25 de julio de 2021
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Una cuestión de nombres

4 de febrero de 2013
4 de febrero de 2013

 

El tema saltó de pronto a la página en blanco mientras el escritor y periodista Oscar Alarcón Núñez nos recordaba en su columna semanal del diario que ahora es de los Santodomingo que el apellido paterno del chapetón don José, el dueño del famoso florero del pleito veintejuliero, no era Llorente sino González.

Al buscar situaciones semejantes, notamos que esta práctica ha sido más socorrida en la península ibérica: el ex presidente del gobierno español fue José Luis Rodríguez Zapatero, pero se le identificaba más por el segundo apellido. Su compatriota, el cantante Miguel Bosé, lleva artísticamente el apellido de su mamá (la actriz italiana Lucía Bosé) y no el de su difunto padre, el mítico torero madrileño Luis Miguel Dominguín.

En Colombia se hizo famoso por su segundo apellido el entrañable Fernando González Pacheco, quien fue por muchos años el número uno de la televisión colombiana. Español de nacimiento, Pacheco es colombiano por elección y adopción, como le ocurrió al irrepetible pintor de cuna catalana Alejandro Obregón.

En el habla popular se dio silvestre un caso bien curioso en tiempos de la única dictadura militar que tuvimos en el siglo pasado. Para el ciudadano de a pie, el Teniente general Gustavo Rojas, presidente de facto, no era Rojas sino Pinilla.

En la política doméstica antioqueña del pasado reciente se ha hablaba de los Cossio, en vez de los Valencia Cossio, o de los Serna, en vez de los Guerra Serna.

Así como se presentan estos cambios en el orden de los apellidos, se da con más frecuencia, desde tiempos inmemoriales, la presencia de hombres que solo necesitaron el nombre o el apellido para cambiar la historia: Jesucristo, Julio César, Colón, Cervantes, Shakespeare, Bolívar, Napoleón, Homero, Aristóteles, Mahoma, Miguel Angel, Gutenberg, Da Vinci, Copérnico, Descartes, Newton, Washington, Beethoven, Darwin, Marx, Lenin, Mao, Kennedy, Pasteur, Freud, Marconi, Bell, Edison, Einstein, Fleming, Picasso y mil etcéteras más, aunque no es justo que dejemos por puertas a personajes odiados de la historia como Hitler, Stalin, Calígula, Nerón y Atila.

En la política colombiana se recurrió siempre al nombre o al apellido paterno para distinguir a los jefes de las colectividades históricas: Núñez, Caro, Laureano, Mariano, Gaitán, Galán, Álvaro (Gómez), los Lleras, los López, Turbay, Echandía, Alzate, Pastrana, Uribe Uribe (el mártir) y Uribe (el de ‘El Ubérrimo’).

En el periodismo la cosa ha sido por nombres, apellidos, seudónimos o apodos. La falta de espacio nos obliga a limitarnos a unos pocos: Gabo, Rendón, Osuna, Pepón, Calibán, Rubayata, Lenguas (Miguel), Bélico, Barba Jacob, Jota (Mejía y Mejía), Pangloss, Klim, Tartarín, Yamid, Argos, Pardo, Iáder, Gossaín, Hersán, Julito (Sánchez), Gardeazábal y quinientos más.

En lo futbolístico, apenas caben cinco criollos: El Pibe, Asprilla, Willington, Turrón e Higuita. Tres en el ciclismo, Ramón (el de Marinilla), Cochise y Niño (Rafael Antonio). En la torería, Rincón y Cáceres. En la plástica, Botero (Fernando) y Débora (Arango). En las letras, Suárez, (don Marco Fidel, el de Los Sueños de Luciano Pulgar) y Carrasquilla, (don Tomás, el de La Marquesa de Yolombó).

En Manizales del alma, salvo las cinco excepciones de don Aquilino (Villegas), don Pedro (Uribe), el padre Adolfo (Hoyos), don Rafael (Arango) y Temístocles (Vargas), el asunto se ha movido alrededor de los apellidos: Alzate (Gilberto), Villegas (Silvio), Londoño (Fernando), Restrepo (José), Gutiérrez (Ernesto), Robledo (Gustavo), Barco (Renán), Yepes (Omar), Mendoza (Alberto), Marín (Ramón) y Marín (Rodrigo).

A propósito de nombres: decía en su famosa película “Dios se lo pague” el recordado actor, periodista y locutor mexicano Arturo de Córdova que “una cosa es llamarse Napoleón, a secas, y otra, muy distinta, Napoleón González”.