golpe tan impactante en Estados Unidos. Pero llegaron nuevos sustos. Las autoridades informaron que un sobre que contenía ricina, una sustancia tóxica, había sido enviado al despacho de la Casa Blanca; otro sobre, con la misma sustancia, fue remitido a Washington al senador republicano Roger Wicker. Después llegó la pavorosa explosión de una planta de fertilizantes, en Texas, donde murieron 12 personas y hubo 200 heridos; de este modo el terror aumentaba.

Tan pronto se produjeron las explosiones de Boston, el miedo se apoderó de Nueva York, Washington y San Francisco. En Nueva York y otras ciudades se protegieron los edificios emblemáticos: fue desalojado el aeropuerto La Guardia, por el hallazgo de un paquete sospechoso, que resultó ser una bolsa con basura, y el Capitolio también fue desocupado después del susto que produjeron los sobres con veneno.  

El papel de las redes sociales

Cuando la policía identificó a los hermanos Dzhokhar y Tamerlan Tzarnaev, como los principales sospechosos, se inició una gigantesca cacería. Minutos después del atentado el FBI solicitó, por medio virtuales, cualquier pista que pudiera servir para la investigación. La policía ofreció una recompensa de 50 mil dólares y publicaron fotos de la escena del crimen. Y ocurrió un fenómeno que nunca antes se había presentado: millones de internautas se convirtieron en investigadores y empezó la cacería de brujas online. No se escapó nada; el FBI recibió un millón de fotos y mil horas de videos, lo que permitió identificar y acusar a los hermanos Tzarnaev.

En conclusión la estrategia de acudir a las redes sociales fue positiva, pero dejó varias inquietudes en lo que tiene que ver con la privacidad: todo se justifica en la lucha contra el crimen y la delincuencia, pues se multiplican las cámaras de seguridad, los drones policíacos, los celulares inteligentes y los vigilantes voluntarios en internet.

La reforma migratoria y los atentados en Boston

El FBI y la CIA ya conocían el nombre de Tamerlan Tzarnaev desde 2011 y, además, estaba en la lista del Centro Nacional Antiterrorista de Estados Unidos, junto con otras 700 mil personas; por esto el Congreso se pregunta si hubieran podido prevenir las bombas.

La nacionalidad de los jóvenes, quienes llegaron hace dos años a los Estados Unidos, puede afectar la aprobación del nuevo régimen para los inmigrantes. Recordemos que la reforma migratoria fue la principal bandera de  Obama para su reelección; el Presidente logró que cuatro senadores demócratas y cuatro republicanos, diseñaran una propuesta para que una persona sin documentos y sin antecedentes penales, pueda pedir un permiso de inmigrante temporal, si paga una multa y los impuestos atrasados. Pero los que se oponen a la reforma están utilizando los atentados para frenarla; sobre el tema se pronunció el senador republicano Mith McConell, quien advirtió que los estadounidenses han bajado la guardia contra el terrorismo y “ahora nos recuerdan que persisten las amenazas sobre nuestra vida. Y de nuevo nos comprometemos con la lucha antiterrorista en este país y en el exterior”.

Los 11 millones de inmigrantes ilegales en Estados Unidos deberán seguir esperando, porque varios legisladores rechazaron el plan de regularización de indocumentados pues los dos sospechosos de las bombas en Boston llegaron como refugiados.

Enemigos por todas partes

Frente a la amenaza del terrorismo, y ante la inseguridad, los estadounidenses desean vivir armados; por eso en el 40% de los hogares existe una dotación de pistolas, escopetas, rifles y suficiente munición. Y por esta misma razón mueren cada año 30 mil personas, víctimas de las armas de fuego. Sin embargo estas medidas no garantizan la seguridad de las personas, porque los terroristas no necesitan armas sofisticadas; las bombas de Boston fueron fabricadas de una manera artesanal: una olla a presión rellena de explosivos, clavos, metralla y un circuito, alimentado con una batería.

Inventando enemigos

Como consecuencia de los ataques de Al-Qaeda contra los Estados Unidos, el 11 de septiembre, el presidente George W. Bush desató una guerra demencial contra el terrorismo, que se veía como una agresión contra los países árabes. Pero Obama planteó otra estrategia, se reconcilió con el Islam y logró que sus Fuerzas Armadas asesinaran a Bin Laden, en una operación de película. Cuando los gobiernos se sienten amenazados por el terrorismo responden con mucha violencia y desarrollan las viejas estrategias de liquidar al enemigo, cueste lo que cueste; esto produce odios y crea nuevos contrincantes.

A raíz de lo anterior Estados Unidos se convirtió en una poderosa nación que vive bajo muchas presiones y amenazas, y los ciudadanos sufren el miedo cotidiano: terrorismo interno y externo, acciones violentas de “lobos solitarios” y la violencia doméstica. Cuando la primera potencia se transformó en “gendarme del mundo” se despertó, en casi todos los países, un sentimiento antiestadounidense, que afecta a sus ciudadanos; a toda hora se respira el pánico. Es una consecuencia lógica cuando el Estado está controlado por los halcones de la guerra, por la industria militar y por una élite política que constantemente crea nuevos conflictos y se gana enemigos pequeños, aparentemente insignificantes, pero que resultan poderosos.