29 de julio de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

LES LUTHIERS: Música que piensa

28 de mayo de 2012
28 de mayo de 2012

luthiers

Johan Sebastian Mastropiero, el compositor del grupo. Es el primer biografiado pero podría ser el penúltimo. Es la suma de la banda de los cinco. Está repartido por partes iguales en cada uno de ellos. Por decir algo, Marcos es Mastropiero entre el ombligo y las prosaicas rodillas. Maronna es Mastropiero de la cabeza para arriba. Núñez, de la cabeza para abajo y así hasta que pase el último bus a Corrientes- 348, segundo piso-ascensor. Eso sí, nadie quiere ser el sitio donde la espalda de Mastropiero pierde su nombre… que es el mismo sur de las vacas cuando van para el norte. Ve un sol –así sea menor, en la mañana, o un sol mayor, al mediodía- y se le arregla el semestre. Es el rey Midas del elenco: todo lo que piensa o sospecha se convierte en música que sonríe. Es tan exigente que cuando la gente ríe estruendosamente, el compositor considera que se le fue al mano en langosta. El humor no es para eso. Nunca aparece en público por acuerdo con el sicoanalista. Como dicen las señoras cuando se quieren tirar en una persona: Mastropiero es un encanto de tipo.

Carlos Núñez Cortés: Única persona en el mundo que llegó a la  música a través del análisis matemático. Es el Arquímedes de la tribu. Gracias a su diploma de doctor en química, de una árida fórmula es capaz de sacar un tratado de buen humor. O una viola de lata. Es el creador del Teorema de Tales, único antepasado conocido de Fulano de Tal. Así como nadie se casa con quien quiere sino con quien puede, Núñez tampoco escogió signo. Es libra por mera coicidencia. Si hubiera nacido en Estados Unidos, sería gringo. Como compositor-arreglista, cuando no compone, arregla. Por ello es de esos maridos ‘multiusos’ o ‘milartes’ que arreglan el sifón del baño, pagan el arriendo, les dan a sus hijos consejos que ellos jamás seguirían, hacen el amor, no desean la mujer del próximo, “ni a su prójimo”, arreglan el cable de la plancha, le entregan toda la quincena a la esposa. Como no le sonó la flauta, Núñez es concertista de piano.

Carlos López Puccio. Tiene cara de llamarse Osvaldo Federico o Ernesto Juan Pedro, y de haber inventado la marimba de cocos, o, mínimo, la lira de asiento. Es libra, el signo de la aburrición porque toca jalarle al equilibrio, pues sería de mal gusto – y nada erótico- serle infiel al fiel de la balanza. Como todos los del signo libra se quita el pan de la boca…  para dárselo a él mismo. Tiene claro que la caridad entra por casa. Para López, el humor es amor al prójimo, pero con hache. Considera que para ser músico no hay que tener vocación de pobre, pero ayuda. Y como toda regla tiene su excepción, decidió ser la excepción.  Con su nombre habría podido ser jugador de fútbol de frac. Que es más o menos lo mismo que hacen Les Luthiers con el humor y su parienta rica, la música.

Daniel Rabinovich. Se habría hecho la circuncisión si ésta  no fuera tan dolorosa, dijo un colega suyo (músico, no circunciso). Es porteño. O sea que podría ser el inspirador de este apunte: Le dice un argentino al otro: Che, ¿por qué será que siempre que me encuentro con un argentino buena persona, me resulta uruguayyyo? En su  chamizo (árbol) genealógico  – como en el de toda la banda-,  hay un espermatozoide muerto de la erre, que es la risa en un segundo, copia al carbón del famoso vals del segundo que ellos crearon. No está casado con, sino contra Susana. Es abogado, pero eso caminando rápido no se nota. Tiene un consultorio jurídico para sacar de líos a sus compañeros cuando no pueden encontrar un chiste, una metáfora, un instrumento o un sonido que se les perdió. O hacer efectiva una cuenta que se niega a pagarles un empresario olvidadizo, es decir, un antípoda de Funes, el Memorioso. Además, nunca ha vivido con la vida pendiente de un inciso, de un código,  sino de una corchea. Gracias a la música, cada año, en noviembre, cuando cumple años, es una nota más joven.

Jorge Maronna: Iba para médico. Como tal, su gran sueño era “acompañar a sus pacientes hasta la tumba”. Se jacta de que los médicos son “los únicos que pueden enterrar sus defectos”. Solo acepta pacientes levemente enfermos. En un insomnio, decidió cambió el bisturí por la pacífica guitarra. Como consecuencia de sus ínfulas de Hipócrates gaucho, cura las enfermedades del cuerpo y del alma con sobredosis personales de humor musical. Es músico-terapeuta. A juzgar por su bigote cuasilibidinoso de  cantante de boleros, el che Maronna  – Maradona del humor- está en el árbol genealógico de los inventores del tubófono-silicónico-cromático. Tiene dos hijos: uno como guitarrista y otro como compositor. Nació en 1948, cuando se produjo un nueve de abril o «bogotazo» de felicidad en su casa. No se acuerda bien de su nacimiento porque nació a temprana edad. (Groucho Marx dixit). Como bebé no berrió, cantó.  Este músico nacido en Bahía, Bahía Blanca, es cuota de la provincia en el grupo. Es el argentino que más sabe del colombiano Daniel Samper quien mantiene relaciones no incestuosas con todo el grupo, a espaldas de doña Pilar Tafur, su mujer (de Daniel, no del grupo).

Marcos Mundstock. Para hacer juego con su nombre de evangelista, le gustaría andar con su complejo de Edipo (o sea con mamá) para todas partes.  Los siquiatras se inspiran en sus historias  antes de desplumar de sus complejos (y de la guita, o sea, del dinero) a su próximo cliente horizontal. En reciprocidad, Marcos se inspira en otro deporte  argentino que no demanda pantaloneta: ir donde el sicoanalista, ginecólogo al revés, ese  profesional del sofá que se sicoanaliza en los lapsus síquicos de sus pacientes, y de paso se ahorra la plata de la consulta. Perro no come perro. Marcos se salió del libreto y se fue a nacer en Santa Fe en 1942, un año que parece homófano de 1492, si no fuera porque hay una diferencia de más de 500 años y un descubrimiento: el de la India, perdón, el de América, según don Américo Vespucio, quien finalmente se quedó con el pecado y con el género, o sea, con el descubrimiento.  Todo lo que sabe de música, Marcos  se lo debe al complejo de “Cristóbal Colón”, propio de los que creen haber inventado algo, el humor volando por instrumentos, por ejemplo. La piedra preferida de este luthier (algo así como fabricante de instrumentos musicales hechizos, o sea, nadie más es capaz de hacerlos) es la ira. Los días impares de la semana sueña con la manguelódica pneumática, un intrumento que de haberlo conocido a tiempo el gran Beethoven, no habría perdido el oído. Tan pronto. Es más: habría terminado todas las sinfonías. Menos la novena porque detestaba los números impares, a partir de éste.