25 de octubre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Hablar por hablar

21 de abril de 2013

alvaro marinSin duda alguna, la más extraordinaria revolución tecnológica de los últimos tiempos se encuentra en el campo de las comunicaciones. Sus fantásticos avances parecen formar parte de un libreto de ciencia ficción, para expresarlo en el tono de quienes superamos el sexto piso de la travesía vital. Para decirlo, también en lenguaje figurado, este asombroso desarrollo se produce con la velocidad del rayo, merced, tanto a su innovación vertiginosa como a la competencia desaforada tras la preferencia multitudinaria de usuarios ávidos de novelerías electrónicas.

No obstante, aquí viene la gran paradoja: pese a ese prodigio informático que nos transforma en contertulios simultáneos de la aldea global, nos encontramos en la época de mayor aislamiento familiar e interpersonal. Estamos incomunicados con los más próximos, prisioneros del más desaforado individualismo.

Además, suele ocurrir con muchos artificios de la modernidad que, mientras más comodidades brindan, menos esfuerzo mental y físico exigen, y esto conduce inexorablemente a la pobreza creativa, a la aridez conceptual, al analfabetismo funcional, que debería llamarse molicie o sedentarismo virtual. Así las cosas, asistimos a un sainete protagonizado por el automatismo en el que el discernimiento es una flor exótica en medio del desierto de las banalidades y la mediocridad. De idéntica forma, esa robotización aniquila las habilidades manuales, porque han sido sustituidas por una audaz mecánica digital, un ejercicio inconsciente, capaz de sustraer de la realidad a quienes caen en la telaraña alienante de las redes sociales o bajo el poder hipnótico de la pantalla.

Naturalmente, para que se produzca el nuevo parto de este mundo deshumanizado han sido indispensables determinados ingredientes, entre los cuales priman la degradación de los valores esenciales de la familia y de la sociedad, la chabacanería y la ordinariez –impronta y patente de la aceptación social– y la ligereza en los juicios que se emiten irresponsablemente de manera verbal o mediante trinos o tuits, lo mismo que a través de foros de la multiplicidad de publica-ciones ‘on line’, en las que se tejen intrincadas cadenas de odios y resentimientos. Ya lo había advertido Martin Luther King cuando aseveró que la violencia de las palabras puede ser peor que la violencia física.

En resumen, al paso que vamos, terminaremos instaurando como consigna tutelar de la civilización actual, el lema, ‘hablar por hablar’. Su aplicación puede hacerse independientemente de las diferencias de sexo, raza o color, edad, religión, ocupación u oficio, estado civil, posición social o instrumento de comunicación.

Bajo este régimen signado por el blablablá –en sus múltiples modalidades y expresiones– hemos llegado al ocaso de la conversación inteligente y del diálogo constructivo, circunstancia que hace posible refrendar un principio elemental, según el cual quienes más hablan son los que, generalmente, menos dicen, sentencia que parece hecha a la medida de un presidente de congreso colombiano y de otros deslumbrantes parlanchines criollos. De allí que cobre vigencia la aguda observación de sir Francis Bacon cuando afirma que “No hay cosa que haga más daño a una nación como el que la gente astuta sea considerada inteligente”.

La novedosa liturgia de las palabras huecas y de la cháchara intrascendente parece rendirle pleitesía al músculo más poderoso y peligroso que tiene el ser humano: la lengua. (Claro está, que “echar lengua es mejor que echar bala”, ha dicho un discreto y pacífico ex presidente de Colombia). Actualmente, esa capacidad destructiva del verbo ha sido multiplicada por el uso y abuso de algunos mecanismos electrónicos que resultan eficazmente explosivos para generar inestabilidad y desconcierto en la opinión pública, no importa que haya que recurrir a las falacias, las delaciones, las calumnias o al sabotaje ideológico.

La adicción a la fama y a la figuración mediática tienen un insuperable aliado en los mencionados artilugios informáticos, ya que el caudillismo moderno consiste en amontonar seguidores a toda costa y a cualquier precio, porque el éxito reside en darle rienda suelta a la capacidad compulsiva de chatear por chatear, o de hablar por hablar, que, en el fondo, viene siendo lo mismo. Palabras más, palabras menos, éste es el nuevo idioma.