5 de julio de 2022
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Homenaje a Beny Moré en el cincuentenario de su partida

23 de febrero de 2013
23 de febrero de 2013

Beny Moré

“Descansa bajo esta losa

Nuestro sonero mayor

El lajero ruiseñor

De voz dulce y melodiosa

Pero lo que no reposa

Ni se borra en el olvido

Es su nombre que ha seguido

Latente en el corazón

En toda la población

De este su rincón querido”.

(Autor: Mario de Armas)

Este poema labrado sobre la lápida de su tumba en Santa Isabel de Las Lajas, y la peregrinación permanente a este lugar, demuestran la veneración que persiste para  Benny Moré, sin duda el cantante cubano más completo, fascinante,  y carismático, del siglo XX en Cuba.

A medio siglo de su muerte ocurrida el 19 de Febrero de l.963, su música y los episodios componentes de su leyenda, narrados en programas de radio, en  documentales o libros  aún se escuchan, se ven y se leen con fervor.

Le bastaron a este hombre descomunal, menos de treinta años de actividad profesional para recorrer  los géneros musicales de su país, y aún le sobró versatilidad para interpretar aires de otras nacioes, tales como los que cultivan en: México, Colombia, Dominicana, Panamá, Venezuela, Perú  y Puerto Rico, entre otras más.

El trabajoso comienzo

Bartolomé Maximiliano Moré nació en la barriada de Pueblo Nuevo, en Santa Isabel de Las Lajas, un día  con mucha lluvia: el 24 de agosto de 1919.

Desde pequeño–ha contado su mamá Virginia Moré, lavandera y planchadora,  madre de 18 hijos- este niño jugaba a construir instrumentos de cuerda y percusión. De adolescente ya estaba en el Trió Avance, compuesto por su primo Enrique “El Conde Negro” Benítez y su amigo Cheo Casanova y alegraba las noches en Santa Isabel y en  El Central Vertientes.

Después de varios intentos y de deambular cuatro duros  años por  La Habana, trabajando por propinas o poniendo el sombrero, y sacado a empujones de muchos lugares para “no molestar a la clientela” , logró afincarse, después de luchar en lo que el destino le traía:  lustrabotas, cargador y vendedor en plazas de mercado, boxeador novato; pero intuitivamente se fue definiendo como  bardo trovador por tabernas, bares, restaurantes, malecones y balcones de serenata. No fue fácil como el mismo lo manifestaba: “Para un guajiro pensar en La Habana es la ambición más grande. Nada supera la emoción de estar en ella. La pasaba muy mal, es la verdad. Había noches que me acostaba con más hambre que sueño. Pero estaba en La Habana.”Yo tenía una fe tremenda en mi voz y mis canciones.

Abriéndose camino

Poco a poco empieza a pisar camino más firme, cuando es invitado a integrar  el Septeto Cauto que dirigía el tresero  Manuel “Mozo Borgellá y éste –con ingenuidad o desprendimiento- lo presenta, con el apoyo de Siro Rodríguez, a Miguel Matamoros, quien en la plenitud de su carrera y con mucho trabajo por delante  necesitaba una voz prima que le aligerara la faena. Matamoros le comentaba  al musicográfo Alberto Murguecia “Benny era muy buen cantante porque pronunciaba muy bien y tenía una voz muy clara y sobretodo muy arriba, subía como nadie. Benny era mejor cantante que yo. Con eso te lo digo todo”.

A tomar tequila y aprender musica en méxico

Con el Conjunto Matamoros parte para México en 1945 para cumplir un contrato y Bartolo se cambia el nombre,a Benny, por un concurso entre amigos, pues en este país a los burros los llaman Bartolo. Se queda en México fascinado con el ambiente renovador y después de superar líos de visa, le surgen ofertas en cabarets, teatros y en la RCA Víctor. En los seis años de permanencia en  México, Benny Moré descubre otras agrupaciones musicales y sobre todo las grandes orquestas con influencia norteamericana. Su  gran oído se amplía con sonoridades del país azteca y del  jazz, del cual se vuelve coleccionista. Allí conoce y graba magníficas piezas musicales con: Rafael de Paz, Chucho Rodríguez, y Memo Salamanca, pero también lo hace con cubanos afincados en ese país y que tenían  excelentes grupos, tales como: Arturo Núñez, Mariano Mercerón y en especial con el avanzadísimo  Dámaso Pérez Prado . Con él empieza a lanzar sin compasión dos docenas de bombas atómicas sonoras que todavía nos estremecen por la riqueza de los arreglos y la versatilidad singular de los cantos y animación que le imprimía El Benny, y que quedaron para la historia; Batiri, Barabatiri, Pachito Eché, El Suave, Mamboletas, La Tómica,  La Mangolele, e incluso Rabo y Oreja, de Justi Barreto, quien  me aseguraba en Nueva York que fue él quien logró que Benny grabara por primera vez con estas grandes orquestas. Al mismo Benny le pareció lo más grandioso que forjaron con Pérez Prado  Dolor Karabalí, mientras a éste le encantaba -según nos lo contó a Antonio Ibañez y a mí  en 1983 en la cadena de radio Caracol-; Tú sólo tú.

Pero Pérez Prado se manejó mal con el cantante cubano que ayudó con Ninón Sevilla a traerlo a México. En las películas, Pérez Prado amo y señor del mambo, dejó la voz de Benny pero apareció otro cantante doblando y en su viaje a Cuba cuando se presentó con su orquesta,  llevó un impostor a quien hizo pasar por  Moré.

Los viajes del Beny

Benny Moré viajó con su tribu a Panamá  en 1955, y luego siguió a Colombia, Perú, Venezuela y Haití donde actuó para la población, pero no quiso hacerlo para el dictador Magloire.

En Colombia, -según Sergio Santana- actuó en Agosto de 1955 por gestión de René Cabel para que le contrataran en la Voz de Antioquia y en el Club Campestre. Se le recibió con recelo porque se le anunció como “El Bárbaro del ritmo” y la gente creía que no sólo destrozaba las canciones, sino los instrumentos e incluso agrediría al público. Alternó con Lucho Bermúdez con quien se volvió a encontrar después de grabarle San Fernando y con Pacho Galán a quien conoció en esa oportunidad. También actuó en Cartagena y en Barranquilla.

Viajó en 1956 y 1957 a Puerto Rico donde actuó con el Combo de Rafael Cortijo y se conoció con Ismael Rivera. Actuó en Nueva York donde alternó con las Orquestas de Machito y de Tito Puente. Con la Orquesta mexicana de Luis Arcaraz estuvo en la entrega de los premios Oscar en Los Ángeles, con gran suceso.

A raíz del descubrimiento de la cirrosis hepática que lo mató en el 19 de Febrero  1963 , no volvió a viajar sino dentro de Cuba. Estuvo actuando en Palmira, tres días antes de su lamentado fallecimiento en el Hospital de Emergencia de la Habana. Se le llevó en peregrinación de pueblo en pueblo hasta llegar a Santa Isabel de Las lajas donde sus restos reposan. Vivió 43 años, 5 meses y 19 días. “Los dioses mueren jóvenes”, según los griegos y Nicolás Guillen quien revivió ese pensamiento.