26 de julio de 2021
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Un adiós a Carlos Fuentes

17 de mayo de 2012

La muerte de Fuentes fue sorpresiva, y acaso prematura. Por lo que pudimos ver, durante el curso de una entrevista que nos concedió en el marco del Hay Festival de Cartagena, el escritor seguía siendo un hombre lúcido: que, si bien repetía algunas ideas (qué escritor no lo hace), mantenía un sentido del humor mordaz, un recuento de los hechos de una forma coherente.

Fuentes fue un hombre público, cercano al poder, diplomático (embajador de México en Francia en 1975), de opiniones serias y fundamentadas (estudió derecho en la UNAM y economía en el Instituto Altos Estudios Internacionales de Ginebra), que eran oídas alrededor del mundo. Escuchadas con atención, sobre todo, en ese México que supo hacer suyo a través de la palabra escrita. Pero fue, por encima de todas sus demás actividades, un escritor. Desde su más tierna infancia. El amor (y el profundo conocimiento) por la literatura es posible verlo, por ejemplo, en esa cuartilla que escribió con motivo de los 125 años de existencia de este diario, en la que analizaba con pluma refinada el destino de las palabras en la literatura del momento. El antes y el después, las dudas que le surgen al lector una vez han pasado 100 años, 200 años. Una parte de lo que va a quedar vigente de su literatura.

Aura (1962), La muerte de Artemio Cruz (1962) y Gringo viejo (1985) lo condujeron a la gloria de las letras, a ser parte del llamado Boom Latinoamericano, conducido por nombres tan grandes como Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar o Gabriel García Márquez. La voz de esa generación está en Fuentes también: en saber fundir la literatura de ficción con la América Latina de esos momentos. La narrativa de este escritor es contundente, es casi la mirada entera de una generación. Sin duda, el legado de Fuentes permanecerá.

Pese a todo esto, quisiéramos también rescatar al ser humano: a un hombre que no dejó que los premios (la infinidad de ellos) ni la fama por ser parte fundamental de un movimiento literario histórico, lo deslumbraran en lo más mínimo. Fue, más bien, un hombre humilde. Y esto es muy importante. Todo un catalizador de esa generación de escritores, que sabía vehicular como ninguno las relaciones que unos tenían con otros. Hizo parte del mito y lo supo hacer grande simplemente con su don de gentes.

El Espectador no puede hacer otra cosa que lamentar la muerte de este gran escritor e intelectual, parte fundamental para la historia literaria y la política del siglo XX. Esperábamos que pudiera seguir escribiendo cosas (como lo estaba haciendo, después de su homenaje en el balcón a Nietzsche) con las que poder analizar y juzgar la literatura de los pueblos latinoamericanos. Su producción literaria e intelectual, así como su vida, fueron paradas para siempre. No así su legado.

El Espectador/Editorial