25 de octubre de 2021
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Harold el memorioso

14 de abril de 2013

 

alpher rojasAunque las lenguas de sus pocos detractores han pretendido hacerle mal adscribiéndolo falsamente a las barras de proscritos y marginados, la ciudadanía lo conoce como un hombre de bien.  Harold es un hombre honorable, que ha logrado ser  reconocido no sólo por su capacidad para entablar diálogos con gente formada en la educación superior y por vivir pulcramente trajeado, sino por el despliegue de una coherente y  amena comunicación, casi siempre salpicada de apuntes históricos, de retratos de la realidad abyecta de la política y de contenidos épicos de la literatura que recoge en las discusiones culturales entre escritores y académicos o en las audiencias públicas en las que memoriza la terminología técnica del derecho penal y procedimental. Sin embargo, son los asuntos relacionados con la política y la vida pública sus principales  preocupaciones. Es un tenaz propagandista de las luchas democráticas.

Una agudeza de juicio nada ordinaria lo ha llevado a compartir de tú a tú con figuras de la política y la intelectualidad regional y, por conducto de éstas, a tomar contacto con personalidades de prestigio nacional, siempre admiradas por el ingenio y la agilidad mental del flaquísimo interlocutor. Harold tiene la virtud de conferirle un poder perturbador a las cosas comunes y corrientes que plantea. “Es un loco serio”, “es un sociólogo natural”, “una caña que piensa”, dicen sus contertulios ilustrados. “No soy tan loco ni tan menguado como debo haberles parecido”, responde Harold copiando al Quijote, de cuya silueta y gracia parece clonado.

Cuando Harold hace su entrada al Destapao, desde distintas mesas los parroquianos lo invitan a tomar café para gozar de su fluida narrativa oral sobre los acontecimientos del día, el anecdotario local o la picaresca regional. Con frecuencia, gente que no lo conoce se pregunta al verlo con su barba poblada, ya un tanto encalada, rodeado de ciudadanos que manifiestan  asombro o alegría por sus apuntes coloquiales, si se trata de un pintor o de un poeta. En su privilegiada memoria guarda la fecha de los principales aniversarios y las de nacimiento de amigos y relacionados, a quienes llama sin falta el día de sus cumpleaños. Tiene grabadas en sus recuerdos las fechas de los decesos de personajes de sus afectos desde hace más de un siglo, y recita versos populares y letras de tangos ya casi olvidados. Hijo de la violencia de los años 50, es un escéptico crítico y un agnóstico invencible.

Nacido un domingo 1 de abril de 1956 –mirada burlona en unos ojos de lince– es un atormentado místico del partido liberal, por cuyas ideas ha padecido aflicciones, golpes y desprecios. Y en cuyo honor un día renunció –bajo un delirium tremens, casi terminal–  a una dipsomanía que empezaba a roerle las vísceras y a empañar su cordura. En uno de esos episodios de prolongadas libaciones enfrentó con la sola fuerza de la argumentación  –extraída de las oraciones de Jorge Eliécer Gaitán–, a un escuadrón motorizado de la policía (¿Acaso una forma consciente de suicidio?) cuyos agentes estuvieron a punto de abrir fuego sobre el escuálido orador, de no ser por la mediación del arquitecto Alberto Jaramillo Botero, quien se puso en medio de los dos fuegos.

“Acabo de regresar de la muerte”, dijo al día siguiente bajo el efecto convulsivo del “guayabo”, y en lugar de achicopalarse justificó enérgicamente el percance, como si hubiese leído a Coetzee: Mi dolor no tiene importancia, es una anécdota minúscula e intransferible diluida en el océano de la miseria humana. En otra ocasión, al darse cuenta de una tentativa criminal contra un ciudadano, recurrió al apoyo de sus amigos para viajar a la finca de la víctima y advertirlo del nefasto propósito, el hacendado sólo le reconoció a Harold el pasaje de regreso, pero éste se sintió muy satisfecho por haber salvado una vida. Como esta tiene decenas de historias con las que logra cautivar a sus paisanos y por las que algunos escritores proyectan hacer un by pass entre esa vida sencilla y genuina y la reinvención literaria del personaje.

Hijo de un buhonero liberal de La Tebaida “pobre por honrado” y de una madre de personalidad de roble que “aún me regaña y me da fuete”, Harold tuvo una niñez que apenas le alcanzó para las primeras letras, tanto las del alfabeto, como las muchas de cambio que a lo largo de su medio siglo de vida se ha visto obligado a suscribir, siempre en calidad de deudor y por mínimas cuantías, por “cosas de comer”. Sin embargo, con ese mínimo bagaje ha alcanzado importantes niveles de comprensión y discernimiento de los asuntos públicos y de la intrincada política nacional, en ocasiones superior a la sabiduría convencional de  los pequeños burgueses locales que siempre están en proceso de adaptación. La gente advierte que a través de Harold habla el inconsciente de la ciudad.

Para solaz de sus amigos y contertulios Harold tiene  intacta su prodigiosa capacidad para recordar fechas y acontecimientos remotos y recientes, “las memorias más antiguas y las más triviales”, como Funes el memorioso, el personaje de Jorge Luís Borges. Las frases célebres y el relato de hechos históricos conviven en su narrativa provincial con la fidelidad que demandan las justas recordaciones, junto con la oportunidad y pertinencia, como elementos que están presentes en sus elocuentes referencias del diálogo cotidiano. Es un coleccionista de la efímera realidad, un atrapador de desaprovechadas hipérboles, que le confiere valor agregado a sus recuerdos y florescencia a las historias olvidadas. Perviven en sus circunvoluciones cerebrales rastros nostálgicos de amores fugaces, pero también las gloriosas (aunque nimias) batallas de la política local.

Sin embargo, su principal batalla fue la que libró contra su temprana adicción a la bebida (una suerte de exilio para el desamor), que venció de una, sin vacilaciones. Aquel día dijo con determinación: “¡Nunca más ni una gota de licor!”  Y, como Ulises, apretó los dientes y se amarró al palo mayor de su conciencia hasta doblegar el “síndrome de abstinencia”, y nunca más cayó en el cenagal de la embriaguez. “De pronto, todo se volvió claro para mi”.

Harold es una esponja que absorbe y digiere con codicia autodidacta lo más selecto de todo cuanto se dice y pasa a su alrededor. Y entre el bullicio etéreo del cafetín o en la concurrida plaza gira su cabeza hasta encontrar al hablante ilustrado para apropiarse el verso bien logrado, la frase aguda, la reflexión brillante o el perspicaz apunte del momento para enriquecer su enciclopédica colección de curiosidades históricas. Es un miembro connotado de la dinastía cultural de los clochard universales con mil leguas de viaje citadino, en cabotaje diario tras las rupias fraternas con que atiende las demandas de su congruo yantar. Mensajero de amantes distanciados, puente entre amigos enfrentados en la mala noche bohemia y alto comisionado de menesteres superfluos, en su itinerario de caminante impenitente va aguijoneado por las ansiedades de sus pares y no cede en su empeño hasta coronar “un auxilio de marcha”.

Esa extraordinaria facultad de reproducir fragmentos del tiempo pretérito, esa capacidad reconstructiva de las cosas idas le ganó para la leyenda de esta sufrida parcela la reputación de archivo viviente, acreditado rasgo de su personalidad celebrado por las mayorías buenas. Pero, también, le hizo acreedor al de aventurado evocador de remembranzas comprometedoras para estrechos círculos perversos, que por otros medios han logrado el parcial ocultamiento de sus fechorías. Su actitud es la de un luchador contra la peste del olvido. “Si Harold fuera juez, no habría impunidad en el Quindío”, ha dicho una sobrina a quien  con esos recursos dialécticos siempre escuchados y admirados en los recintos populares, le ha costeado su carrera universitaria.

Quien provoca a Harold en una discusión se arriesga al despliegue de sus recursos memorísticos  y a los demoledores proyectiles de su ironía. Esos dardos a los que acude como recursivo expediente de liquidación simbólica del adversario, están casi siempre  asociados al lenguaje corrosivo de los grandes panfletarios de la historia, nada de insultos. Una voz lanzada al viento en su contra desata una constelación de palabras de la que hay que guarecerse como de una súbita borrasca, así como una reflexión sabia produce en él una cascada de referencias inteligentes y entusiastas respuestas.

En este microcosmos de pragmatismo utilitarista su virtud más reconocida es la solidaridad de clase y de amistad, El dinero le quema el bolsillo, su “flaca bolsa de irónica aritmética” está siempre abierta a suplir apremios y  sanar heridas. Es el puente entre los que tienen y los necesitados, ambos le guardan afecto o temor. Su aspecto exterior revela la serenidad de un lago que lleva corrientes agitadas que circulan bajo la superficie. Su fragilidad corporal es inversamente proporcional a su inmensa capacidad de desahogo. “Ahí donde no te quieran hazte temer”, repite en los sitios del poder. Porque el poder de Harold es su capacidad de subsistir a punta de lo que recuerda. Ese es su principal atributo de hombre bueno y noble.