29 de julio de 2021
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Un testigo de la guerra

25 de mayo de 2012
25 de mayo de 2012

gustavo paez Más de cinco mil colombianos actuaron en el conflicto, y alrededor del diez por ciento murieron o desaparecieron en los combates, resultaron heridos o cayeron prisioneros. Hoy sobreviven unos 800 veteranos colombianos.  

Uno de ellos es Isaac Vargas Córdoba. Cuando en junio de 1952 se fue para Corea, era un muchacho de 16 años que, fustigado por la guerra política que se vivía en Colombia, abandonó su zona rural del Huila para enrolarse en las filas de Corea. Apenas un niño, ya sufría los horrores de dos guerras: la propia, donde conservadores y liberales se destruían bajo los odios sectarios, y la asiática,  donde comunistas y demócratas, divididos por el paralelo 38, hacían lo mismo desde sus geografías y sus intereses irreconciliables.

En marzo de 1953, Vargas Córdoba por poco pierde la vida en el combate. Su rostro quedó desfigurado. Aun así, logró escapar. Transportado en un helicóptero, llegó a la sala de cirugía. Su estado de salud era tan precario, que se temió por su vida. Días después llegaba a Estados Unidos. Era un héroe de la guerra, con apenas 18 años de vida. Mientras tanto, la guerra que no cesaba en sus campos nativos continuaba poniendo cruces en ambos bandos políticos, todos los días y a toda hora. La guerra eterna, la guerra demencial, la guerra inicua y devastadora no abandona al hombre desde el inicio de los siglos.

De vuelta en Colombia, Vargas Córdoba recibió honores militares. Lo operaron del rostro en el Hospital Militar y obtuvo en Estados Unidos una atención más especializada. El tratamiento duró ocho años. Se retiró como sargento segundo. Permaneció un año vacante en la vida civil, con heridas en el rostro y con amor por los símbolos patrios.

Un día, con $ 1.500 prestados, creó una pequeña panadería. Nada sabía del oficio, pero a medida que el tiempo avanzaba veía que sus esfuerzos se traducían en progreso. En 1965, con 30 años de edad, fundó en el barrio El Sosiego, al sur de Bogotá, la que sería su panadería estrella: El Arbolito. Al paso de los días, las ventas se multiplicaron de manera sorprendente. Y adquirió una bodega propia en  la zona industrial. Entre sus clientes estaban Carulla, Cafam y Colsubisidio. Ya por esta época poseía nueve carros distribuidores.

Sus vínculos con las dos entidades líderes del subsidio familiar, lo llevaron algún día a formular una propuesta para canalizar los recursos de ellas hacia la educación de los hijos de los afiliados. Y mencionó el sentido burocrático que allí existía, formulando como contera una crítica contra las obras suntuarias. Años más tarde, Alberto Donadio haría un estudio crítico sobre el mismo aspecto, en su libro El espejismo del subsidio familiar (El Áncora Editores, 1985).

Como represalia por esta propuesta y esta denuncia, ambas entidades cancelaron los contratos para el reparto de pan producido por El Arbolito. De paso, anoto que El Arbolito auspició tres concursos literarios, muy celebrados en su época, cuya finalidad era encomiar las bondades del pan. El superintendente del Subsidio Familiar ante el cual el panadero luchador expuso sus inquietudes sobre las cajas de compensación era Germán Bula Escobar. A raíz de este incidente, Vargas Córdoba perdió el 90 por ciento de sus ventas. Y llegó a la quiebra.

Aun quebrado, no perdió la esperanza. Siguió luchando a brazo partido. Se vinculó a la Sociedad Bolivariana y a otros centros académicos, y con frecuencia vemos cartas suyas, con sentido social, publicadas en el foro de lectores de El Tiempo.  

Hoy está reducido a un negocio emblemático en la carrera 24 con calle 45, que ha bautizado con el bello nombre de Bendito el Pan. Y se acuerda de las acciones bélicas ejecutadas en Corea, lo mismo que de la barbarie fratricida que se vivió, y se vive aún, en las parcelas del Huila y de otros lugares de Colombia. La guerra no ha terminado.

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Bogotá, 18-V-2012.