27 de noviembre de 2021
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Falleció Óscar Niemeyer a las edad de 104 años

6 de diciembre de 2012
6 de diciembre de 2012

oscar niemeyer

La historia de Niemeyer parecería propia de una novela si no fuera porque su biografía y su obra arquitectónica hace años que se había ganado el respeto del público y de la crítica, tanto de admiradores como de detractores.

Perfil

Nacido el 15 de diciembre de 1907 en el seno de una familia acomodada de Río de Janeiro, Óscar Ribeiro de Almeida Niemeyer Soares Filho es nieto por el lado materno de Antonio Augusto Ribeiro de Almeida, quien a finales del siglo XIX fuera ministro del Supremo Tribunal Federal (STF).

«Mi abuelo fue un hombre útil y murió pobre», declaró una vez. Tal vez ese ejemplo de honradez, en una época de incipiente corrupción política fue lo que empujó a Niemeyer a creer en el ideal de la izquierda e impregnarlo en toda su obra.

De todos es sabido su precoz militancia comunista, por la cual llegó a ceder su estudio en Río de Janeiro al Partido Comunista de Brasil para que éste lo utilizara como sede.

Ese gesto idealista le valió enemistades y recelos en plena Guerra Fría cuando, en 1952, participaba junto con arquitectos de todo el mundo en la creación del edificio de la ONU en Nueva York.

Durante las recientes elecciones presidenciales brasileñas, las ventanas del estudio de Niemeyer en Río de Janeiro, situado en un lujoso ático en la playa de Copacabana, mostraban carteles de apoyo a Dilma Rousseff y al Partido de los Trabajadores (PT) del presidente Luiz Inácio Lula da Silva.

Compromiso Político

El compromiso político y social con su país podría considerarse histórico, puesto que Niemeyer se convirtió en uno de los artífices de la nueva identidad brasileña.

En 1956, a punto de cumplir los 50 años, le fue encomendada la titánica tarea de diseñar los principales edificios de una ciudad que todavía no existía: Brasilia, la capital de un nuevo Brasil que había de traer igualdad y progreso para todos.

Aunque sus edificios se reparten por numerosas ciudades en todo el país, los brasileños recordarán siempre a Niemeyer por Brasilia, por participar en su fundación y formar parte de un grupo de visionarios que idearon una nueva capital del país.

Con los planos de urbanismo a cargo de Lucio Costa, antiguo jefe de Niemeyer cuando éste todavía no era conocido, el arquitecto carioca tuvo plena libertad para crear las edificaciones más emblemáticas de la capital.

El Palacio de la Alvorada, residencia del presidente de la República; el Palacio del Planalto, sede del Ejecutivo; el edificio del Congreso Nacional, la Catedral, las sedes de los ministerios de Justicia y de Relaciones Exteriores y el Auditorio Nacional, entre otras obras, forman parte de un conjunto de edificaciones creadas simultáneamente para forjar una nueva capital.

Fría calidez

El uso del cemento armado, llevado a usos y formas hasta entonces inimaginables, marcó el carácter de sus edificios y se convirtió en una característica inconfundible de sus diseños.

Ese uso primordial del cemento es también el talón de Aquiles de Niemeyer, blanco de críticas de sus detractores, que acusan la frialdad de ese material y lo consideran un elemento abusivo en sus creaciones.

Lo cierto es que las curvas imposibles de sus rampas, paredes y cúpulas, llevadas a un extremo casi temerario en las icónicas columnas del Palacio de la Alborada, lo convirtieron en un precursor de la arquitectura moderna, reconocido por maestros como Le Corbusier, de quien fue discípulo.

Fueron cinco años dedicados a Brasilia, lejos de la familia y en medio de la nada, por una ciudad proyectada en el ideal socialista: las mismas viviendas para funcionarios y asistentes, zonas de consumo distribuidas de forma comunitaria.

«Cuando me encargan un edificio público, procuro hacer algo diferente, crear sorpresa, porque sé que los pobres podrán, al menos, pasar y tener un momento de placer al ver algo nuevo», afirmó una vez el arquitecto.

Su militancia comunista, basada en los principios más fundamentales del estalinismo y de la que nunca ha renegado, lo llevó a auto-exiliarse durante la dictadura brasileña y a trasladarse hasta París, donde vivió entre 1967 y 1980.

Durante el exilio europeo cosechó fama y esparció sus visionarios proyectos en varios países. Entre los más destacados, Niemeyer diseñó la Universidad de Constantino y la nueva mezquita de Argel, que nunca salió del papel, el Centro Cultural Le Havre en París (conocido por su forma como «El Volcán»), o la sede de la Editorial Mondadori en Milán (Italia).

El arquitecto volvió a Brasil en la década del 80 para colaborar con un gobierno que, recién estrenado en la democracia tras 21 años de dictadura militar, también partía de los ideales socialistas.

La colaboración de Niemeyer con el gobierno se materializó en los Centros Integrados de Educación Pública (CIEP), escuelas públicas construidas con piezas previamente moldeadas de cemento armado, lo que permitía abaratar el coste de construcción.

«La transformación de nuestro mundo social en un universo más justo y solidario puede alcanzarse a través de la arquitectura… si eso sucede algún día, los arquitectos seremos llamados a realizar grandes obras públicas», reconoció en una entrevista reciente.

En La Vida es un Soplo (2007), documental de Fabiano Maciel que retrata la vida de Niemeyer en el año de su centenario, el artista explica que el diseño lo atrajo desde niño, cuando dibujaba formas invisibles en el aire apuntando con el dedo al cielo.

Son los mismos trazos simples, casi infantiles, con los que plasma sus ideas en el papel y que otorgan a sus bocetos un estilo inconfundible, un arte propio de un genio.

El ganador del Pritzker de Arquitectura (1988) asistía en ocasiones como oyente a clases universitarias y nunca había de concebir nuevos proyectos en su estudio, rodeado por un equipo de discípulos deseosos de profundizar en el conocimiento del maestro.

El cuerpo empequeñecido de Niemeyer, que se movía en una silla de ruedas, contrastaba con su voluntad por seguir aprendiendo y creando, una determinación reflejada en el brillo que se percibía en sus ojos cuando habla sobre el futuro.

«Cuando asisto a una clase sobre el cosmos y veo lo fantástico que es el universo en que vivimos, me doy cuenta de lo pequeños que somos y de que deberíamos ser más modestos a la hora de enfrentar los problemas de la vida», dijo en una ocasión. Agencia EFE.