26 de julio de 2021
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La psicología del susto

30 de mayo de 2012

cesar montoyaLa guerrilla es una endemia nacional que ya cumplió más de media centuria. Todos los mandatarios han ensayado infinidad de estrategias para extirparla. Guillermo León Valencia le migó bala sin compasión. Carlos Lleras  nombró como altos compromisarios para la paz a Jhon Agudelo Ríos y Otto Morales Benítez. Belisario Betancur pintó pajaritas en muros, portones  y empedrados como poético mensaje para los alzados en armas. Andrés Pastrana le dio zanahoria en la más utópica  empresa de apaciguamiento. Alvaro Uribe, como Valencia, garrote en mano, procuró triturar la cabeza de la víbora. Juan Manuel Santos heredó del anterior gobierno una serpiente venenosa, sabia en escaramuzas, insensible en los atentados, serena y criminal ante la desbordada tragedia de los inocentes, víctimas injustas de la confrontación.

La cólera que producen los desmanes de la guerrilla no la debieran capitalizar quienes se aprovechan del dolor humano para obtener dividendos políticos. Los que  utilizan los medios electrónicos para crispar aún más el repudio que todos sentimos contra los actos sanguinarios, son unos ladinos explotadores de los tristes episodios de la violencia. En vez de apaciguar, estimulan las pasiones primarias para anarquizar, crear zozobra y estigmatizar un gobierno ejemplar. Las fuerzas militares están comprometidas en el proyecto de  paz y criticarlas, solo porque Santos es ahora su comandante  constitucional, se convierte en una malvada y espantadiza presión de virreyes nostálgicos. Nuestros soldados entregan su vida en aras de la tranquilidad de los compatriotas y es un delito convertir su sacrificio en un manzanillesco ajedrez electoral.

Durante los ocho años de gobierno del señor Uribe la guerrilla no cesó en sus inauditos desafueros. Contra Germán Vargas Lleras se frustraron dos dramáticos atentados, fueron secuestrados los diputados del Valle y después vilmente asesinados, y el martirologio de infinidad de campesinos  en Nariño, Cauca, Meta, Arauca y departamentos colindantes, fue sino aterrador y herida social que heredó el Presidente Santos.

Uribe trasboca denuestos porque hay entendimiento diplomático con Venezuela y además, porque Santos utiliza la nómina para comprar legisladores. Melancólica impostura. ¿No recordará el señor Virrey que comprometió la rogada  colaboración para el logro de  la paz  a Hugo Chávez y Piedad Córdoba? ¿No sabrá que por su culpa y golosa ansia  de Poder, ya fueron condenados tres parlamentarios, que dos de sus ministros, por simoníacos, tienen los pies en las antesalas de los panópticos, que dos de sus secretarios de Palacio  están llamados a juicio, y que la Directora del Das se escapó de la justicia cuando a las volandas le consiguieron indebido asilo en Panamá? La reelección buscada por Uribe estuvo anillada por el crimen. El reto es abierto: que prueben   los turiferarios del virrey  cuántos  procesos por cohecho se adelantan contra  altos funcionarios del actual gobierno.

Esta historia se reduce a la psicología del susto. Uribe mantenía con pánico a los colombianos despotricando contra la víbora que era necesario degollar. La dejó viva.  Con la mano izquierda agarrando sus genitales, accionando el índice de la  derecha como si fuera un gatillo y flameando un desordenado mechón sobre su frente, expelía la imagen de un energúmeno. ¡Artificioso  gesto para buscar efectismos teatrales! Gritaba, se descomponía,  bermejo su rostro, era un botafuegos sin control. Es tibia la sombra histórica de Torquemada al lado suyo. En cambio el actual Jefe de Estado, como su tío abuelo Eduardo Santos, no payasea con la palabra, no desgañita su garganta, no tiene un  fogón de fuego en su mirada, ni hace gestos demenciales.  Santos es equilibrio  y  raciocinio. Uribe erupta lava calcinante.