12 de junio de 2021
Directores
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Ernesto Acero Cadena

14 de diciembre de 2012

gilberto montalvoSu formación de médico en potencia le permitió hurgar con precisión de cirujano los intestinos de la corruptela o los desvaríos de quienes se ponían al margen de la ley. Nunca claudicó y sinceramente en medio de unas épocas hostiles, cuando el narcotráfico hizo su presencia arrogante en la región, mantuvo distancia prudente no exenta de  sus opiniones libérrimas en los medios que le dieron cobijo y que él honró.

Su cultura general estaba a toda prueba pues le era fácil discutir el último best seller o dejarse arrollar por las intervenciones lúdicas de sus amigos o los comentarios de los buenos vinos o las últimas entregas musicales del momento.

Sin ser sibarita si fue un atinado “bon vivant” que arrancaba sonoras carcajadas a cualquier chascarrillo  del cual era fino cultor.

Cuando la Billos Caracas Boys interpretaba con cadencia angelical La Comparsa,  del maestro Ernesto Lecuona, en los salones legendarios del Círculo de Periodistas, el más acucioso interprete dancístico era él quien abría plaza, para ser justos en sus querencias, y dejaba boquiabiertos a todos los asistentes que no salían del asombro al ver cómo un hombre que se ladeaba para caminar era maestro en las exigentes artes del buen bailar.

Como maestro de ceremonias tenía ese no sé qué que le permitía atraer la atención y sin demagogias se despachaba con un timbre sonoro y exquisito de voz que dejaba grata impresión en el auditorio.

Cuando de tauromaquia se  trataba no tenía par. Sólo el misericordioso James Padilla se le acercaba tímidamente para debatir las últimas cornadas del Yiyo, o las banderillas de Fernando Cepeda y porqué no la pinta de Paquirri. Era un fenómeno en estas faenas en donde compartió estrellato, entre otros, con Ramón Ospina, Alberto Lopera e Iván Parra.

La pulcritud al abordar una crónica le permitía no dejar un solo detalle a expensas del olvido. Manejo impecable de los artilugios enriquecedores del buen escribir, pero más allá de la filigrana del buen escritor estaba la profundidad del pensador inclaudicable.

En el periodismo radial donde compartimos  sus experiencias y sabiduría era exigente al extremo de no permitir nada distinto al decoro en el buen decir y la honradez en la información.

Tenía una extraña habilidad con su escritura que le permitía alejarse de los signos gráficos del idioma para meterse de lleno y con gracia en las aventuras del diseño donde lograba intensas percepciones de color con los rojos, negros, azules, en fin con toda esa colección de lápices que conservaba con mansedumbre en su escritorio de su apartamento en el piso último de un céntrico edificio de Armenia.

No se le conoció nada distinto a respirar periodismo por todas partes. Su idoneidad todavía está al escrutinio de las nuevas generaciones porque son pocos los que han logrado manejar con maestría todos los elementos de la comunicación con el arrojo del empírico desarrollado al vaivén del día a día.

Hace 17 años en una soleada tarde en plenum medio día un sicario descerrajó cuatro impactos de bala en la testa encumbrada de este valiente espadachín, voló acobardado por entre los pastizales de la quebrada la Florida en huida miserable después de asesinar el intelecto y la decencia. Detrás de esta piltrafa usada en medio del manoseo de la delincuencia quedaron los verdaderos artífices de este vil crimen quienes a lo mejor ya no están tampoco entre nosotros porque fueron víctimas también de su oprobiosa existencia de malandrines.

Nos quitaron un baluarte de la inteligencia pero su memoria ha quedado marcada indeleble en las mentes de quienes le conocimos, supimos valorar sus enseñanzas y quedamos signados para siempre por su reciedumbre y buen ejemplo.

Acallaron su pluma pero jamás podrán borrar su  hombría de bien y mejor profesional de esto que llaman periodismo.

Como siempre en un país donde no hay justicia para qué preguntarse lo que tantos han hecho alrededor de la impunidad de este acontecimiento. Cuando no son cooptados los encargados de impartirla, también los matan como mensaje de que hay que callar aunque la sociedad siga reclamando del Estado garantías y derechos para todos los ciudadanos.

Hace 17 años nos mataron una ilusión acerada con el tiempo. Hoy a sus setenta y siete no nos cabe duda de que estaría al frente de su bien aceitada maquina de ideas, sería un twitero de campanillas y el Facebook ya lo habrá convertido en un elemento más en defensa de los intereses colectivos de los quindianos. Falta que nos hace el maestro Ernesto Acero Cadena.