25 de febrero de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Fray Rodín en los toros

16 de enero de 2013

 

fray rodinEn el 2.013 fueron cabeza de cartel Luis Bolívar y El Juli, Sebastián Castella y el que pudiéramos llamar el torero de Manizales, por el reconocimiento que despierta, Manuel Jesús «El Cid». Su faena, sin trofeos, por fallar con el estoque, al primer ejemplar de  la ganadería de Ernesto Gutiérrez, en la corrida del jueves 10 de enero, se quedó en la retina de los aficionados. Los galardonados como triunfadores fueron Julián López «El Juli» y la ganadería bogotana de Mondoñedo. Los festejos con novilleros y toreros colombianos constituyeron un fracaso estruendoso, tal vez con excepción de las presentaciones de Sebastián Vargas  y Pepe Manrique y algunos destellos  del iniciante Luis Miguel Castrillón. Y volvemos   al drama de los  oficiantes colombianos. No están placeados porque en nuestro país no hay corridas  de primera categoría en el transcurso del año.  Si logran torear, es en placitas y con toros de desecho. Es una proeza que logren figurar en algo de importancia en el exterior. Porque es que el toreo además de ser arte es un oficio. Solo la repetición conduce a la maestría. He aquí por que a los toreros españoles hay que exigirles. Vienen casi todos con cincuenta o sesenta corridasal año  y hay algunos que salen del paso como si nada. Estos no deben volver a nuestras plazas. Y ojalá llegue el día, que creo que no  lo veré , en que los figurones toreen encierros de Mondoñedo, La Carolina, los Rocha o los Dos Gutiérrez , para que se ganen  como  lidiadores los altos estipendios que devengan y volvamos a ver el toreo de peligro, con asomos de tragedia, que fué inmortalizado por poetas, novelistas, músicos y pintores.

En la fiesta siempre ha habido toristas y toreristas. La Feria de Manizales constituyó un banquete para los toreristas. Los encierros de la ganadería de Ernesto Gutiérrez, que exigen los españoles que encabezan el escalafón de matadores, facilitan el arte, la vistosidad y diversidad del repertorio, el producir la sensación de peligro al pasarse cerca de sus humanidades  los pequeños cuernos o defensas. Y  el éxtasis de los tendidos. Lo que es válido. Porque es que quienes van a las plazas de toros, en su gran mayoría, son espectadores que concurren a muy pocos, o a ningún espectáculos en el año. Y el toreo y los toros  se aprecian con alguna solvencia solo cuando se ha podido asistir con asiduidad a las plazas, pero que así y todo sigue siendo una verdad verdadera aquello de que de toros no saben si no las vacas y eso que no todas.  Y no es obligatorio haberse leído a Cossío ni distinguir entre una chicuelina y una lopecina   para deleitarse con lo que hacen los coletudos en el ruedo, máxime  cuando las faenas son regadas con vinos y manzanillas. Por fortuna el abuso del  alcohol , los bochinches y las riñas casi no se presentan ya en las plazas colombianas. El público taurino es  de comportamiento diferente al de los estadios y las barras bravas. Y hasta los antitaurinos,  en el caso de Manizales , expresaron su justo derecho al disentimiento con una conducta civilizada. Como los toristas y sabiondos de otras plazas del país, que vinieron a Manizales  a apreciar el trapío y la bravura de los Mondoñedo  y se regresaron a sus ciudades, por considerar que las demás ganaderías no eran dignas de sus enciclopédicos conocimientos.Así se han manifestado y santa paz. Cada uno a su aire.

A estas alturas del campeonato ya no soy ni torista ni torerista. Disfruté , como si fuera un ballet, el toreo estético, profundo, ligado y hondo de El Juli, El Cid y  Bolívar  en unas faenas interminables a unos animalitos , que , uno de ellos, a Castella , le produjo tremendo achuchón. Es que ni siquiera a los que no transmiten peligro se les puede perder la cara. Animalitos que vienen sin picar porque público y toreros se empeñan en acabar con el castigo que moldea la embestida  en  la muleta. Ante ésta tendencia que obedecen las presidencias, las banderillas, llamadas como la suerte bella e inútil, obtienen realce e importancia.

Y me regreso al convento. Por primera vez, en muchos años, Manizales mostró en todo su esplendor sus tardes veraniegas y su bien ganada fama de ser una fábrica de crepúsculos con arreboles. La naturaleza se encargó de lucirla con sus mejores galas. Una vuelta al ruedo para sus gentes y un olé por los ojos de esa muchacha de la quinta fila.