4 de agosto de 2021
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La parábola de Jairo

10 de febrero de 2013

alvaro marinLa delincuencia común y también la organizada, que luce cuello blanco y, otras veces, camuflado hechizo, nos tienen habituados a los más indignantes actos de barbarie y pillaje, de saqueos con precisión quirúrgica, de asaltos a la fe pública, de cinismo armado y desarmado, de pastores de almas que se transforman en abusadores de cuerpos, de ferias de compra-venta de conciencias.

Por ejemplo, un puñado de criminales dinamita y vuelve trizas una escuelita rural, escondida en la espesura de la selva, en la que 60 niños querían derrotar la ignorancia. Acababan de inaugurarla. Otra cuadrilla de bribones le arrebata a una institución educativa de Bogotá 40 computadores en los que los estudiantes soñaban con darle la vuelta al mundo. Apenas iban a estrenarlos.

Debemos poner aparte el trance de una institución de educación especial con 30 menores en extrema pobreza y con serios problemas de conocimiento. Este humilde centro de apoyo a la infancia desafortunada está situado en el ignoto barrio Caracolí, uno de tantos sectores deprimidos que pueblan con sus carencias la populosa Ciudad Bolívar. El caso es que perdieron a Jairo, un valeroso y abnegado ángel guardián, que compartía sus horas y sus sueños con los pequeños. Hasta aquí la historia no tiene nada que pueda ser noticia, porque no se trata de nadie famoso ni mucho menos se refiere a otro carrusel de las corruptelas o a algún cartel de cualquier pelambre, que hace de las suyas con la voluntad y los intereses de la gente.

Lo cierto es que después de nueve días durante los que permaneció en vilo la suerte del patrullero de la Policía Jairo Díaz Vergara, nacido en Chinchiná, pero criado en el puerto de Arauca, quedó cerrada su parábola vital en el ojo polémico de un caso judicial que copó los titulares y los noticieros de este país, hambriento tanto de dramas como de tragedias, y abierto a toda suerte de especulaciones y suspicacias. Al final, sus sueños jóvenes quedaron truncados para siempre sobre la ladera que se asoma a refrescarse en las aguas del cañón del río Cauca.  Y su despedida fue con honores y con Presidente a bordo.

¡Esta es Colombia!, Jairo, la inimaginable, la impredecible, la proclive a la alharaca, la apasionada, pero olvidadiza, porque aquí pensar y respetar la vida no está moda.

Creo que antes que de héroe se trataba de un excelente ser humano de sólo 24 años, que se llevó para la capital de la República todas sus expectativas y ganas de servir. Allí, se propuso combinar sus deberes de patrullero con el ejercicio de una ejemplar labor social, mediante la que proveía de ropa, comida y juguetes a los niños del barrio Caracolí. Incluso, pedía prestado un bus de la Policía para darles un paseo por la ciudad a los pupilos, sorprendidos por tanta bondad y cariño.

Si bien cayó el telón que cierra la breve travesía de Jairo, se abre un nuevo capítulo sobre las causas reales de su desenlace fatal, que genera, por ahora, más interrogantes que respuestas. De pronto, resultó incomodo para algunos de sus compañeros, dados su espíritu transparente y su honradez de crianza, según lo narraron algunos de sus familiares.

Y volvemos al principio macondiano, según el cual aquí la realidad supera la ficción. Todo puede ocurrir en el territorio de la impunidad, en el seno corrompido de la sociedad de la trampa y del espectáculo. Confiemos en que no estemos frente a un novelón similar al ‘caso Colmenares’.

Así las cosas, queda planteada esta nueva duda: Llamar este mínimo homenaje a un muchacho bueno, la parábola o la paradoja de Jairo.