26 de septiembre de 2021
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Carnaval de Negros y Blancos: más que una expresión cultural

3 de enero de 2013
3 de enero de 2013

negros blancos

«Sus puestas se abren el 2 de enero y se cierran 5 días después. Quienes han tenido la oportunidad de conocer su entorno, se sorprenden por la capacidad de los artesanos de tallar la madera y redescubrir las formas de las piedras y del barro», afirma el Alcalde de Pasto Harold Guerrero
Pasto, es la capital de Nariño, frontera con el Ecuador. Sus tierras fueron cuna de los indígenas Quillacingas, adversarios de la cultura Inca del Perú. La magia del Carnaval se remonta a 1927, donde las máscaras, los desfiles y el jolgorio hizo su aparición.

“El Carnaval es el espacio inventado por los pastusos para transgredir el olvido y condensar la fuerza del juego y de la fiesta a través de una mezcla mestiza”, dice el historiador Isidoro Medina, considerado por un sector de la crítica como uno de los más representativos de su Departamento.

Antes de iniciar la ruptura de los parámetros sociales, el Carnaval tiene en el día de los inocentes – 28 de diciembre- una especie de purificación de los espíritus, que se complementa con el desfile de años viejos pocas horas antes de las 12 de la noche del 31 de diciembre. Es una manera simbólica de enterrar el año.

Ya con nuevos aires y plenamente renovados el espíritu de los pastusos expresa alegría el 2 de enero, cuando sus habitantes se colocan sus mejores galas para venerar a la Virgen de las Mercedes, la patrona de tierras nariñenses, que da su beneplácito para la apertura de la fiesta.
Una fiesta, que tiene como protagonista al Alcalde, que el 3 de enero, entrega los bastones de mando a los corregidores indígenas. Ellos acompañan las bandas y cortejos populares. De esta manera, se da vida a “el carnavalito”, que permite a los niños y niñas unirse a una tradición que cumple 77 años.
Esta expresión ha tomado fuerza en la última década, con la que se da la bienvenida a la familia Castañeda que arriba a la ciudad de Pasto con hijos, abuelos, cabalgaduras, trastos y animales domésticos entre otros. A esta altura, aparece un personaje muy particular: Pericles Carnaval, quien lee un bando y asume el control de la ciudad.

“Decreta el cese de las hostilidades cotidianas, del aburrimiento y la tristeza y desata la memoria colectiva para que desfilen las estampas típicas, donde se entreveran cuadros del recuerdo con sones sureños, tonadas campesinos y desplazamientos coreográficos”, advierte el burgomaestre de la capital nariñense.

Lo que sorprende a propios y extraños, es que el 5 de enero, en cualquier calle de la capital de Nariño, aparecen de la nada hombres y mujeres con el rostro pintado, en una zona de población tradicionalmente, blanca.

Es un momento mágico. La gente se confunde en un solo conglomerado humano, donde la música retumba por todas partes y el baile hace parte de cada uno de los cuerpos, que parecen tener en la noche, a su mejor aliado.

Ya al entrar el 6 de enero, el escenario se torna blanco. Hace aparición el talco, los colores y las serpentinas. Desde muy temprano los nariñenses y visitantes salen a la calle para ser testigos del carnaval, con prevalencia de majestuosas Carrozas, Murgas y Comparsas.

En una palabra ,es una fiesta de puestas abiertas, donde las clases sociales se rompen, la autoridad la asume la cultura y la fiesta se extiende hasta bien entrada la madrugada, cuando los ciudadanos retornan a sus hogares, añorando que pasen 365 días para otro Carnaval, al igual o mejor que el que han tenido la oportunidad de disfrutar.