12 de mayo de 2021
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La crisis del café no es lo mismo que la crisis del campo

22 de noviembre de 2012

octavio cardonaResulta que muy a diferencia de lo pensado, la crisis del campo, va mucho, muchísimo más allá de la situación particular del café, pues de no hacerse la aclaración, podríamos pensar, equivocadamente, que resuelto el tema del café, lo demás está solucionado de manera colateral, lo cual no es verdad toda vez que el café no es el único producto agrícola de nuestros campos y adicionalmente no es exclusivo en su problemática. Otra cosa es que es el producto estrella de la producción agrícola y de allí que su situación sea en alto grado impactante.  

Pero reducir la crisis del campo a la situación del café, es desconocer que los cultivadores del plátano y el banano viven una permanente agonía por culpa del esquema de comercialización de estos productos, los cuales, en su gran mayoría, son ofertados en plazas de mercado, donde el valor del producto no depende del productor, sino del comprador, con lo cual, el esfuerzo, el trabajo y el sudor se cuantifican no por el que los sufre, sino por el que los atiende en la plaza en condición de comprador.

La compra del plátano, el banano, el dominico, el guineo y el bocadillo se hace en esquemas donde el campesino llega con su carga y una cuadrilla de oferentes le rodean el viaje “bautizándole” el mismo, lo que significa que le ponen un precio del que ya no podrá haber oferta superior, pues hay un pacto íncito en el lugar, para que una vez hecha la oferta inicial, nadie suba de allí, de tal suerte que el campesino vende por lo ofertado. O se somete a que el precio pueda rebajar, nada más le queda, pues no tiene recursos, ni tiempo, para devolverse con el viaje en espera de una mejor oferta o de un alza de precios.  

Por eso es que es tan difícil entender que un plátano, una unidad, no un racimo, valga fácilmente 600 pesos en una revueltería o supermercado, cuando el racimo completo, no ha valido más de tres o cuatro mil pesos en muchos casos, cuando el mismo ha sido adquirido al productor primario. Es un ejercicio donde el hombre del campo gasta 15 meses en producir un racimo, invirtiendo tiempo y trabajo, además de insumos y materiales, para obtener un pírrica cifra, que se duplica o triplica cuando el racimo está en manos del intermediario y que se aumenta aún más en manos del tendero o del señor de la revueltería o del señor del supermercado.

Ni que decir de la situación del tomate, un  producto que a muchos ha hecho ricos pero que a muchos ha hecho pobres, cuando su precio en ocasiones llega a los 500 pesos la caja, donde es mas rentable dejarlo perder en la mata que intentar recogerlo, pues valen más los jornales que el producto mismo.
Igual ocurre con la papa, la que si bien en ocasiones se pone por las nubes como dicen las amas de casa, en otras tantas no tiene sentido comercializarla, pues los precios que ofrecen los comercializadores son tan bajos que termina siendo mejor dejarla perder en el cultivo, pues por lo menos sirve de abono para la siguiente cosecha.   

Del comportamiento de las frutas ni hablar, pues estas solo tienen valor cuando no hay cosecha, es decir cuando las mismas no se producen, cosa que no ocurre con otros productos. Lo digo porque yo nunca he escuchado que baje el arroz porque estamos en cosecha, o que bajen los cigarrillos porque hay cosecha de tabaco, o que baje la ropa porque hay cosecha de algodón, o que baje la gasolina porque hay nuevos pozos de producción, o que bajen los bocadillos porque hay cosecha de guayaba, o que bajen las mermeladas porque hay cosecha de mangos, o que bajen los chitos porque hay cosecha de maíz, es decir que el campesino trabaja todo el año en espera de una cosecha, pero cuando llega la misma baja el precio de sus productos porque hay cosecha, y vuelven a subir, para hacer rentable el agro, cuando ya no hay que vender. Que cosa mas inentendible, que cosa más rara.

En definitiva, Colombia tiene que entender que el agro es una necesidad inmanente al devenir de la sociedad Colombiana, pero tal como están las cosas y con el abandono permanente al que tenemos sometido al productor primario, nuestros campesinos ya no aguantan más y tal vez por eso no debemos seguirnos sorprendiendo cada vez que escuchemos decir que estamos importando cereales, verduras, frutas, huevos, carne, pollo, pescado y hasta café, pues el panorama al que hemos sometido a nuestros agricultores hace que día a día sea más rentable venirse a las ciudades a aguantar hambre en medio de la opulencia, que quedarse en el campo aguantando hambre en medio de los paisajes, pues al fin de cuentas es mejor limpiar vidrios de autos en semáforos que hacer las labores del campo. Por lo menos en los semáforos no se depende de las cosechas, se depende de los conductores, y eso es menos arriesgado que seguir cosechando miserias.

No los sigamos dejando solos, que los problemas de nuestros campesinos, no solo son de ellos; son de todos, de nosotros también. Esa es mi opinión. Quisiera conocer la suya.