21 de junio de 2021
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Jerónimo

3 de enero de 2013
3 de enero de 2013

cesar montoya El altanero cerro de sus pestañas protege la ternura de su mirada. Pronuncia a medias las palabras. Su elemental dialecto es un jeroglífico de jadeos al revés, con una fonética de ruiseñor. Oírlo, entenderlo en los mordiscos al idioma que apenas está incorporando a su inconsciente repertorio, ayudarlo en los tartamudeos, celebrarlo cuando sacude los brazos al redondear dificultosamente una frase, son inolvidables capítulos del jolgorio familiar.

Hasta hace un rato gateaba. Apuntalaba sus pies de nácar para impulsar su cuerpo del tamaño de un suspiro y con el prodigio de sus manos rastreadoras vencía distancias, descansaba, recogía sus lindas zancas y con atisbos pedigueños mendigaba aplausos a sus proezas. Después, entre pucheros de párvulo mimado, descubrió que podía agarrarse de los barandales de su cuna, asomar la cabeza, reparar el mundo circundante y oír los palmoteos por esos alpinismos maravillosos. Cuántas veces, una y otra vez, se liberaba de pañales, se prendía de los barrotes de su jaula, montaba las piernas en el larguero y daba un tumbo para caer bruscamente sobre el piso. Solo Dios sabe porqué Jerónimo no astilló su cuerpo en esos despeñamientos alarmantes.

Jerónimo tiene adicción por la pantalla chica. Se entretiene mirando muñecos, los carros veloces, las caras menudas de las marionetas, los osos de peluche, el asustador aleteo de los murciélagos. Gusta de los partidos de fútbol. Se para frente al televisor, se ríe, hace fuerza, se inclina levemente hacia atrás, embomba el abdomen, agita los brazos y grita ¡gooooool!

Frenético, enrojece su cara, toma aire nuevamente, asume actitudes de orador y estalla en rosario emocional ¡gol, goool, goooool!

Juega con Lukas, un schnauzer pequeñín, de pelaje tupido, genio irascible, pero meloso y saltarín cuando Jerónimo lo zamarrea. Les corre el tiempo perezosamente, se esconden debajo de las camas, se hunden por entre las cobijas, corren detrás de unas pelotas de caucho y finalmente, cansados, ambos duermen en amasijo amoroso.

Jerónimo lleva en sus arterias la fantasía desbordada de Pablo Neruda, el volcán sentimental de Gabriela Mistral, herencia de su padre chileno, el oleaje fantasioso de García Márquez y el tiple lírico de Arias Trujillo, por el arrimo maternal.

En Jerónimo, celebro el milagro de la vida. Cómo la diminuta masa lloriqueante al nacer, fue tomando consistencia en armonía perfecta. Surgen de pronto los miñocos, revientan las sonrisas, las manos se estiran, lamparean los ojos ante la presencia de la madre y organiza un reloj de lloros como lenguaje estrepitoso para imponer la dictadura de sus deseos. Ahora Jerónimo es un espigado proyecto de hombre, con pantalones largos, que gusta del acomodo de unas viejas antiparras para exhibirse a carcajadas ante un espejo.

Dios permita que esta criatura no herede los tropezones de su abuelo, ni tampoco los suplicios de su corazón romántico. Que sea como él, apenas un soñador.