13 de mayo de 2021
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Nostalgias de mi pueblo

24 de septiembre de 2012
24 de septiembre de 2012

jose miguel alzate Hablemos sobre ese poblado apacible donde a las cinco de la mañana las  campanas de la iglesia sonaban para convocar a misa. Y donde los domingos los estudiantes asistían en desfile, desde los planteles educativos, a la llamada misa en comunidad. Recordemos ese pueblo de señoras camanduleras que, cubierto el rostro con un manto, desfilaban todos los días hacia la iglesia para asistir al trisagio. Hablemos de ese espacio de la infancia donde, en las noche orladas de luceros, los novios hacían visitas a la amada en el portón de la casa.

¿Cómo fue ese Aranzazu que a nosotros nos tocó vivir? Era un pueblo con un aire fresco, donde el viento que soplaba desde San Antonio peinaba el cabello de las colegialas que, desde las siete de la mañana, llenaban con su alegría el parque cuando, sonrientes, caminaban hacia la normal luciendo un uniforme de falda azul plisada con blusa blanca, adornado de una pequeña corbata. Era un desfile de mujeres hermosas. En la esquina del Salón Gloria, los muchachos de entonces nos parábamos, luciendo pantalones de terlenka, el pie derecho apoyado contra la pared, para admirar a esas muchachas en flor que nos hacían suspirar. A las dos de la tarde, cuando ingresaban de nuevo al plantel, se repetía la escena.

Había elegancia. Los señores que se reunían en el parque a rumiar nostalgias eran impecables en el vestir. Usaban trajes de paño con corbata y un sombrero Barbisio en la cabeza. Las damas lucían vestidos tipo sastre, con tocados de flores en el cabello y sus manos adornadas con guantes de seda. Caminaban con ritmo ceremonioso, los pies entre zapatos de tacón puntilla y una cartera diminuta en la mano. Gonzaga Salazar, que tenía en el local donde hoy funciona la ferretería El Obrero un almacén que se llamaba Para ti, no daba abasto vendiendo vestidos Everfit.  Gonzaga Hoyos, en su almacén de telas, agotaba existencias de zapatos Corona. Y Diego Velásquez, en su almacén del marco de la plaza, hacía su agosto vendiendo telas para que las damas mandaran a confeccionar vestidos elegantes.

Ese fue el Aranzazu que tuvo en El Cabuyal un exclusivo centro social. Era entonces de Helí Soto. Ese negocio fue, a finales de los años sesenta, cuando lo manejó Rubén Gómez, algo así como El Dominó, en Manizales. Allá solo entraban las personas maduras, mujeres en edad de merecer y hombres buscando con quien casarse. Después, en la década de los ochenta, El Cabuyal se convirtió en el sitio preferido por la juventud. Por allí pasaron, exhibiendo su belleza, las muchachas bonitas de entonces. Que en esa época eran muchas. ¿Cómo no recordar a Fabiola Soto, a Martha Cecilia Montoya, a Gloria Elena Zuluaga, a Matilde Castrillón, a Lola Rivera, a Bibiana Castaño, a María Edith Alzate, a Beatriz Montoya, a Amparo Vásquez, a Doralba García, a Clemencia Torres?

Los muchachos que en los años setenta apenas empezábamos a descubrir las delicias del amor conservamos, frescos en la memoria, los recuerdos de aquella época. Los domingos en la noche la calle real se llenaba de color. Las parejas de enamorados se paseaban, agarradas de la mano, desde La Macarena hasta el Salón Gloría, exhibiendo siempre una sonrisa. Algunas muchachas esperaban con ansiedad a que Trabuco tocara en la puerta de la casa para entregarles una esquela que llegaba desde la distancia con mensajes románticos. Tiempos inolvidables de la Tropa Scout, de las semanas cívicas, de los paseos a Bonillas, de los concursos de canto.

¡Cómo olvidar aquellos tiempos! En el Colegio Pío XI se vivió una época maravillosa. Con profesores como don Elías Hoyos, todo sabiduría, que cuando escribía sobre el tablero lo hacía yéndose hacia arriba, como buscando el cielo. Con estudiantes como Ancízar Restrepo, que cantaba con entusiasmo Despierta Lorenzo. Uno no olvida a Tomás Alberto Giraldo, que tenía una voz extraordinaria. Ni a Magnolia Osorio, Eleonora Giraldo y Enolia Gómez, alumnas de la normal, que interpretaban temas románticos con una voz exquisita. Tampoco olvida la forma tan sentida como declamaba Rodrigo Zuluaga Gómez el Duelo del Mayoral. Ni la férrea disciplina que imponía el profesor Carlos Castaño Duque.

Este fue el Aranzazu que se quedó tatuado en nuestro cerebro. Un Aranzazu lleno de vida, con la alegría desbordante de una generación que encontró en las baladas románticas de Raphael y Leo Dan una forma hermosa de expresar sus sentimientos. Un Aranzazu donde todavía las recuas de mulas llegaban cargadas de bultos de café hasta las compras del grano que tenían Jesús  María Serna y Jesús María Restrepo. Un Aranzazu que en las Fiestas Patronales expresaba en desfiles multicolores su generosidad con la parroquia. Un Aranzazu donde los muchachos de entonces aprendimos a montar en bicicleta aprovechando que Enrique Cocorneño y Leonardo Serna tenían locales para alquilarlas.

Este fue el Aranzazu de nuestra infancia. Un pueblo sencillo, con balcones de chambranas y portones pintados de verde, con tejados donde después de la lluvia gorgoriteaba el agua. Un pueblo con un parque donde los carritos para venta de cremas de don Arsenio Moreno se paseaban de un lado a otro haciendo sonar una campanilla. Y donde el pito de los buses de Empresa Arauca, largos e incómodos, que pasaban para Medellín, llenaba de nostalgias el aire dominical cuando se despedía a algún ser querido que emigraba hacia otras tierras. Un Aranzazu encantador, lleno de música, con palomas sobre las cuerdas de la luz. Y con un vientecillo tenue que bajaba, cálido, desde La Guaira.