17 de mayo de 2022
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La industria colombiana, de capa caída

15 de marzo de 2013
15 de marzo de 2013

albeiro valencia llano El gobierno de César Gaviria, con mucho entusiasmo, redujo los aranceles y eliminó restricciones a las importaciones para “impulsar el comercio internacional, el crecimiento y el empleo”; estaba insertando el país en la globalización. Se trataba de producir unos artículos a bajo costo para la exportación, comprar lo que no podemos fabricar y firmar el TLC con Estados Unidos y con otras naciones. En estos momentos sufrimos las consecuencias: daños en la industria, en el  sector agropecuario y alto desempleo; el Gobierno firma tratados de libre comercio con todo el mundo y ahora está luchando por morigerar las nefastas consecuencias.

La ruina de la industria

El año pasado el sector industrial frenó en seco; de los 48 subsectores económicos, 29 registraron caídas; las más evidentes fueron los productos de plástico, refinación de petróleo, productos químicos, confecciones e hilados y tejidos. Ante los hechos numerosas empresas están tocando fondo y amenazan con el cierre.

Muchos factores explican la crisis de la industria nacional: la caída del precio del dólar produce la revaluación, fenómeno que favorece las importaciones pero perjudica a los exportadores. El año pasado las importaciones tuvieron un crecimiento del 7,2% y alcanzaron la cifra de  58.632 millones de dólares. El cuadro se completa con la medida del gobierno venezolano que devaluó la moneda en 46% y, por lo tanto, están llegando mercancías muy baratas que le quitan mercado a los  productores colombianos; y a todo esto le sumamos el contrabando de artículos manufacturados, que se venden libremente en todas las calles de cualquier pueblo o ciudad, y ayuda a solucionar el problema del desempleo.

¿Pero qué artículos se están importando? Las tres cuartas partes corresponden a manufacturas y entre éstas un buen porcentaje está conformado por textiles y confecciones. La importación de alimentos tuvo un alza del 11% y se situó en 6.395 millones de dólares; los renglones más comunes fueron productos lácteos, azúcares y carnes. Estados Unidos sigue siendo nuestro principal proveedor pues en ese mercado compramos el 24%, le sigue China con el 17% y le viene recortando terreno a pasos agigantados.

Además de lo anterior los industriales y comerciantes se quejan por los altos costos para movilizar las mercancías, porque la infraestructura colombiana no es mala sino pésima; se dice que es más barato llevar un contenedor de Cartagena a Shangai, que de Bogotá a Cartagena. Pero los industriales anotan otros factores que contribuyen a la postración del sector: altos costos de la energía y de la mano de obra no calificada, por la apreciación del peso. Dicen que la electricidad y el gas son mucho más costosos en Colombia que en Estados Unidos, México y Perú. Como si lo anterior fuera poco, ante la crisis de Europa y Estados Unidos, los países asiáticos se volcaron sobre los mercados de América Latina. Y Colombia es un país ideal, porque aparece como “un Estado rico de una nación pobre”.

Los TLC: el Gobierno ensilló antes de traer las bestias

En la década de los noventa las administraciones retaron a los empresarios para que se insertaran en la globalización. En ese momento se pensaba en los mercados de los países vecinos y en los tratados comerciales de la región; el modelo económico se cristalizó durante las administraciones de Gaviria y Pastrana. Pero la situación cambió cuando llegó a la presidencia Álvaro Uribe y empezaron las diferencias ideológicas con los presidentes Chávez y Correa, lo que llevó al rompimiento de relaciones económicas con ambos países. Con el ánimo de reemplazar estos mercados el Gobierno empezó una vertiginosa carrera para firmar tratados de libre comercio, política que continuó la administración del presidente Santos.

Hoy, cuando se firmaron tratados con Estados Unidos, Canadá, Unión Europea y Corea del Sur, los empresarios están asustados pues sienten pasos de animal grande, por la llegada masiva de todo tipo de mercancías y porque hay muy poco para ofrecer a un mercado enorme de más de 800 millones de consumidores; la razón más importante es que no se puede competir con los productos de esos países. Lo más grave es que los gobiernos ensillaron antes de traer las bestias y los empresarios, conociendo las consecuencias, no fueron capaces de oponer suficiente resistencia y se subieron al tren de las políticas neoliberales.

En estos momentos el TLC con Corea del Sur está produciendo pánico pues lo que ganamos en algunos sectores lo perdemos, con creces, en otros: de acuerdo con Proexport habrá amplias oportunidades para derivados del cacao, confitería, panadería, frutas frescas, azúcares, palma de aceite, café y sus derivados. Pero los productos coreanos entrarán con fuerza en los sectores de la industria automotriz y electrodomésticos; estos artículos llegan baratos porque son subsidiados con el 50% de impuestos y consumo de energía, no pagan parafiscales y son fabricados con alto grado de productividad. Sobre el tema anotó Tulio Zuloaga, presidente de la Asociación del Sector Automotor y sus Partes (Asopartes) que es “necesario desarrollar una industria más productiva y eficiente, pero necesitamos incentivos equivalentes a los de las empresas surcoreanas”. Se calcula que en el sector automotor se perderán 150 mil puestos de trabajo.

Y el martirio apenas comienza porque llegarán muchos otros tratados y el llamado libre comercio seguirá profundizando las desigualdades sociales.