8 de mayo de 2021
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¡Gracias, Miguelito Calero!

5 de diciembre de 2012

Lejos estaba de su proyecto de vida entrar tan temprano en ese túnel del que no regresó. La muerte cerebral que le fue diagnosticada el pasado lunes a Miguelito Calero lo puso en el terreno de los milagros y en las manos de Dios, que ayer lo incorporó a su plantilla celestial.

La familia colombiana y los cientos de miles de seguidores en México nos habíamos unido al coro que pedía por la salud de Calero. Su situación médica era la peor de todas, pero nos asistía la esperanza. El propio jugador nos enseñó a luchar cada minuto de la vida y a no tirar la toalla en los momentos difíciles.

Y sea este el momento, el más difícil, para agradecerle el amor por el país, por su profesión, por sus convicciones. Por haber sido un «gran embajador» de Colombia, un ser humano extraordinario, un mamador de gallo sin libreto, sincero, y, sobre todo, un padre ejemplar.

A Miguel no lo mareó nunca la fama ni lo encegueció el dinero. Jamás se desvió de la línea recta que trazó para su vida, pese a los atajos que quizás le ofrecieron muchos que sí los tomaron en su afán de enriquecerse por la vía rápida.

Abrió de par en par las puertas de México, un país en extremo nacionalista, y llevó a muchos otros colombianos al balompié «manito». Ganó 14 títulos, ocho de ellos en territorio azteca, dos con Nacional, y uno con la Selección de Mayores, en la Copa América, en 2001.

A Calero no le cabía en su gigante figura tanto amor por su esposa, y el que le sobraba lo repartía sin miramientos. Su buen humor por fuera de las canchas contrastaba con ese espíritu guerrero que afloraba cada vez que se ponía los cortos y se metía entre los tres palos.

Pero en uno y otro escenario jamás perdió la consistencia. Era tan portero como persona. Un líder natural, capaz de convertir en alegría los momentos más tristes de la vida.

Una de sus frases más conocidas fue la de que «en el fútbol, como en la vida, una tristeza o una alegría no puede durar más de 24 horas».

Quisiéramos cariñosamente contradecirlo ahora para decirle a Miguelito que las alegrías que nos brindó están intactas y que su tempranera partida nos dejará una inmensa tristeza colectiva.

Faltarán estadios para llenarlos con el afecto, el respeto, la admiración y la gratitud que sentimos por Usted, Miguelito Calero.

No habrá quién ataje sus enseñanzas y buenos ejemplos, pero sí quiénes quieran imitar sus actuaciones y aplicar sus máximas de vida.

Como aquella el día de su despedida y retrato fiel de su esencia: «Como portero me equivoqué muchas veces, como persona y amigo siempre fui transparente».

Ahora que su existencia física ha hecho una pausa definitiva, los colombianos, los mexicanos, el mundo del deporte que lo hizo ídolo, nos hemos convertido en un cuerpo vivo, con capacidad de memoria, para recordar tantos momentos felices que nos diste Miguelito Calero.

Esos no morirán jamás.

El Colombiano/Editorial