25 de octubre de 2021
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Un mefistofélico intemporal

10 de abril de 2013
10 de abril de 2013

cesar montoyaNada heredó. Tal vez de su padre un martillo, quizás la viruta de unas tablas, es posible que unas puntillas. La música que en su niñez entró a sus oídos tuvo que ver con el monótono chirriar de los serruchos y el sordo estrépito de los clavos cuando golpean la seca pulpa de la madera.

Sin embargo, era alegre. Su peculiar cinismo le daba licencia para los tuteos, igualándose con el florete de su inteligencia con los que se creían poseedores de unos coturnos privilegiados. Era inaguantable el brillo de su mente. Rápida su palabra, veloz en la construcción de metáforas, procaz para herir con adjetivos.

Vestía trajes negros desteñidos por la devastación del tiempo. Pese a ello, se daba tonos de dandy. La cabeza alta, el pie firme, la palabra hiriente. Se desquitaba de sus congéneres con tono burlesco, demostrando que era superior al medio. Pernoctó en cuchitriles, generalmente acompañado de mancebos. Sus buhardillas eran estrechas, dotadas de cobijas ajadas, siempre en los extramuros. Allí, con vecinos criminales o prostitutas borrachas, se mezclaba con la plebe de la sociedad.

Supo escribir. Sacó espacio para los devaneos de su espíritu, abriéndole portillos a la lujuria de su imaginación. Gran poeta. Dueño de un numen travieso, se refugió en las rimas que cultivó en sus ocios de sinvergüenza.

No hay publicación que tenga que ver con los mejores vates de Colombia que no incluya algunas de sus producciones. La crítica lo ha calificado como uno de los grandes líricos del país.

Acaba de traerme de Chile, mi nieta, un libro maravilloso que contiene la obra completa de Gabriela Mistral. Fue publicada por la Real Academia Española. En 754 páginas el lector nada en un océano de insuperable esplendor. Leyendo a la Mistral, he pensado en Javier Arias Ramírez. Caldas debe sacar pecho con este rapsoda con silla de oro en el Olimpo de la intemporalidad. Sus odas están publicadas en pequeños cuadernillos que él ponía en venta para poder yantar. Si rápidamente no se recogen sus fascinantes composiciones, quedarán dispersas y olvidadas. José Miguel Alzate hizo un ensayo magnífico sobre el gárrulo «Cucharas». No hay otro con más autoridad para que se eche a espaldas esta labor de elemental justicia con un personaje que intelectualmente tiene derecho a un nicho propio en la historia de la poesía colombiana.

Es doloroso comprobar que lo de Arias Ramírez es similar a lo que ocurre con otros clarividentes de postín. Trate usted de conseguir un libro de Bernardo Arias Trujillo o de Silvio Villegas. Empeño inútil. Cuántas veces he rastreado librerías que acumulan libros de autores olvidados, con resultados negativos. Hay dinero para promocionar reinas de belleza veredales, semanas cívicas, puentes colgantes, acueductos, alcantarillados, piscinas, etc y etc. ¿Cómo el gobierno no destina una partida para que se recopile lo que el estro de nuestros grandes valores intelectuales dieron a luz, dejando estela en los fastos del país?

Dentro de cien años, dentro de quinientos, se hablará de Silvio Villegas, Bernardo Arias Trujillo y Javier Arias Ramírez. ¡De nosotros, nadie!