19 de agosto de 2022
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Juan Sebastián Giraldo Gutiérrez

La política, acampadero de beduinos

2 de agosto de 2012

cesar montoyaTenemos un alma inquieta, ávida de  lejanías, rebelde contra las limitaciones. No va con nosotros el libertinaje, ni las ambiciones desmedidas, ni los panoramas sombríos. Somos equilibrio.  Nos comanda un yo enterizo, de consignas radicales, que se abstrae a las leyes del mercado, enemigo de los ropajes camaleonescos, adverso  a las químicas que combinan materias inertes en busca de  aleaciones sorpresivas.

Los propósitos  que nos signan no están en subasta, no tambalean, no buscan acomodos  detrás de los veleidosos senderos de los vientos. Nos cargan de alimentos espirituales las tierras prometidas.
La política es un sacerdocio. Recoge la voz de los humildes, capta los dramas sociales, es esperanza para los desvalidos, renovación de corajes, firmeza de principios. Es inaceptable la prostitución ideológica.
El político debe ser un predicador de certidumbres. Un sembrador. El mensaje de las tumbas, lo que se heredó, el grato agobio de los sentimientos, la semilla que fructifica, los evangelios que se aprenden, el surco que  se ahonda y enraíza, los dogmas de fe que prevalecen y tantos valores más que le dan esencia a la vida, conforman un vademécum de trascendencias inmutables.
Romper  los oleajes,domar las adversidades, predicar la fidelidad a los contenidos de unas normas de conducta, es  un deber intelectual y una responsabilidad indeclinable.

Nos duele la versatilidad donjuanesca  de quienes hacen de la política un comodín en beneficio propio, convertidos en tragaldabas libertinos. Son unos mercaderes.  Una mentalidad utilitarista se apoderó de lo que era un estadio romántico, agitado por contrapunteos ideológicos, pleno en afirmaciones doctrinarias. La política era, esencialmente, un fortín de principios, una civilizada contienda de firmes verificaciones, un noble confín para  ganar el alma de los pueblos. Los debates se apuntalaban en inamovibles convicciones, en argumentaciones filosóficas esgrimidas reflexivamente. Cada partido era una trinchera de imaginarios, un venerado acerbo histórico, pero también una travesía de lealtades.

Son tristes estas torturantes entelequias  motivadas por el transfuguismo, degradado fenómeno de quienes  consideran que la política es un deporte de  gastrónomos. Cohabitamos con un estilo alegre y superficial para  hacer política con el desenfado de  un juego de ping pong. Una gitanería trashumante y veleidosa hizo trono en los partidos, convertidos ahora en toldas de beduinos.Desaparecieron los púlpitos, la embriaguez espiritual  se convirtió en romántica invocación  de épocas antiguas.

Fenecieron los simbolismos que encarnaban las metafísicas del accionar electoral.   Cambiamos  las ensoñadoras utopías  por la astucia para  los acomodos. Reemplazamos al enteco Don Quijore por el majadero Sancho Panza.