25 de julio de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Truculencia virtual

28 de enero de 2013

alvaro marinEs posible que el propio individualismo -exaltado por una tecnología deshumanizada y alienante-, también haya modificado la naturaleza y los alcances de la inteligencia humana. Entre paréntesis, ahora recuerdo que un inolvidable bisabuelo mío sostenía que la gente siempre se quejaba de su mala memoria, pero que jamás lo hacía de su propia inteligencia. Entonces, no es nada nuevo el sainete de la mediocridad preponderante ni el compendio ecuménico de la banalidad y de las apariencias.

Tanto es así que, para revestir las actuales deficiencias mentales como fruto del inmediatismo, la incapacidad cerebral -ser de malas para pensar- y la pereza intelectual, se han impuesto arquetipos deslumbrantes como la inteligencia artificial o emocional, muscular o sexual, que para el caso es lo mismo. Nos someten y gobiernan las nuevas habilidades desarrolladas, primordialmente, para alcanzar poder económico y político en el menor tiempo posible y sin límites en el terreno de la decencia o la legalidad. Éstos últimos son preceptos obsoletos, arcaicos, desacostumbrados, inútiles.

Pero el asunto va más allá. La orgía de la era cibernética unida a la indolencia secular de las nuevas generaciones nos conduce al simplismo y a la preeminencia de la superficialidad. Hoy, presenciamos, gracias a las redes sociales y al fanatismo de la imagen, el espectáculo circense del hijo de Shakira como acontecimiento sin antecedentes en la historia universal, un sensacionalismo deplorable, apenas comparable con el cubrimiento, en vivo y en directo, de la odisea entre Cartagena y Bogotá de los camiones de la basura o, mejor, carros compactadores -al decir de los científicos del ramo- dentro de un despliegue informativo descomunal reservado para sucesos de verdadero interés público. Solo queda mencionar el morbo que se agazapa en el amarillismo laxante y perturbador alrededor de la enigmática salud del comandante bolivariano de Venezuela. No hay derecho a semejante grado de especulación y, menos, rendirle tanto culto a personajillos o hechos tan frívolos e intrascendentes.

No obstante la inmensa utilidad de los nuevos medios electrónicos, cuya eficiencia se mide no solo en su instantaneidad, sino en el beneficio social que alcanzan a multiplicar a favor de causas nobles, debemos advertir sobre su extraordinaria capacidad de truculencia, circunstancia que los transforman en herramienta demasiado peligrosa por su poder de penetración e influencia. Así, entonces, son sus operadores -¿manipuladores?- los que deciden qué es lo que necesita o ‘quiere’ una audiencia tan multitudinaria como susceptible e impresionable. Lo que pasa es que a ese paso llegamos a la dictadura de las redes que ejercen una presión nociva y descontrolada.

El afán de figuración mediática ha llegado al punto de convertir el delito en pasaporte para la notoriedad, tal como quedó en evidencia con las matanzas producidas en EE.UU. por individuos desadaptados, que ven en las armas un argumento eficaz para ser oídos o tenidos en cuenta, aun cuando terminen siendo monstruos de repugnante recordación.

La truculencia virtual ha puesto en escena una realidad aparente y fantasiosa dentro de una revaluada y falsificada escala de valores. Encontramos, por ejemplo, que ahora la importancia cierta consiste en ser famoso, mientras que lo único auténtico termina siendo lo artificial. Quien quiera ser útil, servicial u honrado ingresa al portafolio de las personas medievales, cuya conducta recta e ingenua no encaja en los patrones convencionales de la exigente competitividad contemporánea, raras veces ajustada a los conceptos éticos y morales.

Coletilla. Alguien ya lo dijo: «La paz más desventajosa es preferible a la guerra más justa».