4 de agosto de 2021
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¿Juez: cuál es tu precio?

30 de enero de 2013
30 de enero de 2013

cesar montoyaEl Fiscal General de la Nación, con rostro estremecido, contó al país que estaba  culminando una investigación que produciría un terremoto nacional.  Poco después de  un suspenso de miedo, surgió el señor López como maquinador del crimen. Su nombre fue pisoteado, calificándolo la sociedad como un criminal lombrosiano. El país con pánico,  entró en  un suspenso de horror. Era inconcebible tanta ruindad moral en una persona que había recibido los honores de la democracia, eligiéndolo para un cargo de alta responsabilidad social. Pobre esposa y humillados hijos, desventurada  familia del Caín, repudiable aún en los mismos antros del averno.

Cuando Sigifredo López era un cadáver tirado al muladar, mirado, además, por la nación con asco, la defensa logró probar que todos los testigos que lo vinculaban con el pavoroso delito, eran unos perjuros. López resucitó de las cenizas como el ave fénix. Hasta aquí la doliente historia.
Lo mismo está ocurriendo ahora con el aburridor teatro montado en torno de la muerte  del jóven Colmenares, denunciadas las entretelas perversas  por la fiscalía y similar tragedia acaba de vivir un parlamentario de Caldas. Los pestilentes malandrines desde las cárceles, o los enemigos ocultos, o los parientes cercanos a las víctimas que deambulan con su dolor a cuestas, arman un crochet  protervo mediante el pago a unos sujetos  de la pocilga que se encargan de jurar lo que no es cierto.  

Los que nos curtimos haciendo defensas penales, tenemos experiencias amargas. Los mafiosos buscan litigantes,que por cualquier camino, les “arreglen” sus problemas y  con maliciosas miradas de soslayo, preguntan por los jueces o magistrados que “comen”. Llegan a los despachos de los abogados litigantes con maletines cargados de oro rutilante, para exigir, como condición previa, la seguridad de que se logrará la libertad de quienes integran su cohorte bandolera. Mas aún : los mismos sujetos celebran las sentencias que vendrán, en razón de  los “arreglos” . ¡Ay del letrado  que no cumpla el satánico compromiso! ¡Paga con su vida!
Los criminales con toga son  una excepción, pero que los hay, los hay. La pregunta es escueta : ¿ por qué con días o semanas de por medio, los interesados en un resultado judicial celebran los “convenios” logrados con quienes imparten justicia? ¿Qué abogado gestiona, qué mafioso intimida, qué rico paga, o qué político influye para que las sentencias vengan vestidas con un “concertado” ropaje? Si un profesional del derecho jamás puede  anticipar el contenido   de un fallo, cuyas premisas y decisión final nadie conoce, ¿ por qué festejan, con marrullera alegría, lo que un juez unitario o colegiado, habrá de resolver?

La justicia es sagrada. Quien a nombre de ella absuelve o condena es un sacerdote que debe estar libre de sospechas. Son desmoralizantes las soterradas noticias sobre los burócratas  judiciales que “muerden” la carnada, enredados en el anzuelo de la prevaricación. La justicia es el templo de Dios.

La gente del hampa indaga : ¿ Juez : Cuál es tu precio ? Indignante pregunta solo dirigible a esos bribones que han convertido  su conciencia en una cloaca del mal. Nadie es capaz de ponderar la desmoralización de la sociedad cuando se percata que en determinados resultados hubo un pacto simoníaco entre quienes esgrimen la ciega espada de la ley y una delincuencia escondida que actúa en los chiqueros del crimen.