24 de mayo de 2022
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Los cafeteros y la fuerza del desespero

25 de marzo de 2013
25 de marzo de 2013

albeiro valencia llano Ante la gravísima situación los cafeteros crearon el Movimiento Nacional por la Defensa y la Dignidad Cafetera y presentaron al Gobierno un pliego de peticiones; en este ambiente hicieron plantones y reuniones en varios departamentos y en el mes de agosto realizaron la gran marcha que congregó a 30 mil productores en todo el país, en la Plaza de Bolívar de la ciudad de Manizales. Y aunque participaron 10 congresistas de todos los sectores políticos y le enviaron al presidente Santos sus demandas, el Gobierno no quiso entender lo que estaba pasando.

Como resultado el lunes 25 de febrero se inició la mayor protesta cafetera del país. Nunca antes en la historia se habían producido semejantes marchas de los caficultores, en tantos municipios, departamentos y con esa cantidad de campesinos bloqueando carreteras (cerca de cien mil). La causa es sencilla: 560 mil familias de caficultores están produciendo café a pérdida; el año pasado una carga de café se vendía por 900 mil pesos y hoy está costando 500 mil. Como consecuencia hay familias aguantando hambre, están asfixiadas por las deudas, el gobierno no es capaz de controlar el precio de los agroquímicos y las importaciones de café contribuyen a deprimir el precio. Y la revaluación del peso, producida por la locomotora minera, está arrastrando no sólo a los cafeteros sino a otros sectores de la economía, como a la industria.

En 1993 nuestro país producía 17 millones de sacos de café y el año pasado solo se produjeron 7,6 millones; mientras tanto Brasil pasó de 23 millones a 55 y Vietnam, de un millón a 22  Sin embargo todos recordamos el papel de los caficultores y del café en la construcción de esta nación.
La reforma agraria de los campesinos.

Debido a la crisis económica que vivía la región de Antioquia, hacia 1780, numerosos grupos de campesinos pobrísimos emigraron hacia las tierras del sur, consideradas baldíos del Estado. Con grandes sacrificios y con el ahorro de muchos años compraron herramientas de trabajo (hachas, machetes, güinches, azadones y calabozos), una muda de ropa, y aprovisionados con semillas y colinos de plantas se internaron en las espesas selvas. En medio de enormes dificultades cada familia seleccionaba el lote a colonizar, buscando que tuviera agua, madera, frutas y animales comestibles. Después armaban un rancho de “vara en tierra” o de “palo parao”, con guadua o arboloco, limpiaban el lote de bejucos y malezas  y a continuación tumbaban los grandes árboles madrinos. El posterior paso era preparar el terreno que comprendía las siguientes etapas: la roza, o cultivo de maíz y fríjol; la sementera, (yuca, plátano y caña de azúcar); la huerta, donde sembraban plantas medicinales, de aliño, y unos cuantos granos de café. Al mismo tiempo organizaban el gallinero, el rancho y las cercas.

Estos campesinos que se atrevieron a colonizar la selva permanecieron aislados durante años, padeciendo los rigores del clima, las enfermedades y la soledad, y producían artículos de subsistencia, sin posibilidad de ir a los mercados. Pasaron los años y en la medida en que llegaban nuevas oleadas  de familias que se enfrentaban a la selva, fueron organizando fondas o sitios de mercadeo que se unían a las fincas por medio de una telaraña de caminos. Luego, ante la necesidad de la vida social, fundaron aldeas con iglesia, plaza de mercado y unos cuantos ranchos; estas colonias se unían entre sí por medio de caminos de herradura frecuentados por arrieros. En este punto aparecía el Estado que nombraba corregidores, alcaldes y primeras autoridades, para legalizar los títulos de propiedad. Pero lo más importante es que los campesinos sin tierra impulsaron una reforma agraria que se extendió durante todo el siglo XIX.
La economía cafetera.

Los campesinos que emigraban con el ánimo de colonizar tierras para organizar sus finquitas se aprovisionaban no sólo de semilla de maíz y fríjol sino también de café. Estos granos tostados y molidos en el hogar hacían parte de la dieta diaria, para los tragos, antes del desayuno, o para “asentar” las comidas. Pero los mercados de Londres y Nueva York se fueron interesando en el café. En 1870 las exportaciones sobrepasaron los 100 mil sacos de sesenta kilos al año y cuatro años después la cifra se levó a 172 mil sacos. En este ambiente, los campesinos aumentaron la producción de café pero sin abandonar los otros productos, de modo que hacia 1900 una finquita cafetera de ocho hectáreas tenía cultivos de maíz, fríjol, yuca, plátano, arracacha, caña de azúcar y productos de la huerta; no faltaban el gallinero ni los cerdos, tenían una vaca, la mula de carga y el caballo galopero para ir al pueblo. Para esta época los campesinos tenían depulpadoras y sacaban café para un mercado en ascenso.

Hacia 1900 se había salvado la economía cafetera, porque el campesino era dueño de la parcela y trabajaba con su familia; además la finca era muy funcional, autosuficiente y autárquica. Este es un fenómeno que se observaba en todas las regiones cafeteras (Antioquia, Antiguo Caldas, Tolima, Huila y Norte del Valle del Cauca), pero especialmente en las zonas donde los campesinos pobres hicieron una reforma agraria colonizando la selva; estamos hablando de la única reforma agraria  hecha en Colombia. La consecuencia de todo esto fue la construcción de caminos de herradura para unir las fincas con los pueblos y a éstos con las ciudades donde estaban las trilladoras de café. Se organizaron carreteras, ferrocarriles, cables aéreos y la navegación a vapor por los ríos Cauca y Magdalena; se creó mercado interno, mercado nacional y se unió la inmensa región con el país y con el mundo. Había surgido la cultura del café ¡Pero parece que estamos olvidando la historia!

La tragedia de los cafeteros

Desde 1950 los campesinos empezaron a recibir una serie de golpes: la violencia en Colombia (1946-1970) se utilizó para expulsar a los pequeños y medianos productores de sus parcelas; para esta misma época los genios de la Federación de Cafeteros fueron imponiendo el modelo agrícola de revolución verde, vía transferencia tecnológica. Así, en los años 70 la “caturrización” llevó a que los campesinos sembraran café hasta en las materas, y el monocultivo acabó con la finca autosuficiente Pero uno de los golpes más contundentes fue la ruptura del Acuerdo Mundial del Café (1989), que mantenía unos precios estables y garantizaba los ingresos a los caficultores.

Hoy el gobierno se la está jugando con la locomotora minera, con la inversión extranjera y con las divisas que genera la explotación del petróleo, carbón y oro, y los artículos industriales y agrícolas se obtienen baratos en el exterior. Como resultado llegó la revaluación del peso, para que siga cayendo el dinero que el caficultor recibe por su cosecha. Y a todo esto se le suma que el gobierno autorizó la importación de cafés de mala calidad de Vietnam, Perú y Ecuador, para fabricar cafés solubles que van reemplazando el de mejor calidad de nuestros campesinos, porque “sale más caro”.

¿Qué pedían los caficultores? Que el Gobierno tomara medidas sobre las deudas y  los insumos, que controlara las importaciones y el contrabando del grano y que aprobara un alza importante del precio interno.

Consecuencias del paro

Después de 11 días se logró un subsidio de 145 mil pesos por carga, en el momento de la venta; pero se necesita una nueva política cafetera. Quedó claro el fracaso de la Federación Nacional de Cafeteros, pues su gerente, Luis Genaro Muñoz, parecía un delegado del Gobierno y no un dirigente del sector; además los funcionarios de la Federación no entienden lo que pasa en el mundo del café. Por último el Gobierno se apuntaló en el sector minero, y la abundancia de divisas revalúa el peso con las nefastas consecuencias: golpe a la industria, a la agricultura y al empleo.