26 de julio de 2021
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Réquiem por las máquinas viejas

10 de mayo de 2012
10 de mayo de 2012

gustavo paez Pérez Franco tuvo que vencer múltiples obstáculos para establecerse en París, a donde llegó hace 22 años sin hablar el idioma francés ni contar con una ocupación laboral. Comenzó a desempeñar oficios humildes, aprendió por su propia cuenta el lenguaje necesario para hacerse entender, luego lo superó con cursos dirigidos, y algún día pasó a ejercer un sencillo puesto de oficina. Hoy, desde hace diez años, es agente administrativo en un hospital de la zona metropolitana de París. Ejemplo en verdad edificante cuando existe voluntad de superación.

Hablemos de las máquinas viejas. Y retrocedamos cuarenta años, a la época en que trabajábamos en Armenia en la actividad bancaria. Por aquellos días, al lado del escritorio de casi todo el personal estaba instalada la máquina de escribir, y sobre el escritorio, la máquina sumadora. Estos dos elementos eran indispensables para realizar la generalidad de los oficios. Eran los utensilios más comunes del empleado, y sin ellos hubiera sido inconcebible la ejecución laboral. Al ser tan elementales, nadie reparaba en ellos.

Pero 120 años atrás de la última fecha citada –es decir, hacia el año 1850– el mundo no conocía la máquina de escribir. Todo se escribía a mano. Apenas existía un invento rudimentario. En 1868, Christopher Sholes diseñó la primera máquina de escribir comercial y el teclado que se volvería universal. En 1873 nacía la marca Remington, en la que Pérez Franco elaboraba las papeletas débito y crédito que movían su sección de cuentas corrientes.

O quizás fue la Olivetti, o la Underwood, o la Olympia… Lo cierto es que con el impulso de la máquina de escribir y de la máquina sumadora todo marchaba en el banco. Los cuentacorrentistas, que llamábamos, o sea, los encargados de llevar las cuentas individuales de la clientela, o los empleados de contabilidad, que consolidaban el resultado final de la operación bancaria, estaban provistos de otro tipo de máquinas adecuadas para dicha función. Todas tenían la misma finalidad técnica que le imprimieron sus inventores.

Hacia la década de 1980 comenzaron a sonar clarines de revolución en la vida bancaria que yo conocí: llegaba la época de la cibernética, de los “sistemas” que hoy gobiernan al mundo. Como parte de un conjuro mágico, un día desaparecieron las máquinas de escribir y las sumadoras. Estos aparatos portentosos que llamamos computadores –íconos de la vida moderna– eran capaces de hacer, solos, lo que hacían muchas máquinas reunidas.

Y comenzaron a suprimirse empleos, ya que los nuevos utensilios de trabajo, muy sofisticados, inteligentes y veloces, eran aptos para desplazar al hombre. Hasta las secretarias de las gerencias sobraban. Incluso, hasta los gerentes, ya que el computador suministra todas las fórmulas, desde aprobar créditos hasta dar la respuesta pregrabada a cuanto problema, fraude o inquietud se le presente al cliente en su relación con el banco.

No hablan el lenguaje cordial que en épocas remotas era signo distintivo de la banca, pero todo lo resuelven al instante, con solo oprimir un botón, y además en forma irrefutable. Eso sí, no permiten el diálogo. Son omnímodos, pero carecen de sentimientos y cortesía. Saben ciencias exactas, pero no tienen alma. El hombre moderno se ha venido acostumbrando a este despotismo implacable, demoledor, que trajo la era de los computadores.

El mundo se deshumanizó en manos de la tecnología. Como cada vez se inventan nuevos sistemas que es preciso dominar rápido, al vuelo, la carrera hacia la insensatez y la idiotez es imparable. Se acabó la reflexión por culpa del automatismo.

Es aquí, amigo Pérez Franco, donde cabe hacer un réquiem por las máquinas viejas, esas que en forma elemental manejaban la banca antigua. La nuestra, la que no volverá. Las máquinas humanas (la Remington, la Olivetti, la Underwood…) pertenecen ya a un pasado brumoso que es mejor no remover, pues nadie lo entenderá hoy. Sin embargo, nadie nos impide acariciar la nostalgia.

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Bogotá, V- 4-2012.