6 de diciembre de 2021
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El hombre de la paz

29 de noviembre de 2012
29 de noviembre de 2012

cesar montoya Un enfoque suyo, con retrospectivos juzgamientos, lo muestran rebelde, inconforme con su medio, filosóficamente liberal, iconoclasta, tirador de piedras, nadaísta mechudo, bohemio en cantinas tangueras. Las primeras vivencias las tuvo en Manzanares la tierra de su tío Hernando de la Calle, embriagándose también en el lirismo multicolor de Bernardo Arias Trujillo.

La vida no ha sido huraña con este sólido personaje. Empezó haciendo judicatura en Salamina y después de algunos ejercicios burocráticos de importancia prima, terminó como vicepresidente de Colombia. Precoz aún, fue un estelar Ministro de Gobierno en el buen cuatrenio de César Gaviria. Muchísimo tuvo que ver su inteligencia con la Constitución de 1991. Cuando se clausuraron las sesiones del areópago constituyente, un aplauso frenético de cinco minutos ratificó la trascendencia de sus ponderados aportes en esta asamblea de sabios.

Hoy es el hombre de la paz. Como jefe del equipo negociador con las Farc habrá de poner a prueba sus propias resistencias temperamentales, frenar su ímpetu, sacar espacio para la reflexión, ser avaro en el manejo de las palabras, parapetarse en el silencio. Además de pericia diplomática, deberá demostrar un recio carácter. No es fácil platicar con una contraparte envalentonada, balandrona en el lenguaje, terca en el diálogo, cerril en principios obsoletos. Sus antagonistas son primarios, hábiles en el chantaje, con probada resistencia para soportar la adversidad.

Tendrá que capotear a los enemigos de la paz. Por celos electorales, el favorable horizonte para una posible reelección, y la envidia política, alzan sus voces enconadas para enturbiar el panorama. Los voceros del miserabilismo prefieren la hecatombe si ellos no son los gestores de una aurora de reconciliación nacional. De la Calle tiene dimensión histórica. Está acostumbrado a la cumbre en donde se teje la malla del poder y tiene como soporte el báculo de una inteligencia superior.

Ya De la calle en una vigorosa intervención señaló los principios pétreos que no son negociables. Pero habrá que ceder. Si la nostalgia rencorosa se convierte en barrera infranqueable, no será posible pactar la paz. En un futuro tal vez no muy lontano, tendremos candidatos presidenciales, ministros, gobernadores y altos ejecutivos salidos de la guerrilla. San Salvador, Brasil y Uruguay tienen estelares presidentes emigrados de la subversión. José Mujica, un anciano adorable, se ha ganado el cariño universal.

Los que cometieron el crimen macabro de José Raquel Mercado y le organizaron un Gólgota de horror a Gloria Lara, los autores del genocidio en el Palacio de Justicia con el fusilamiento de la flor y nata de la jurisprudencia nacional, ya han sido óptimos ministros, candidatos a la Presidencia, gobernadores y alcaldes de Bogotá. ¿Por qué ahora pretenden cambiar el ajedrez para hacer imposible la concordia en el país?

Tenemos un negro y asustador telón de fondo: cincuenta años de sangría fraterna. Caín sigue sembrando de tumbas la quietud de los cementerios. Nos hemos asesinado, endurecido el trato, hemos perdido el sendero de Dios. ¿Por qué la paz ha sido posible en todas las geografías del mundo y solo en Colombia estamos condenados a oficiar eternamente en el altar de Tánatos?

A Humberto de la Calle lo cubre el zodiaco de la buena suerte. Nuestro presidente acertó en su elección para comandar esta gesta por la paz.